Gris de campaña
- Автор: Керр Филипп
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:
Por supuesto, la gente también se sentía contenta porque creía -nosotros creíamos- que la guerra se había acabado prácticamente antes de haberse iniciado. Casi nadie había muerto, comparado con los millones que habían caído en la Gran Guerra. Inglaterra tendría que firmar la paz. La puerta trasera rusa estaba segura. Y Estados Unidos no tenía interés en verse involucrado, como siempre. En conjunto, parecía algo milagroso. Yo esperaba que los franceses se sentirían de un modo muy diferente, pero en Alemania reinaba el júbilo nacional. Sinceramente, en la última persona en la que habría pensado aquella mañana, cuando entré en el despacho de Heydrich, era en aquel estúpido gilipollas de Erich Mielke.
Sentado a la mesa, junto a Heydrich, había otro hombre con el uniforme de las SS al que no reconocí. Tendría unos treinta años, era delgado, con una gran cabellera castaña clara, una boca casi femenina y el par de ojos más agudos que hubiese visto fuera de la jaula del leopardo en el Zoo de Berlín. El ojo izquierdo se parecía más que el otro al de un felino. Al principio creí que lo mantenía entrecerrado para protegerse del humo de su cigarrillo al final de una boquilla de plata, pero al cabo de un rato vi que el ojo siempre estaba en ese estado, como si hubiese perdido el monóculo. Sonrió cuando Heydrich nos presentó, y vi que tenía algo más que un ligero parecido con el joven Bela Lugosi, suponiendo que Bela Lugosi hubiera sido joven alguna vez. El nombre del oficial de las SS era Walter Schellenberg, y creo que por aquel entonces era comandante -más tarde ascendió a general-, pero en realidad no presté mucha atención a los galones en el cuello. Me interesaba más el uniforme de Heydrich, de comandante de la reserva de la Luftwaffe. Aún más interesante era el hecho de que llevara el brazo en cabestrillo, y durante varios minutos de inquietud supuse que mi presencia allí tendría algo que ver con algún atentado contra su vida que querría que investigase.
– El Oberkommissar Günther es uno de los mejores detectives de la Kripo -le dijo Heydrich a Schellenberg-. En la nueva Alemania es una profesión que tiene sus riesgos. La mayoría de los filósofos discuten si en última instancia el mundo es mente o materia. Schopenhauer afirma que la realidad final es la voluntad humana. Pero cada vez que veo a Günther me acuerdo de la suprema importancia que tiene para el mundo la curiosidad humana. Como un científico o un inventor, un buen detective debe ser curioso. Debe establecer sus hipótesis. Y debe tratar de demostrarlas siempre, contrastándolas con los hechos observables. ¿No es así, Günther?
– Sí, Herr general.
– Sin duda, ahora mismo se estará preguntando por qué visto este uniforme de la Luftwaffe, y confiando en secreto que eso significa mi partida de la Sipo, de manera que él podrá disfrutar de una vida más plácida y tranquila. -Heydrich sonrió ante su propia broma-. Vamos, Günther, ¿no es lo que está pensando?
– ¿Va a dejar la Sipo, Herr general?
– No. -Sonrió como un escolar muy listo.
No dije nada.
– Intente contener su evidente alivio, Günther.
– Muy bien, general. Haré todo lo posible.
– ¿Ve lo que le digo, Walter? Sigue siendo él mismo en todo momento.
Schellenberg se limitó a sonreír, siguió fumando y me observó con sus ojos de gato sin decir nada. Al menos teníamos una cosa en común. Con Heydrich lo más seguro era no decir nada.
– Desde la invasión de Polonia -explicó Heydrich-, me he estado ofreciendo como voluntario para tripular bombarderos. Fui artillero de cola en un ataque aéreo sobre Lublin.
– Parece algo arriesgado, Herr general -opiné.
– Lo es. Pero créame, no hay nada como volar sobre una ciudad enemiga a trescientos veinte kilómetros por hora con una MG17 en las manos. Quería demostrarles a algunos de esos soldados burócratas de qué estamos hechos en las SS. No somos un puñado de soldados de café.
Me dije que seguramente se refería a Himmler.
– Muy loable, señor. ¿Es así como se hirió en el brazo?
– No. No, fue un accidente -respondió-. También me he estado preparando como piloto de caza. Me estrellé durante el despegue. Un error estúpido por mi parte.
– ¿Está seguro de eso? -La sonrisa satisfecha de Heydrich se detuvo, a medio vuelo, y por un momento me pregunté si había ido demasiado lejos.
– ¿Qué quiere decir? ¿Que no fue un accidente?
Me encogí de hombros.
– Sólo digo que me imagino que querrá descubrir si algo salió mal antes de volver a volar. -Intentaba apartarme de la idea que, debido a mi imprudencia, había instaurado en su mente-. ¿Qué clase de avión era, señor?
Heydrich titubeó como si estuviese debatiendo la idea en su mente.
– Un Messerschmitt -dijo en voz baja-. El Bf no. No está considerado un avión muy ágil.
– Bien, pues ya lo tiene. No se me ocurre por qué he mencionado algo así. Desde luego no pretendía insinuar que no es usted un buen piloto, general. Estoy seguro de que no le habrían dejado ponerse a los mandos sin estar seguros de que el aparato estaba en condiciones. Yo nunca he despegado del suelo, pero aun así me gustaría estar bien seguro de que no hubo algún fallo mecánico antes de subir de nuevo.
– Sí, quizá tenga razón.
Ahora Schellenberg asentía.
– Desde luego no hará ningún daño comprobarlo, Herr general. Günther tiene razón.
Tenía una curiosa voz aguda con un ligero acento que me resultaba difícil identificar; y había algo muy pulcro y distinguido en él que me recordaba a un mayordomo, o a un dependiente de una tienda para hombres.
Una atractiva secretaria de las SS -a las que solíamos llamar ratita gris- entró llevando una bandeja con tres tazas de café y tres vasos de agua, como si estuviésemos en un café de la Kudamm, y por fortuna nos olvidamos del tema del accidente de Heydrich; Schellenberg dedicó su atención a la mujer en sí misma y Heydrich distraído por la música del disco que llegaba a través de la puerta abierta. Por un momento golpeó con los tacones en el suelo al ritmo de la canción y sonrió feliz.
– ¿No es un sonido maravilloso?
– Maravilloso, Herr general -dijo Schellenberg, que todavía estaba mirando a la secretaria de Heydrich, y el comentario bien podía referirse a ella tanto como a la música.
Le comprendí. Ella se llamaba Bettina, y parecía demasiado bonita para estar al servicio de un demonio como Heydrich.
Cuando ella salió, los tres comenzamos a cantar. Era una de las pocas canciones de las SS que no me molestaba cantar, puesto que no tenía nada que ver con las SS ni con luchar en una guerra. Y por un momento, olvidé quién era y con quién estaba.
En el prado crece una florecilla
Y su nombre es Erika
Cien mil abejas
Vuelan alrededor de Erika
Porque su corazón está colmado de dulzura
Y su vestido floreado despide un suave perfume
En el prado crece una florecilla
Y su nombre es Erika