Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Saga del retorno #5
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6678-0
- Переводчик: Carlos Gardini
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]». Краткое содержание книги:
—Eso es distinto —dijo Mon.
Claro, redefinamos los términos para eliminar la contradicción. A Edhadeya la sacaba de quicio que después de discusiones como aquélla los niños lo tergiversaran todo y dijeran que las niñas no eran razonables, que se dejaban dominar por las emociones, que no se podía mantener un diálogo inteligente con ellas… pero eran ellos quienes ignoraban la evidencia y continuamente modificaban sus argumentos para adaptarlos a lo que querían creer. Edhadeya, en cambio, era realista y rehusaba tanto negar sus sentimientos como los hechos que observaba. Y tampoco negaba que primero sacaba sus conclusiones siguiendo sus deseos más íntimos, y sólo después construía argumentos que las sustentaran. Pero los varones eran tan necios que creían que sus razones eran sus argumentos.
Era inútil tratar de explicárselo a Mon. Edhadeya estaba cansada. No quería una larga discusión sobre las discusiones. Así que le respondió de la manera más simple.
—No, no lo es —dijo.
Mon, con esto, se permitió ignorarla.
—No quiero formar parte del Guardián, eso es lo que no quiero. ¿A quién le importan sus planes? Yo no quiero ser parte de sus planes.
—Todos lo somos —dijo Edhadeya—. Así que es mejor ser una parte importante.
—¿Su marioneta preferida? —preguntó Mon con desdén.
—Su amigo voluntarioso.
—Si es un amigo, que dé la cara de una vez. ¡Que venga a visitarnos!
Edhadeya decidió que era hora de inyectar un poco de realismo a la conversación.
—Sé por qué estás enfadado.
—Espero que sí, acabo de decírtelo.
—Estás enfadado porque quieres estar al mando, trazar todos los planes.
Por el momentáneo asombro de Mon, Edhadeya supo que había dado en el clavo. Pero, por supuesto, él lo negó.
—Eso es una verdad a medias, en todo caso. Quiero trazar todos los planes que me afecten.
—¿Y nunca quieres que otra persona haga justamente lo que tú has decidido que haga?
—Exacto. No pido nada de nadie, y no quiero que nadie me venga con exigencias. Eso sería la auténtica felicidad.
Edhadeya estaba cansada, y Mon se comportaba como un estúpido.
—Mon, no puedes pasarte ni cinco minutos sin decirme qué hacer.
Mon perdió los estribos.
—¡No te he dicho qué hacer en toda esta conversación!
—No has hecho otra cosa que decirme qué pensar.
—Te he dicho lo que yo pensaba.
—Ah, ¿y no tratabas de lograr que yo estuviera de acuerdo?
Claro que sí, y él lo sabía, y su afirmación de que no quería controlar a nadie no se aguantaba por ningún lado; pero Mon no podía admitirlo. A Edhadeya siempre le hacía gracia ver el pánico reflejado en los ojos de su hermano cuando, arrinconado, buscaba un modo de escapar de sus contradicciones lógicas.
—Yo trataba de hacer que lo comprendieras —dijo Mon.
—Entonces tratabas de hacerme hacer algo.
—No, claro que no. ¡No me importa lo que hagas ni lo que pienses ni lo que entiendas!
—¿Entonces por qué te molestas en hablar conmigo? —preguntó ella con una dulce sonrisa.
—Hablaba conmigo mismo. ¡Tú sólo estabas aquí! Cada vez más serena a medida que él se iba sulfurando, Edhadeya respondió suavemente:
—Si no quieres controlar lo que yo pienso, ¿por qué levantas la voz? ¿Por qué discutes conmigo?
Mon estaba acorralado. Y era franco, cuando ya no podía soslayar la verdad la afrontaba. Por eso era el hermano favorito de Edhadeya, aparte de que Aronha siempre estaba muy ocupado y los otros eran muy pequeños.
—¡Te odio! —exclamó Mon—. ¡Sólo tratas de dominarme y de sacarme de quicio!
Edhadeya no pudo resistirse a tomarle el pelo.
—¿Cómo puedo dominar a un joven tan libre como tú?
—Lárgate y déjame en paz.
—Oh, el titiritero ha hablado. —Edhadeya echó a andar, rígida, sin mover los brazos—. Ahora el títere se mueve, obedeciendo. ¿Cuál es el plan de Mon para este títere? Él quiere que se vaya.
—Te odio, de veras —dijo Mon. Pero ella notó que le costaba contener la risa.
Se volvió para mirarlo, ahora en serio.
—Sólo porque insisto en ser independiente y no pensar lo que tú planeas que piense. El Guardián me envía mejores sueños que a ti. Buenas noches, querido hermano.
Pero Mon estaba enfadado y se sentía herido, y no quería que ella se fuera.
—¡No te importa nada de esto! Sólo quieres burlarte de mí.
—Me gusta burlarme de ti… pero además esto no importa mucho. Quiero formar parte de los planes del Guardián porque creo que el Guardián busca nuestra felicidad.
—Vaya, pues qué bien lo hace. Estoy maravillado. —Tenía lágrimas en los ojos. Edhadeya sabía que él odiaba lloriquear. No haría nada más para provocarlo ni humillarlo.
—No me refiero a nuestra felicidad individual y permanente —dijo—. Pero quiere que todos vivamos en paz, colaborando, ayudándonos a ser felices como queremos ser, como podemos ser. —Edhadeya pensó en lo que Uss-Uss había dicho que deseaba para ser feliz—. El Guardián está harto de que haya amos y esclavos, harto de nuestras guerras y nuestros odios. No quiere que nos destruyamos como los rasulum. Por la expresión de desconcierto de Mon, comprendió que él no debía de estar despierto hacia el final de la traducción.
—¡Creeré que el Guardián quiere mi felicidad el día en que me crezcan alas! —rezongó.
Ella no pudo contener una frase mordaz.
—No es culpa del Guardián que aún no hayas aprendido a usar las manos para algo útil.
Sin aguardar respuesta, corrió a su habitación. Se sentía culpable por haber dicho algo tan brutal. Pero aunque en una discusión él se empeñara en negar, excusarse y defenderse, Edhadeya sabía que reconocería la verdad íntimamente. Mon sabía quién tenía razón.
Con su maravilloso talento para distinguir entre la verdad y la falsedad, ¿por qué no comprendía que su anhelo de ser otra cosa era un error lamentable que le consumía la vida y le envenenaba el corazón?
¿O el ansia de ser un ángel era algo que le inspiraba el Guardián?
Edhadeya se tendió en su estera y, como de costumbre, apartó los tres cojines que le ponían por orden de Dudagu, «porque una dama no debe dormir en una estera dura, como un soldado». Edhadeya ni se molestaba en enfadarse con Uss-Uss por no quitar los cojines. Si la esposa del rey daba una orden, ningún sirviente se atrevía a desobedecer, y habría sido cruel reprender a Uss-Uss por hacer lo que debía para sobrevivir.
No, no Uss-Uss. Voozhum.
¿Eso formaba parte del plan del Guardián? ¿Liberar a los cavadores de la esclavitud? Las palabras habían acudido fácilmente a los labios de Edhadeya cuando discutía con Mon. Pero ahora tenía que planteárselo como una posibilidad real. ¿Qué planeaba el Guardián? ¿Y cuántas turbulencias habría hasta que sus planes se concretaran?
Akmaro echó un vistazo a los campos de patatas que crecían entre las hileras de maizales ya cosechados. Al final de la estación, era momento de desenterrarlas y apartar las comestibles de las que servirían de semilla. ¡Quién hubiese creído que el maíz y las patatas plantadas en la esclavitud se cosecharían en aquellas circunstancias! No era la libertad, pero tampoco imperaba el miedo. Los guardias se mantenían a distancia, y nadie los fastidiaba, ni los adultos ni los niños. Trabajaban duramente, y el tributo para Pabulog era cuantioso, pero lo cierto era que tenían comida de sobra, más de la que necesitaban.
Es el regalo que nos ha enviado el Guardián por no encerrarnos en el odio y el miedo. El coraje y la sabiduría de mi esposa convirtieron en amigos a nuestros peores enemigos, los hijos de Pabulog. Ellos no se rebelarán contra su padre, desde luego. Son demasiado pequeños, y Pabulog es demasiado cruel e imprevisible. Pero nos han dado paz. Y hasta Pabulog verá que es mejor que los seguidores de Akmaro sean siervos productivos y no esclavos amargados, rencorosos y atormentados.