El Juego Del Ángel
- Автор: Zafón Carlos Ruiz
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:
Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
Suspiré.
– Y después de todo esto, quiere usted que me invente una fábula que haga caer de rodillas a los incautos y los persuada de que han visto la luz, de que hay algo en lo que creer, por lo que vivir y por lo que morir e incluso matar.
– Exactamente. No le pido que invente nada que no esté inventado ya, de una u otra forma. Le pido simplemente que me ayude a dar de beber al sediento.
– Un propósito loable y piadoso -ironicé.
– No, una simple propuesta comercial. La naturaleza es un gran mercado libre. La ley de la oferta y la demanda es un hecho molecular.
– Tal vez debería usted buscar a un intelectual para esta labor. Hablando de hechos moleculares y mercantiles, le aseguro que la mayoría no han visto cien mil francos juntos en toda su vida y apuesto a que estarán dispuestos a venderse el alma, o a inventársela, por una fracción de esa cantidad.
El brillo metálico en sus ojos me hizo sospechar que Corelli iba a dedicarme otro de sus ácidos sermones de bolsillo. Visualicé el saldo que reposaba en mi cuenta del Banco Hispano Americano y me dije que cien mil francos bien valían una misa o una colección de homilías.
– Un intelectual es habitualmente alguien que no se distingue precisamente por su intelecto -dictaminó Corelli-. Se atribuye a sí mismo ese calificativo para cornpensar la impotencia natural que intuye en sus capacidades. Es aquello tan viejo y tan cierto del dime de qué alardeas y te diré de qué careces. Es el pan de cada día. El incompetente siempre se presenta a sí mismo como experto, el cruel como piadoso, el pecador como santurrón, el usurero como benefactor, el mezquino como patriota, el arrogante como humilde, el vulgar como elegante y el bobalicón como intelectual. De nuevo, todo obra de la naturaleza, que lejos de ser la sílfide a la que cantan los poetas es una madre cruel y voraz que necesita alimentarse de las criaturas que va pariendo para seguir viva.
Corelli y su poética de la biología feroz empezaban a producirme náuseas. La vehemencia e ira contenidas que destilaban las palabras del editor me incomodaban y me pregunté si habría algo en el universo que no le pareciese repugnante y despreciable, incluida mi persona.
– Debería usted dar charlas de inspiración en escuelas y parroquias el Domingo de Ramos. Obtendría un éxito abrumador -sugerí.
Corelli rió con frialdad.
– No cambie de tema. Lo que yo busco es el opuesto a un intelectual, es decir, alguien inteligente. Y ya lo he encontrado.
– Me halaga.
– Mejor aún, le pago. Y muy bien, que es el único halago verdadero en este mundo meretriz. No acepte usted nunca condecoraciones que no vengan impresas al dorso de un cheque. Sólo benefician al que las concede.
Y ya que le pago, espero que me escuche y siga mis instrucciones. Créame cuando le digo que no tengo interés alguno en hacerle perder el tiempo. Mientras esté usted a sueldo, su tiempo es también mi tiempo.
Su tono era amable, pero el brillo de sus ojos resultaba acerado y no dejaba lugar a equívocos.
– No es necesario que me lo recuerde cada cinco minutos.
– Disculpe mi insistencia, amigo Martín. Si le mareo a usted con todos estos circunloquios es para quitarlos de en medio cuanto antes. Lo que quiero de usted es la forma, no el fondo. El fondo siempre es el mismo y está inventado desde que existe el ser humano. Está grabado en su corazón como un número de serie. Lo que quiero de usted es que encuentre un modo inteligente y seductor de responder a las preguntas que todos nos hacemos y lo haga desde su propia lectura del alma humana, poniendo en práctica su arte y su oficio. Quiero que me traiga una narración que despierte el alma.
– Nada más…
– Y nada menos.
– Habla usted de manipular sentimientos y emociones. ¿No sería más fácil convencer a la gente con una exposición racional, simple y clara?
– No. Es imposible iniciar un diálogo racional con una persona respecto a creencias y conceptos que no ha adquirido mediante la razón. Tanto da que hablemos de Dios, de la raza o de su orgullo patrio. Por eso necesito algo más poderoso que una simple exposición retórica. Necesito la fuerza del arte, de la puesta en escena. La letra de la canción es lo que creemos entender, pero lo que nos hace creerla o no es la música.
Traté de absorber todo aquel galimatías sin atragantarme.
– Tranquilo, por hoy no hay más discursos -atajó Corelli-. Ahora, a lo práctico: usted y yo nos reuniremos aproximadamente cada quince días. Me informará de sus progresos y me mostrará el trabajo realizado. Si tengo cambios y observaciones, se lo haré notar. El trabajo se prolongará durante doce meses, o la fracción necesaria para completar el trabajo. Al término de ese plazo, usted me entregará todo el trabajo y la documentación generada, sin excepción, como corresponde al único propietario y garante de los derechos, es decir, yo. Su nombre no figurará en la autoría del documento y se compromete usted a no reclamarla con posterioridad a la entrega ni a discutir el trabajo realizado o los términos de este acuerdo en privado o en público con nadie. A cambio, usted obtendrá el pago inicial de cien mil francos, que ya se ha hecho efectivo, y al término, y previa entrega del trabajo a mi satisfacción, una bonificación adicional de cincuenta mil francos más.
Tragué saliva. No es uno plenamente consciente de la codicia que se esconde en su corazón hasta que oye el dulce tintineo de la plata en el bolsillo.
– ¿No desea usted formalizar un contrato por escrito?
– El nuestro es un acuerdo de honor. El suyo y el mío. Y ya ha sido sellado. Un acuerdo de honor no se puede romper porque rompe a quien lo ha suscrito -dijo Corelli con un tono que me hizo pensar que hubiera sido preferible firmar un papel aunque fuese con sangre-. ¿Alguna duda?
– Sí. ¿Por qué?
– No le entiendo, Martín.
– ¿Para qué quiere usted ese material, o como quiera llamarlo? ¿Qué piensa hacer con él?
– ¿Problemas de conciencia, Martín, a estas alturas?
– Tal vez me tome usted por un individuo sin principios, pero si voy a participar en algo como lo que me propone, quiero saber cuál es el objetivo. Creo que tengo derecho.
Corelli sonrió y posó su mano sobre la mía. Sentí un escalofrío al contacto de su piel helada y lisa como el mármol.
– Porque quiere usted vivir.
– Eso suena vagamente amenazador.
– Un simple y amistoso recordatorio de lo que ya sabe. Me ayudará usted porque quiere vivir y porque no le importa el precio ni las consecuencias. Porque no hace mucho se sabía a las puertas de la muerte y ahora tiene usted una eternidad por delante y la oportunidad de una vida. Me ayudará porque es usted humano. Y porque, aunque no lo quiere aceptar, tiene fe.
Retiré la mano de su alcance y le observé levantarse de la silla y dirigirse al extremo del jardín.
– No se preocupe, Martín. Todo saldrá bien. Hágame caso -dijo Corelli en un tono dulce y adormecedor, casi paternal.
– ¿Puedo irme ya?
– Por supuesto. No le quiero retener más de lo necesario. He disfrutado de nuestra conversación. Ahora le dejaré que se retire y le vaya dando vueltas a todo lo que hemos comentado. Verá cómo, pasada la indigestión, se dará cuenta de que las verdaderas respuestas vienen a usted. No hay nada en el camino de la vida que no sepamos ya antes de iniciarlo. No se aprende nada importante en la vida, simplemente se recuerda.
Se incorporó e hizo una señal al taciturno mayordomo que esperaba en los confines del jardín.
– Un coche le recogerá y le llevará a casa. Nosotros nos veremos en dos semanas.
– ¿Aquí?
– Dios dirá -dijo relamiéndose los labios como si aquello le pareciese un chiste delicioso.
El mayordomo se aproximó y me hizo una seña para que le siguiese. Corelli asintió y volvió a tomar asiento, su mirada de nuevo perdida en la ciudad.
El coche, por llamarlo de algún modo, esperaba a la puerta del caserón. No era un automóvil cualquiera, era una pieza de coleccionista. Me hizo pensar en una carroza encantada, una catedral rodante de cromados y curvas hechas de ciencia pura tocada por la figura de un ángel de plata sobre el motor como un mascarón de proa. En otras palabras, un Rolls-Royce. El mayordomo me abrió la puerta y me despidió con una reverencia. Entré en el habitáculo, que parecía más la habitación de un hotel que la cabina de un vehículo de motor. El coche arrancó tan pronto me recosté en el asiento y partió colina abajo.
– ¿Sabe la dirección? -pregunté. El chófer, una figura oscura al otro lado de una partición de cristal, hizo un leve asentimiento. Cruzamos Barcelona en el silencio narcótico de aquella carroza de metal que apenas parecía rozar el suelo. Vi desfilar calles y edificios a través de las ventanas como si se tratase de acantilados sumergidos. Pasaba ya la medianoche cuando el Rolls-Royce negro torció en la calle Comercio y se adentró en el paseo del Born. El coche se detuvo al pie de la calle Flassaders, demasiado estrecha para permitir su paso.
El chófer descendió y me abrió la puerta con una reverencia. Bajé del coche y él cerró la puerta y volvió a abordar el vehículo sin decir ni una palabra. Le vi partir hasta que la silueta oscura se deshizo en un velo de sombras. Me pregunté qué era lo que había hecho y, prefiriendo no dar con la respuesta, me dirigí hacia mi casa sintiendo que el mundo entero era una prisión sin escapatoria.
Al entrar en el piso me dirigí directamente al estudio. Abrí las ventanas a los cuatro vientos y dejé que la brisa húmeda y ardiente penetrase en la sala. En algunos terrados del barrio podían verse figuras tendidas sobre colchones y sábanas intentando escapar del calor asfixiante y conciliar el sueño. A lo lejos, las tres grandes chimeneas del Paralelo se alzaban como piras funerarias, esparciendo un manto de cenizas blancas que se extendía sobre Barcelona como polvo de cristal. Más cerca, la estatua de la Mercé alzando el vuelo desde la cúpula de la iglesia me recordó al ángel del Rolls-Royce y al que Corelli siempre lucía en su solapa. Sentía que la ciudad, después de muchos meses de silencio, volvía a hablarme y a contarme sus secretos.
Fue entonces cuando la vi, acurrucada en el escalón de una puerta de aquel miserable y angosto túnel entre viejos edificios que llamaban calle de las Moscas. Isabella. Me pregunté cuánto tiempo llevaría allí y me dije que no era asunto mío. Iba a cerrar la ventana y retirarme al escritorio cuando advertí que no estaba sola. Un par de figuras se aproximaban a ella lentamente, quizá demasiado, desde el extremo de la calle. Suspiré, deseando que las figuras pasaran de largo. No lo hicieron. Una de ellas se apostó al otro lado, bloqueando la salida del callejón. La otra se arrodilló frente a la muchacha, alargando el brazo hacia ella. La muchacha se movió. Instantes después las dos figuras se cerraron sobre Isabella y la oí gritar. Me llevó cerca de un minuto llegar hasta allí. Cuando lo hice, uno de los dos hombres tenía agarrada a Isabella por los brazos y el otro le había arremangado las faldas. Una expresión de terror atenazaba el rostro de la muchacha. El segundo individuo, que se estaba abriendo camino entre sus muslos a risotadas, sostenía una cuchilla contra su garganta. Tres líneas de sangre manaban del corte. Miré a mi alrededor. Un par de cajas con escombros y una pila de adoquines y materiales de construcción abandonados contra el muro. Aferré lo que resultó ser una barra de metal, sólida y pesada, de medio metro. El primero en advertir mi presencia fue el que sostenía el cuchillo. Di un paso al frente, blandiendo la barra de metal. Su mirada saltó de la barra a mis ojos y vi que se le borraba la sonrisa de los labios. El otro se volvió y me vio avanzar hacia él con la barra en alto. Bastó que le hiciese una señal con la cabeza para que soltase a Isabella y se apresurase a situarse tras su compañero.