Los Caminantes
- Автор: Сиси Карлос
- Год: 2009
- Язык: испанский
- Жанр: Ужасы
Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
Moses consideró la idea. En su mente, las palabras de Josué cobraban formas concretas. Ya podía ver la exuberante buganvilla que trepaba por encima de la puerta de su terraza; ya casi podía sentir el calor del sol en su rostro mientras estaba allí sentado con una buena cerveza a mano.
– ¿Por qué no? -dijo despacio, más para sí mismo que en contestación a su amigo.
Al día siguiente, los rayos tibios de un sol que pasaba por la franja de las doce del mediodía entraron por un ventanuco y se desparramaron por una cama donde el Cojo dormía. Sus sueños eran siempre inquietos y daba numerosas vueltas, por lo que no era inusual verlo amanecer hecho un ovillo, con el edredón enrollado en su cuerpo.
Abrió los ojos perezosamente, y al abrir la boca descubrió algo nuevo: tenía un lado de la cara entumecido, y aproximándose por el túnel de la consciencia llegaba un dolor cálido y punzante situado en algún punto de la mandíbula inferior. Se llevó la mano a la mejilla, moviendo la boca en un vano intento por sacudirse el dolor. "Es el puto diente, coño", pensó.
– ¡Mo! -llamó con voz ronca. Sin embargo, no obtuvo respuesta. Se sentó en la cama, intentando despejarse.
"Habrá ido a comprar pan", pensó divertido. Sin embargo, el dolor que sentía le cortó el humor. Miró hacia el aseo, al pequeño vasito donde el cepillo de dientes envejecía como un antiguo juguete roto. ¿Cuánto tiempo hacía que no se cepillaba? Era como si el fin del mundo hubiera cortado los viejos hábitos.
"A veces las madres tienen razón con estas cosas", dijo para sí, incorporándose.
– ¡Eh, Mo!
Se metió en el cuarto de baño y probó a cepillarse. Quizá era alguna impureza que se había quedado trabada entre dos piezas y un repaso lo resolvería todo. Eso esperaba, al menos. Cuando terminó se miró al espejo. Parecía que le dolía un poco menos, y no había ningún indicio de hinchazón. Una vez, estando en la cárcel, se le hinchó una mejilla, y estuvieron llamándole "conejito" los tres días que tardaron en hacer efecto los antibióticos.
– ¡Mo! -llamó de nuevo.
Fue al salón y echó un vistazo, pero Moses no estaba. La ventana del pequeño balcón estaba abierta, y tampoco allí se le veía. Fue al cuarto de baño, a su cuarto y a la pequeña cocina. No estaba en casa.
Se asomó por el balcón y miró a la calle. Había pocos espectros, pero por lo demás nada inusual. Se tomó un momento para sentir los cálidos rayos del sol en el rostro. Eran los primeros tras muchos días nublados, y, Jesús, cómo calentaban. Era como ponerse pilas nuevas.
Volvió al salón. El dolor describió un enorme pico y tuvo que detenerse un momento. "¿Dónde coño ha ido?", pensó, sintiendo que la onda dolorosa le atenazaba el cerebro. Ni siquiera tenía una mala aspirina para mitigar el dolor. Ceñudo, echó un rápido vistazo a la lata de mermelada que había estado disfrutando el día anterior y maldijo todo su delicioso azúcar.
Abrió la puerta de la calle y se asomó al pasillo, pero tampoco encontró allí a su compañero.
– ¡Eh, Mo! -llamó. Pero, como toda respuesta, el silencio cayó de nuevo sobre él.
Cerró la puerta, disgustado. El dolor no era excesivo, pero sí constante. No hacía ni unos minutos que estaba despierto y ya estaba perdiendo la paciencia. Consideró la risible posibilidad de encontrar un superviviente dentista, y luego ponderó la posibilidad de encontrarlo en los próximos veinte minutos, y concluyó que necesitaría conseguir medicamentos por sí mismo, y pronto.
Volvió otra vez al balcón. Era cierto, había menos zombis vagabundeando por la calle. Hasta parecían algo más atontados que de costumbre. Había uno vestido con una bata blanca que, arrodillado en medio de la calle, miraba con interés su propia pierna, extendida hacia delante.
Se descubrió pensando en la posibilidad de salir a la calle. ¿Dónde estaba, al fin y al cabo, la farmacia más cercana? Creía recordar que había una en el Molinillo, y en Santa María había por lo menos un par. "Tan cerca y tan lejos", se dijo, desanimado. ¿No había una en la Plaza de la Merced? De ser así, sólo tenía que ir recto por la calle Álamos, cruzar la plaza, entrar dentro, y coger algunos antiinflamatorios y unos antibióticos. Y puede que una o dos pastillas para dormir.
"Y qué coño", se dijo, tocando su pierna más corta, "de paso pillaré el periódico y me sentaré en una de las terracitas a dejar que llegue la hora de comer. Puede que hoy pida una tapa de ensaladilla rusa y una cerveza bien fría". Bien sabía que sin la ayuda de Moses, la posibilidad de sobrevivir solo a un trecho tan largo era poco menos que ridícula, aun sin corredores de por medio. Moses era diferente. No sabía cómo lo hacía, pero se comportaba como si mantuviese el control todo el tiempo. Cuando se enfrentaba a los muertos, no se apresuraba: si era necesario, golpeaba con precisión y contundencia; y donde era posible, se limitaba a esquivarlos.
Se asomó de nuevo al pasillo. Si no estaba en casa, tendría que estar en alguno de los pisos aledaños. Todos ellos estaban vacíos, la mayoría desde antes de la catástrofe. En algunos de ellos habían dejado tablas y clavos de nueve centímetros por si los espectros conseguían irrumpir en el edificio y teman que encerrarse en alguna otra parte.
Bajó despacio por las estrechas escaleras. En el segundo piso le llegó el olor dulzón y penetrante de la podredumbre, olor a cloaca rancia, del que sube despacio por las cañerías podridas y descuidadas. Más adelante tendrían que hacer algo con eso.
Llegó al piso más bajo sin novedad. La puerta de entrada seguía clausurada con un pesado mueble de hierro que habían encontrado en la cocina de una de las casas. Estaba oxidado e inútil, pero debía pesar más de cien kilos y constituía una buena garantía de que la entrada no iba a traspasarse fácilmente. Pero si no había salido, ¿dónde estaba Moses?
En ese momento escuchó un ruido metálico en alguna parte detrás suya. Se volvió, inquieto, pero allí no había nada, excepto la puerta abierta que bajaba al garaje.
¡El garaje! Una sensación de ansiedad se apoderó de él. Todavía recordaba con claridad la noche en la que unos extraños sonidos les despertaron a altas horas de la madrugada. Se acercaron a la puerta, con un sudor pegajoso abriéndose camino en sus frentes ceñudas, y con la máxima prudencia, echaron un vistazo por la mirilla: había tres, quizá cuatro de aquellas cosas, arrastrando erráticamente los pies en la oscuridad. Les costó un enorme esfuerzo volver a dejar limpio de espectros todos los pisos y habitaciones, armados como iban únicamente con una resistente barra de cortina de hierro y un palo terminado en gancho de los aperos de la chimenea. En al menos un par de ocasiones estuvieron a punto de perder el control y dejarse atrapar por los muertos.
Cuando al fin llegaron al piso bajo, exhaustos y tensos de golpear, empujar y arrastrar durante horas, descubrieron con gran sorpresa que la barricada no había sido violentada: allí estaba el viejo mueble guardián, impasible, cerrando el acceso como todos los días anteriores. "¿Por dónde han entrado?", se preguntaban los dos envueltos por las tinieblas del amanecer. Entonces, como salida de la nada, una mano descarnada y negra agarró al Cojo por el hombro. Pegó un grito, pero se desasió con un fuerte tirón. Moses se giró, sin poder dar crédito a sus ojos. Allí estaba, era uno de esos espectros; se había colado de alguna forma a su cuidadoso control. Lo derribaron con desmedida furia, golpeándole con saña incluso una vez que dejó de contraerse en el suelo. "¿De dónde ha salido?". No lo sabían.