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Al final del invierno [At Winter's End - es]

Электронная книга - «Al final del invierno [At Winter's End - es]». Краткое содержание книги:

Tras miles de años, el Largo Invierno producido en la Tierra por el bombardeo de cometas que causaron las estrellas de la muerte llegó a su fin. Los que salieron del capullo para enfrentarse a los peligros del mundo exterior en busca de la Nueva Primavera se llamaban a si mismos humanos... Su destino era la creación de un nuevo mundo.
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— Avísame cuando hayamos llegado al lugar — dijo Hresh.

— No. Eres tú quien debes decirlo — indicó Torlyri.

Sus ojos flameaban de vida y energía. Torlyri sintió que nunca antes había estado ante un niño con tanta vitalidad, y su corazón se desbordó de amor hacia él. ¡Ah, la fuerza de los dioses debía fluir por sus venas!

— Aquí — señaló Hresh.

Había escogido un sitio oscuro, pues los árboles se unían en lo alto mediante redes de enredaderas más gruesas que el brazo de un hombre. La tierra aparecía suave y húmeda. Podrían haber sido los únicos habitantes de la Tierra.

Hresh se arrodilló y realizó las ofrendas.

— Ahora asumiré mí nuevo nombre — anunció.

Buscó una criatura ante la cual declararlo, y al cabo de un rato descubrió que se adentraba en el bosquecillo una bestia de cierto tamaño. Era un animal de las dimensiones de un zorro-rata, pero mucho más agradable, de ojos brillantes y una larga cabeza con forma de huso y dos colmillos dorados, como palas, a ambos lados del hocico. Por debajo del lomo castaño se dibujaba una hilera de franjas amarillas. Tenía las patas delgadas y terminadas en tres pezuñas afiladas: tal vez fuera un animal cavador, que se alimentaba de los insectos del suelo. Observó a Hresh como si nunca antes hubiese visto otro ser como él.

El pequeño se acercó a él.

— Tu nombre es colmillos — de — oro — dijo Hresh.

Torlyri sonrió. ¡Sólo él podría nombrar primero al animal en el día de su propio nombramiento!

El animal le contempló sin temor, tal vez curioso.

— Y yo… — prosiguió Hresh —, yo soy Hresh, el de las preguntas, y éste es el día de mi nombramiento. Te he escogido como criatura de nombramiento. Y a ti, colmillos — de — oro, te confío el nombre que elijo… ¡Hresh! ¡Hresh, el de las respuestas!

Torlyri contuvo la respiración. ¡Vaya audacia!

Muy de vez en cuando sucedía que alguien escogía como nombre de adulto su mismo nombre de nacimiento. Pero era raro, casi inaudito, ya que esta elección revelaba una confianza interior, una seguridad que casi rayaba con la temeridad. ¡Hresh, que escoge llamarse Hresh! ¿Había existido alguna vez otra persona como este niño?

Y, sin embargo…, sin embargo…, ¿acaso seguía siendo el mismo nombre? Antes era Hresh, el de las preguntas, el mote con que los demás solían llamarle. Y ahora, Hresh, el de las respuestas, el nombre que él mismo había elegido.

Estaba hablando con el colmillos — de — oro, de pie muy cerca de él, acariciándolo, palmeándolo. Luego le zurró levemente la grupa y lo envió a corretear por entre el follaje. Se volvió a Torlyri.

— ¿Y bien? — preguntó — ¿Te parece apropiado el nombre?

— Sí. Muy apropiado. — Le atrajo hacia ella y le estrechó entre sus brazos — Hresh, el de las respuestas. Sí. — El niño aceptó su proximidad con cierta tensión, algo reacio a las caricias, como si su afecto le inquietara. Tras soltarle, le dijo —: Ven. Debemos regresar al campamento y comunicar a los demás el nombre que has escogido para ti mismo. Y luego habrá llegado el momento de partir rumbo a la gran Vengiboneeza.

Pero aún no pudieron partir hacia Vengiboneeza, pues ahora había llegado el turno de parir para Nettin. Esta vez fue una niña, y Hresh, presidiendo nuevamente la ocasión, la llamó Tramassilu, como la niña a quien había atravesado aquella criatura de pico rojo que se movía a saltos. Su idea era dar a todos los recién nacidos el nombre de los que habían muerto durante la travesía, para indicar que las pérdidas habían sido recobradas. Necesitaban un nuevo Hignord y una nueva Valmud. Luego, a medida que nacieran nuevos niños, podrían emplearse otros nombres. Jalmud, cuya compañera había muerto a manos de los zorros-rata, había pedido permiso para aparearse con la pequeña Sinistine, y Hresh suponía que pronto se formarían otras parejas, ahora que todos comprendían que engendrar nuevas vidas no entrañaba peligro, sino que constituía una tarea sagrada.

Durante unos días más, la tribu permaneció acampada cerca del estanque del aguazancos, hasta que Threyne y Nettin estuvieron en condiciones de proseguir el camino. Para Koshmar fue un momento difíciclass="underline" ¡ansiaba tanto llegar a Vengiboneeza! Y también fue duro para Hresh. Él, más que ningún otro, tenla cierta idea acerca de lo que les esperaba en Vengiboneeza. Hervía de ansiedad.

En realidad, fue el primero en avistar sus torres, cuatro días después de reanudar la marcha. Se dirigieron al oeste y llegaron a un lago de aguas tan azules que casi parecían negras. Luego dieron con otro lago, tal como había advertido el aguazancos. Y por fin llegaron a un arroyo, lo cual sin duda significaba que estaban cerca de Vengiboneeza. Era sólo un hilo de agua, pero la corriente fría y veloz borboteaba entre lenguas de roca aguzada que asomaban a lo largo de su trayecto. La empresa de cruzar el lecho con los bultos fue intrincada y les llevó muchas horas. Tan agotador resultó, que la misma Koshmar consideró más prudente acampar y recuperar fuerzas al otro lado del arroyo. Pero Hresh no podía aguardar más. En cuanto todos hubieron cruzado, partió solo cuando nadie le miraba y corrió raudo entre los árboles hasta que la sorpresa y el estupor le obligaron a detenerse.

Ante él, como inmensas losas de piedraluz, se alzaban sobre la jungla las radiantes torres de la espléndida ciudad, y eran tantas que no atinaba a contarlas todas… hilera tras hilera, ésta de un matiz violeta irisado, aquélla de oro refulgente, y aun otra carmesí, orlada con balcones de azul medianoche, y otra de un azabache inimaginable. Algunas aparecían envueltas entre apretados lazos de enredadera, como les había advertido la criatura del bosque, pero la mayoría tenía la fachada despejada.

Hresh resistió el impulso de lanzarse sobre la ciudad. Y allí se quedó, largo rato, emborrachándose con su belleza inconcebible.

Luego, con el corazón dando brincos, corrió hacia el campamento, gritando a viva voz:

— ¡Vengiboneeza! ¡He encontrado Vengiboneeza!

Ya estaba a mitad de camino cuando algo grueso y peludo, increíblemente fuerte, lo aferró por el cuello y lo derribó al suelo.

Hresh trató de tomar aire con desesperación. Se estaba asfixiando. Los ojos se le salían de las órbitas. Lo veía todo borroso. Apenas podía distinguir a sus atacantes. Al parecer, eran tres: dos saltaban y el tercero lo mantenía prisionero con su largo y viscoso órgano sensitivo. Si eran humanos, pensó Hresh, pertenecían a una tribu muy distinta. Tenían brazos y piernas extraordinariamente largos, cuerpos delgados y fibrosos, cabezas pequeñas, ojos grandes, inexpresivos y brillantes, pero sin el menor destello de inteligencia. A los tres les cubría un pelaje suave y exuberante de color gris verdoso, de textura desconocida, desde la coronilla hasta los dedos de los pies, largos y negros.

— No… puedo respirar… — murmuró Hresh —. Por favor…

Oyó una risa áspera y burlona, y un violento balbuceo en un idioma desconocido, chillón y turbulento. Desesperado, alzó las manos al látigo que lo asfixiaba. Hundió los dedos en él con fuerza. Pero no obtuvo respuesta, salvo quizá que la presión se intensificó. Hresh jamás había visto un órgano sensitivo tan fuerte. El otro apenas parecía sentir sus dedos.

— Por favor…, por favor… — murmuró débilmente, con lo que supo iba a ser su último aliento. El mundo se sumió en las tinieblas.

Se oyó un chillido salvaje e inesperado. La presión que le oprimía la garganta cedió y el pequeño rodó por el suelo, doblado sobre sí mismo, jadeante y ahogado. La cabeza le daba vueltas. El mundo giraba locamente bajo sus pies. Durante un momento, fue incapaz de ver claramente; los ojos sólo le ofrecían espirales y puntos fugaces. Al cabo de un rato, comenzó a recobrarse y levantó la mirada.

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