Los Caminantes
- Автор: Сиси Карлос
- Год: 2009
- Язык: испанский
- Жанр: Ужасы
Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
Al llegar a la esquina, doblaron a la derecha, enfilando por la calle Álamos. A dónde iban, ninguno parecía saberlo. Roberto sólo quería poner tierra de por medio, alejarse de aquel líder oscuro que comandaba las legiones de muertos vivientes con trasnochadas citas bíblicas. Contra los zombis normales todavía tenían alguna esperanza. Contra un ser inteligente, ninguna. Corrieron unos doscientos metros, esquivando los pocos zombis sin mucho esfuerzo. La mayoría venía detrás, en lenta pero constante persecución.
– ¡N-n-no puedo MÁS! -explotó Isabel. Roberto la miró. Se agarraba el costado con una mano y su tez blanca, los cabellos adheridos a la frente por acción del sudor y sus ojos desorbitados denunciaban el terror que sentía en cada uno de sus poros. Mary jadeaba pesadamente, boqueando como un pez al que han dejado en la arena, pero parecía estar en mejor forma física que Isabel.
El mejicano miró alrededor. Había un par de zombis a apenas diez metros. Uno de ellos tenía clavado un cuchillo de cocina en la clavícula derecha. El mango de madera asomaba como el pináculo de un monumento a la demencia.
Pararon un momento, e Isabel se dobló sobre sus rodillas, tosiendo y jadeando como si intentara beberse todo el aire del mundo. Mary se sentó en el suelo tan pronto la dejaron libre, pero Roberto volvió a cogerla por las axilas, incorporándola de nuevo. Tenían que estar preparados para correr en cualquier momento.
Miró sus manos desnudas, sorprendido de su propia falta de previsión. ¿Por qué no había cogido algo, una barra de hierro, un palo de escoba, cualquier cosa? ¿En qué momento se le ocurrió salir a hacer footing por las calles de Málaga sin alguna manera de enfrentarse a los muertos vivientes?
– ¿Estás mejor? -preguntó. Su propia voz le sonó estridente, como si le llegara del interior de una caja. Pero Isabel estaba hiperventilando: el control respiratorio había sido inexistente en toda la carrera y ahora su corazón bombeaba como uno de aquellos operarios en una película acelerada de los tiempos del cine mudo.
Los dos espectros estaban ya prácticamente encima. Roberto les salió al paso, cogió el mango del cuchillo de cocina y tiró con fuerza. Le sorprendió la facilidad con la que pudo extraerlo, sin apenas resistencia. El sonido fue acuoso, burbujeante. La hoja estaba cubierta de una podredumbre negruzca y una bofetada de un olor sofocante le cortó la respiración. Ya había encontrado ese olor antes, tenía esa peculiaridad asfixiante del olor a la broza de jardín que se deja en un montón y se descompone.
Entonces ajustó los dedos alrededor del mango, apretó con fuerza y clavó el cuchillo en mitad de la frente del espectro. Lo hizo con un grito aterrador, y continuó gritando unos segundos después de haberlo hecho. El espectro bizqueó, se agitó con un par de espasmos y se derrumbó sobre el suelo.
El segundo zombi pasó los pies por encima del primero, poniendo fuera de su alcance el cuchillo. Roberto le miró. Era alto, muy alto, y lo miraba desde arriba con ojos enloquecidos. No tenía labios, sus dientes estaban expuestos y, alrededor, la piel se había retraído formando una película negruzca llena de pliegues.
Roberto trastabilló, preso de una repentina oleada de pánico que le recorrió todo el cuerpo, naciendo cálida desde la boca del estómago. Como la adrenalina aún sacaba punta a sus centros nerviosos, sintió una pronunciada sensación de mareo. A lo lejos, una caterva de espectros venía avanzando desde la entrada de la calle. Sus gruñidos animales le llegaban como una promesa de muerte.
Como un horrendo muñeco mecánico, el zombi lanzó sus manos hacia su cuello. Fue tan rápido que ya notaba la presión horrible de sus dedos crispados antes incluso de que pudiera intentar desasirse. Se encontró a sí mismo inmovilizado, sintiendo que el aire ya no pasaba a sus pulmones, asomándose a aquellos ojos sin vida, iracundos, que le miraban con un odio tan descarnado que se le antojaban hipnóticos. Sin ser del todo consciente de ello, Roberto intentaba zafarse de las mortales tenazas, pero era inútil, su adversario tenía brazos de hierro y la determinación de una locomotora a plena potencia.
Sintió que se iba… Escuchaba gritos, gritos de mujer, pero cada vez eran más lejanos. Una bruma blanca enturbió su visión, suavizando los rasgos de su atacante. Veía su silueta, pero era gris, confusa, y detrás de ésta no había ya nada. Absolutamente nada.
XXI
Moses y el Cojo avanzaban a buen paso. Habían encontrado la calle inusualmente vacía, y avanzar por entre los edificios ya no era un camino tortuoso, lleno de situaciones peligrosas. La mayor parte del tiempo podían simplemente deslizarse entre las figuras erráticas sin recurrir a enfrentamientos, lo que era muy preferible; hacía ya tiempo que habían aprendido que las refriegas tenían una reacción lenta pero progresiva en todos los espectros a la vista, se excitaban y los atraían como un imán.
En muy poco tiempo habían llegado a la calle Álamos, que se extendía cuatrocientos metros hacia el este, donde se abría la Plaza de la Merced. Al mirar en esa dirección, se detuvieron en seco. Desde allí llegaba una horda de muertos vivientes como no la habían visto en mucho tiempo: un tumulto ingente de brazos y bocas hediondas que se movían al unísono como una ola de pesadilla.
– Jesús bendito… -musitó Moses, sin poder apartar la vista.
– Vámonos, vámonos, Mo… -dijo el Cojo, repentinamente ronco, dando pasos cortos hacia atrás.
Moses agarró al Cojo por el brazo. Señalaba con su brazo velludo.
El Cojo los vio también. A poca distancia, un hombre clavaba un cuchillo en el rostro de uno de los espectros. El zombi se sacudió brevemente y cayó desplomado al suelo convertido en un fardo inútil.
Un segundo espectro se apresuró a pasar por encima del cuerpo caído y se enfrentó al hombre, altivo y con los hombros henchidos, embravecido como un depredador a punto de saltar sobre su presa. Detrás de ellos pudo ver dos chicas jóvenes.
Antes de que pudieran reaccionar, el espectro lanzó sus manos hacia el cuello del joven. El chico se combó hacia atrás. Movía las manos con grandes aspavientos.
Saliendo de su estupor, Moses corrió hacia ellos con su barra en ristre. El Cojo sentía una profunda sensación de peligro minándole el ánimo, pero trotó detrás de su amigo, acarreando su corta pierna. Por fin, aprovechando el ímpetu de la carrera, arremetió contra el atacante y lo derribó al suelo. El joven cayó hacia atrás y permaneció en el suelo describiendo un arco sobre su espalda, boqueando como un pez que, arrebatado al mar, yace en la arena sin aire.
Moses se levantó rápidamente. El espectro estaba despertando, esto lo veía en sus pupilas de un color blanco iridiscente. Era el umbral que los muertos parecían atravesar antes de convertirse en corredores, y eso no era algo que Moses quisiese ver. Parecía a punto de saltar, como accionado por un resorte. Su rostro empezaba a reflejar una furia concentrada, cruel, desmedida. Pero Moses no iba a esperar para verlo; levantó la barra por encima de su cabeza y la dejó caer con fuerza. La barra golpeó el cráneo del cadáver con un ominoso ruido sordo, como el que produce un cántaro de barro desquebrajándose. El espectro se sacudió con un espasmo final, y permaneció inmóvil, sus ojos sin pupila prendidos en el cielo plomizo.