Los Caminantes
- Автор: Сиси Карлос
- Год: 2009
- Язык: испанский
- Жанр: Ужасы
Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
XIX
– A ver… prueba con esto -dijo el Cojo, entregándole a Moses un trozo de alambre enrollado a un tenedor-. En el trullo teníamos una igual, para la tele pequeña, y vaya si funcionaba la jodía.
Moses lo examinó. Uno de los cabos estaba suelto y se prolongaba, cimbreante, unos treinta centímetros.
– Sí… ¡creo que sí! -dijo con una sonrisa.
Se llevó el pequeño aparato de radio a la ventana y allí sujetó el tenedor al marco usando un poco de cinta adhesiva. Luego introdujo el alambre en el hueco de la antena.
– Veamos si ahora captamos algo…
Pulsó el botón de encendido y giró el dial. Las emisoras habituales ya no estaban allí. Ninguna de ellas, desde las grandes como Radio Nacional de España, hasta las locales como Radio Pinomar. Todo el espectro estaba en silencio.
– No puede ser… -dijo Moses, viendo evolucionar el dial por toda la banda-. ¿Es que no queda nadie?
– Es imposible… es imposible, tío. Acuérdate de los disparos que escuchamos el otro día. Hay gente viva, seguro que hay gente en más lugares de los que nos imaginamos. ¡Como nosotros! Aguantando…
Siguió girando el dial con toda la lentitud que le permitía el sistema analógico de aquel antiguo aparato, pero pronto se desanimó.
– ¡Es esta puta mierda, hombre! -dijo de pronto-. Necesitamos un aparato mejor. Tiene que funcionar, ¿no lo ves? La televisión es más complicada, lo entiendo. Quién sabe qué pasa hoy día con los repetidores, con las señales por satélite. No sé si quedan aún suficientes chicos listos como para mantener el cotarro en marcha, ¿sabes? Pero la radio es otra cosa…
El Cojo se encogió de hombros.
– Pues nada, tío. Nos vamos al Eroski de los cojones y compramos un equipo de música cojonudo. No te jode. Moses soltó un bufido.
Moses y el Cojo habían sobrevivido bien a la hecatombe. Vivían en un ático de la calle Beatas, ubicado en pleno centro de Málaga. El resto del edificio estaba vacío, como casi todo el centro, por lo que no les había costado mucho bloquear las escaleras para evitar que los espectros les visitasen. Desde sus ventanas habían visto escenas muy duras, pero también habían ayudado a mucha gente a huir de los zombis y se habían ocupado de acabar con un buen número de ellos, cuando era necesario. Ya no lo hacían; siempre llegaban nuevos espectros que ocupaban el puesto de los caídos, y existía otro problema fundamentaclass="underline" el sol descomponía los cadáveres con rapidez y el hedor dulzón les subía hasta la casa impregnándolo todo. Tampoco se encontraban ya nunca con nadie. Estaban solos, y Málaga era el patio de recreo de la Muerte.
Aunque no se manejaban mal con los zombis, que por regla general eran lentos y torpes, había otro motivo por el que procuraban evitar las excursiones a la calle siempre que fuera posible. El Cojo los llamaba los corredores. No sabían a qué era debido, pero era como si algunos de los muertos despertasen, y fuesen capaces de desarrollar una velocidad exacerbada y una furia inusitada. Una vez escucharon gritos en la calle y se asomaron al balcón para mirar abajo. Al principio pensaron que eran dos hombres corriendo. El que iba primero gritaba, y sus brazos y piernas se agitaban a cada paso que daba como si fuera a caerse de bruces. El que iba detrás corría de una forma poco natural, con los brazos hacia delante y ligeramente inclinado, como si fuera un lobo. Entonces comprendieron lo que pasaba. Moses y el Cojo les gritaron, pero, consumidos por la impotencia, no pudieron hacer gran cosa. Unos cien metros más allá, el lobo alcanzó a su víctima. Lo cogió por la espalda y lo lanzó contra la pared. Aún estaba estampándose contra ella cuando el lobo ya se había subido encima, hundiendo su cara en el hueco de su cuello. La sangre manaba a borbotones. Una mano temblorosa intentó zafarse de la mortal carga que tenía a la espalda, pero cayó pesadamente sobre el suelo. El lobo perdió el interés rápidamente. Corrió a la acera de enfrente, golpeó un escaparate con ambos puños y, mientras los cristales rotos aún repiqueteaban contra el suelo, ya salía corriendo por la calle hasta perderse entre los edificios. Fue todo tan rápido y bestial, que sólo pudieron quedarse en el balcón, con las manos tapándose la boca, horrorizados.
Se encontraron con otro corredor en otra ocasión, cuando exploraban el edificio vecino. Aquella vez estuvieron a punto de engrosar las filas de los muertos vivientes. Comprobaron que era fuerte, extraordinariamente fuerte. Incluso entre los dos les costó indecibles esfuerzos evitar sus constantes manotazos, patadas y dentelladas. Cuando por fin pudieron librarse de él, descubrieron que estaban exhaustos: les dolían los brazos y respiraban entrecortadamente. Moses le preguntó al Cojo qué pasaría si en lugar de un corredor tuvieran que enfrentarse a dos. El Cojo contestó que, con probabilidad, eso sería tan malo como pillarse los huevos con la puerta del coche. Rieron durante un buen rato, pero en los días sucesivos ambos tuvieron sueños inquietos donde aquel episodio se repetía incesantemente.
Contaban con cantidades ingentes de raciones de campaña del Ejército de Tierra, incluyendo paquetes de pan-galleta, suficientes para al menos tres meses. Un amigo les había pedido que se las guardasen "un tiempo", según les había contado, para que se olvidaran de ellas y poder venderlas luego en eBay, ya que esos productos solían cotizarse entre 15 y 40 euros. El Cojo opinaba que el Ejército de Tierra debería haber incluido también pastillas de Almax en cada uno de los malditos envases por los ardores que provocaban, sin duda debido al exceso de conservantes. Por lo demás, las raciones contenían una variedad interesante: caballa, merluza, carne de vacuno, albóndigas, ensaladas, judías con chorizo, lentejas… y más de un aditivo muy de agradecer como leche condensada, pastillas de vitamina C y cremas variadas de fruta.
– Podemos llegar hasta el Bazar San Juan, eso seguro -dijo Moses.
El Cojo le dirigió una rápida mirada. Estaba tomando un poco de mermelada con galleta de las raciones de campaña.
– Olvídate de eso, Flanagan -dijo el Cojo-. Aunque me gustaría conseguir algo guapo… ¡como un lanzallamas!
– Esa es una idea muy peregrina. Si un zombi avanzando hacia ti ya es malo, imagina un bonzo envuelto en llamas, uno que no cae y no acusa el dolor.
– Vale, listo. Pues una caja de granadas, o una ametralladora de ésas cañeras. ¿Cuánto se tarda en limpiar una calle con una de ésas?
Moses apenas le escuchaba, sumido en su propia línea de pensamientos.
– ¿Por qué no…? Joder, hasta podríamos conseguir un vehículo… un Hummer, o un Jeep si no podemos encontrar uno… uno grande, alto, con grandes ruedas. Podríamos reforzarlo, quizá, e irnos a tomar por culo. -Pestañeó y miró al Cojo-. ¿A dónde irías?
– Hay mogollón de urbanizaciones cerradas en la costa, todas muy guapas… Podríamos ir a una de esas villas de lujo con un gran muro exterior, piscina, tenis… -pensó un instante y añadió-: y fijo que allí no hay tantos zombis como aquí, en pleno centro.