Los Caminantes
- Автор: Сиси Карлос
- Год: 2009
- Язык: испанский
- Жанр: Ужасы
Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
El Cojo atendió al joven tendido en el suelo. Tenía horribles laceraciones en el cuello y respiraba con dificultad, pero sobreviviría.
– ¡¿Estáis bien?! -gritó Moses a las dos chicas jóvenes que estaban detrás.
– S… sí… -dijo una de ellas. Les miraba con incredulidad, una sensación que Moses comprendía muy bien; sólo Dios sabía cuánto tiempo hacía que no veían otros seres humanos-. G-gracias… ¡gracias!
– ¿De dónde…?, ¿de dónde coño venís? -preguntó Moses.
– Yo…
– Tenemos que movernos, Mo -interrumpió el Cojo, sin apartar la mirada de la masa de espectros que avanzaba hacia ellos por la calle.
– Sí… vale… ¿cómo está ese tío?
– Creo que bien… ¡Venga, arriba! -dijo, ayudando al joven a incorporarse. Les miraba con una extraña mueca en el rostro, entre gratitud y miedo.
– ¿Podéis seguirnos? -preguntó Moses-. ¿Podéis correr?
– S… sí, sí… claro… -dijo Isabel, cogiendo a Mary firmemente de la mano. Roberto asintió con la cabeza, aún jadeando.
– Vámonos, entonces… -dijo el Cojo-. Si ven dónde nos escondemos nada les parará… son demasiados.
– ¿Ella está bien? -preguntó Moses, señalando a Mary. La chica le parecía un poco retrasada; miraba con divertida fascinación un viejo cable de alumbrado público que cruzaba la calle.
– Sí, está… un poco… es que John… y… David…
Moses comprendió al instante y detuvo su discurso justo cuando comenzaba a balbucear.
Empezaron a correr por la calle, tomando el mismo camino de vuelta que habían recorrido momentos antes. Moses iba en último lugar, preocupado por la retaguardia. Sabía que de las grandes masas salían los corredores, y sabíatambién que difícilmente podrían protegerse todos ante algo así armados únicamente con una barra de hierro. Se explicaba también por qué había visto tan pocos espectros antes; por algún motivo se habían ido todos a la Plaza de la Merced.
– ¡Por aquí! -decía el Cojo de tanto en cuando. En ocasiones tenía que derribar a algún zombi para asegurar el paso del grupo, mediante el simple procedimiento de imprimirle un buen empellón. La mayoría eran suficientemente torpes como para permitirles desaparecer de la escena antes de que pudieran incorporarse de nuevo. Por fin llegaron al portal y entraron todos, jadeando y resoplando, pero profundamente aliviados de haber podido escapar.
– Gracias, gracias, tíos… -decía Roberto, con lágrimas en los ojos y el labio inferior aquejado de un acusado temblor. Moses lo abrazó.
Unas horas más tarde, el grupo se encontraba apoltronado en los pequeños sofás que Moses y el Cojo tenían dispuestos en su piso. Mary daba pequeños sorbos a un vaso de agua que cogía entre las manos como si fuera un cuenco de sopa caliente, e Isabel y Roberto intentaban explicar todas las peripecias vividas últimamente. El Cojo aún sufría su dolor de muelas, pero, a indicación de Roberto, había conseguido aliviar considerablemente el dolor utilizando un diente de ajo que aún sobrevivía en la cocina.
– Cuéntame lo de ese tío otra vez -pidió Moses.
Isabel suspiró, pero no parecía molestarle. Cada vez que lo contaba añadía nuevos detalles, y Moses se dio cuenta de que, con cada revisión de la historia, parecía encontrarse un poco mejor. Cada vez era más fácil para ella ubicarse en un plano exterior a los acontecimientos, y relatarlos como si fueran un cuento viejo, ya superado. Hacía sólo unas horas que la había conocido, pero Isabel le había gustado desde el primer momento: hermosa y con una mirada directa y sincera.
– Es increíble… -dijo el Cojo-. Nunca había oído nada parecido…
– ¿Cómo coño habrá hecho eso? -preguntó Moses.
– Os dais cuenta -dijo el Cojo- de lo que… quiero decir, si pudiéramos conseguir lo mismo que él… ser capaces de deambular por entre esos zombis… eso sería… eso sería definitivo…
– Un cura… -decía Moses, más para sí mismo que para los demás.
– Había algo en sus ojos que… -dijo Roberto, con la mirada perdida en algún punto indeterminado-, no sé, estaban enloquecidos, toda su… su cara, su rostro… enloquecido, completamente fuera de sí. Teníais que haberlo visto… tan delgado.
– ¿Os acordáis de aquella vieja película, Poltergeist? -preguntó Isabel. Todos asintieron-. No la original, sino la segunda o tercera parte… salía un tío cadavérico de pelo blanco… pues nuestro cura es su puto hermano gemelo.
– Joder, sí… qué grima me daba ese tío -dijo el Cojo.
– Sea como fuere, loco o cuerdo, sacerdote o no, es un enemigo -soltó Moses, poniéndose de pie-. Por lo que decís de sus palabras, creo que él piensa que todo esto es el proverbial Día del Juicio Final, tal y como lo cuenta la Biblia, ya sabéis, donde todas las almas, los vivos y los difuntos, son invocados ante Él y sometidos a juicio.
– Joder… -dijo Roberto.
– Sí, joder. Se lo ha tomado a pies juntillas, y aunque no sabemos cómo hace su particular truquito, está usándolo para alimentar su enfermiza fantasía.
– Bueno… -interrumpió Isabel, acaparando todas las miradas-. Quiero decir, y si… o sea, todo esto de los muertos volviendo a la vida… no sé, ¿y si fuera verdad?
Moses sonrió con amabilidad.
– Bueno, Isabel… -dijo-, la parábola del Juicio Final es una de las más importantes del Evangelio. Habla del día final de la historia, de la sentencia definitiva de Dios sobre los seres humanos. Este texto aparece adornado con muchas leyendas y representaciones bastante… plásticas, pero no deja de ser una parábola.
– Lo sé, lo sé, pero… es todo tan surrealista…
– Sea como fuere, tenemos ahora un gran problema -dijo el marroquí-. ¿Cómo diríais que ese sacerdote os encontró? ¿Salíais a menudo?, ¿os asomabais a los balcones?
Roberto pestañeó, paseando la mirada entre Mary e Isabel.
– No salíamos nunca… teníamos ese supermercado justo bajo la casa, como os hemos dicho antes. Pero sí, usábamos las ventanas, claro… y la azotea. A Isabel le encantaba mirar por la ventana… se pasaba largas horas mirando la calle.
– Eso… -dijo Isabel, un poco incómoda-, eso fue cuando lanzamos las cuartillas.
– ¿Cuartillas?
– Sí… pensamos que podría haber más gente como nosotros, supervivientes, escondidos en sus casas, en alguna parte. Al fin y al cabo, si nosotros lo estábamos logrando, seguramente alguien más también… -hizo un gesto vago con las manos-…como vosotros. Así que escribí unas cuartillas, muchas… unas quinientas, y las lanzamos desde el tejado. Queríamos que el viento las propagase por todas partes. En la cuartilla pusimos la dirección donde nos encontrábamos y…