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Los Caminantes

Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:

Los Caminantes es un desgarrador relato que recoge los últimos días de la civilización tal y como la conocemos. Tras sobrevivir a la sobrecogedora pandemia que hace que los muertos vuelvan a la vida, los supervivientes se enfrentan al reto de llegar al final de cada día. La novela narra con un lenguaje visual y directo como los destinos de estos supervivientes se entretejen en torno a un misterioso personaje: El Padre Isidro.
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
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De repente, cayó en la cuenta.

– Oh, Dios… ¿así… así fue como nos encontró? Moses se revolvió en su asiento.

– Bueno, no es seguro. Se me ocurren otras formas, quizá porque os vio en la azotea, o en la ventana, o escuchó ruidos… o…

De repente abrió los ojos. Eran ya prácticamente las seis, pero en invierno anochecía temprano y el día nublado no ayudaba a prolongar la luz natural. Antes no lo había notado, pero el Cojo ya había encendido la pequeña luz de la mesita del salón.

Se levantó rápidamente y la apagó, dejando que la penumbra inundara rápidamente la habitación.

– ¿Qué ocurre? -preguntó Roberto, levantándose rápidamente.

– La luz… a esos espectros no les importa, pero a un ser humano… sólo tendría que darse un pequeño paseo por el centro para encontrar dónde nos hemos escondido. ¡Qué estúpido he sido! Quizá ya nos haya encontrado.

– La luz… -dijo Mary con un débil hilo de voz.

– Cierra los batientes, Josué… -dijo Moses.

Se aseguraron de cerrar bien todas las ventanas; afortunadamente era una casa vieja y las ventanas eran estrechas y provistas de batientes de madera, no de persianas. Luego taparon la lamparita con la tela de unas camisetas y se atrevieron a encenderla de nuevo. La luz era muy tenue, pero suficiente para poder ver las formas de la habitación.

– Tendremos que tener mucho cuidado con estas cosas de ahora en adelante… -dijo Moses en voz baja, ceñudo.

– Pues me cago en su puta madre… -dijo el Cojo de repente-, como si no fuera ya bastante duro, tenemos que escondernos de noche. Vale, ¿y qué pasa si quiero asomarme de día?, ¿y si ese tío está mirando?, ¿y si no lo vemos?, ¿y si se esconde en el piso de enfrente? ¡Es una puta mierda!

– Ya pensaremos algo -dijo Moses en un tono de voz conciliador-. De cualquier forma, Josué y yo estábamos pensando en irnos a otra parte. Esto es el centro de la ciudad… es bastante posible que otras zonas estén menos pobladas de muertos vivientes. Puede que haya más gente. Puede que en otras zonas todo sea diferente.

Hubo unos instantes de silencio. La idea de escapar de algún modo había pasado por la cabeza de todos. La idea de salir zumbando por la autopista, una autopista que en sus sueños desvaídos aparecía sin coches accidentados o abandonados y vacía de esas cosas muertas, pero nunca habían considerado seriamente que fuera posible.

– ¿Y cómo… cómo vamos a hacer eso? -preguntó Isabel.

– Aún no lo sé… tengo una ligera idea… estuvimos hablando ayer de ello, y esta mañana he estado mirando un poco… y creo que puede hacerse, pero aún no lo hemos madurado mucho. Pero me imaginé que podríamos arreglar y acondicionar una vieja furgoneta que tenemos en el garaje, abajo. Está bien cerrado, así que podemos trabajar tranquilamente.

– ¿Una furgoneta? -preguntó Roberto, sin comprender. Él había visto como un grupo de zombis volcaban con facilidad un Hyundai en su ansia por atrapar a los que iban en su interior.

– Acondicionada. Cosas como… protecciones para las ruedas, cristales de rejilla metálica, barras de acero para fortalecer la carrocería, y… unas cuñas como las de un quitanieves para apartar los zombis que se pongan en medio.

– Oh… guau… -dijo Roberto, sin saber a ciencia cierta si estaba escuchando una proposición seria, o se trataba de una broma. Miró a los ojos a Moses, pero no vio en ellos ningún atisbo de humor.

– Está como una cabra. No, como un rebaño de cabras -dijo el Cojo de repente-. Le has dejado sin habla, en serio, mírale… -rió de buena gana-, cree que estás de coña.

– ¿Por qué? -preguntó Isabel. Tenía los ojos chisposos, llenos de la clase de ilusión que es capaz de conferir la idea de libertad embutida en la imagen carnavalesca de una furgoneta aclimatada para atravesar un mar de muertos vivientes-. Yo creo que es una idea genial… puede funcionar, puede funcionar.

– Bueno, ya veremos -dijo Moses con una ligera sonrisa en la comisura de los labios, visiblemente animado por el cálido apoyo de Isabel-. No vamos a resolverlo todo hoy. Ha sido un día muy duro para todos, y de todas formas no estoy muy contento con esa luz encendida sin saber cuánto puede filtrarse fuera. Málaga está tan oscura que incluso algo tan tenue puede refulgir como el faro de Alejandría. Así que, aunque es temprano, sugiero que vayamos a dormir. Ya veremos las cosas desde otro prisma mañana.

XXII

Al día siguiente anduvieron todos de bastante buen humor. Había buena química entre el grupo, y todos lo notaban. Mary tuvo sueños inquietos y sollozó a ratos, pero Isabel estuvo siempre con ella y cuando llegó la mañana se encontraba mucho mejor, y era capaz de responder preguntas sencillas con frases coherentes. Roberto celebró mucho la mermelada de las provisiones del ejército, decía que tenía un sabor que le recordaba la cocina de su abuela y repitió varias veces. El Cojo, por su parte, encontró una inesperada tregua en el tormento que se había desatado en su boca, pero para no tentar al diablo prescindió del desayuno.

Todavía de buena mañana, bajaron al garaje. Isabel no pudo esconder una expresión de decepción cuando se encontró con el lamentable aspecto que presentaba la furgoneta. Mientras descendía los escalones hacia el garaje, escuchando el plan de Moses, se había imaginado una furgoneta robusta, de grandes ruedas dentadas y aspecto sólido, capaz de transportarlos a todos fuera de aquella pesadilla, a un lugar mejor. Sin embargo, mientras explicaba sus planes para con la furgoneta, algo en el tono de voz del marroquí la volvió a tranquilizar. Tenía fe en su plan, sabía que era plausible, y notaba que iba a poner todos los medios a su alcance para conseguir hacerlo realidad.

También Roberto se dejó llevar por el entusiasmo de Moses. Escuchó con atención cómo planeaba atornillar las planchas de protección alrededor de los neumáticos, cómo imaginaba que podría solucionar el problema de las cuñas frontales sin tapar la entrada de aire del radiador y otras geniales menudencias. Su vivida expresión contagiaba, cargada de promesas de mañana.

Un poco más tarde aquel mismo día, durante el almuerzo, compartieron historias de sus peripecias individuales. Cada uno contó, con más o menos detalle, cómo habían sido los primeros días de supervivencia desde que el caos se desató. En ocasiones los relatos alcanzaban cotas lúgubres, pero todos habían pasado ya por mucho como para que ciertas cosas les afectaran demasiado.

Roberto no había hablado nunca de su propia experiencia, pero alentado por la calidez de las velas que el Cojo había dispuesto en la mesa, habló con voz baja y grave.

– ¿Os acordáis cuando las calles empezaron a llenarse de zombis y la gente se tiró a la carretera para huir? Yo también acabé por pensar que sería la mejor solución. Bueno, ya sabéis, Málaga era una mierda tan grande que empezaba a ser peligroso incluso quedarse en casa. Demasiadas bandas, pillaje, y gente desesperada que quería tus cosas, aunque fuera la maleta del abuelo cargada con calzoncillos rancios. -Hizo una pequeña pausa-. Intenté mantenerme lejos de todo eso, pero aquella tarde vi cómo una familia paraba a una furgoneta que iba por la calle. No escuché lo que decían, pero el hombre… bueno, él hablaba con el conductor a través de la ventanilla. La furgoneta aceleró por un momento, como si quisiera continuar, pero el tipo metió la mano. El conductor le arrastró durante un rato mientras su familia chillaba. Y entonces… el hombre sacó un revólver de su bolsillo con la mano libre y disparó hasta cinco veces al interior. Dejaron el cadáver en el suelo y se largaron.

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