Culminacion De Montoya
- Автор: Gasulla Luis
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Culminacion De Montoya». Краткое содержание книги:
Culminación de Montoya, Premio Eugenio Nadal 1974, posee -dentro de una concepción clásica-un valor universal y permanente por el drama humano en que se inspira y una visión trágica de la existencia, presidida por la más inexorable fatalidad. El héroe mítico -héroe al revés, al decir del autor- es el coronel Montoya, aristócrata de raza y militar profesional, descendiente de una vieja estirpe de conquistadores, quien al no encontrar una empresa heroica en la que volcar su coraje, ha consagrado todas sus energías en su propia destrucción, hasta ser degradado y expulsado del ejército. Su voluntaria condena le lleva a un confinamiento en los remotos bosques del Sur en busca de un infierno donde purgar la muerte de su hijo y el suicidio de su mujer, de los que se cree responsable. Torturado por el venenoso resentimiento de un viejo asistente, simbólica encarnación de sus demonios familiares, arrastrado por el instinto de autodestrucción, Montoya encuentra en el generoso sacrificio de su vida una posible redención. La atención del lector se mantiene en suspenso dentro de un ambiente fascinante y angustioso.
– Acércate.
La muchacha vino hacia él, bastante segura de sí misma.
– ¿Cuántos años tenes?
– Diecisiete -mintió.
Videla se pellizcó el labio inferior con el índice y el pulgar. Sonreía incrédulo.
– Si vos lo decís.
Se demoraba adrede, imaginando el cuerpo de la muchacha sin aquellas ropas que lo deformaban.
– Bueno, anda y hacete una siesta… ¡Ah!… ¿Le dijiste al marido de tu hermana que te venías conmigo?
– No le dije nada -afirmó-. No estoy obligada a decirle nada porque ni siquiera es el marido de mi hermana…, ella es viuda.
Videla conocía el trágico episodio de la remolienda por boca de Max Fichel, pero el ofuscado resentimiento de Jorgelina convenía a sus propósitos.
Se puso de pie, acariciando el brazo de la muchacha.
– Sos una linda «cabrita» ¿sabes?… Entonces, nada de Montoya. Si se acerca por aquí lo botamos. Total, pronto termina el conchabo y volvemos a Aysén, o a Valdivia; donde más te guste…
Con el dorso de la mano rozó la piel suave de sus mejillas.
– Te va a gustar -le susurró ambiguamente.
Ella estaba demasiado fatigada para pensar qué era lo que le iba a gustar. Se echó sobre la cama del capataz sintiendo que el corazón le latía con violencia. La carrera de la sangre repercutía en sus sienes. Al fin se durmió.
Inexplicablemente esa tarde Videla renunció a la siesta y a la compañía de Jorgelina. Permaneció en la galería esperando, sin saber tampoco exactamente qué esperaba. A ratos sentía la necesidad de llamar a sus matones, como si un peligro impreciso lo acechara; a ratos eran el silencio y la soledad lo que lo ponía de mal humor. Pero no se decidía a moverse de su lugar. El estaba acostumbrado a enfrentar situaciones reales, pero ahora flotaba a su alrededor una atmósfera cargada de interrogantes. En ese terreno se perdía irremisiblemente. ¿Qué tramaría Montoya? ¿Se animaría a reclamar a su protegida? ¿Cómo tan fácilmente Jorgelina había aceptado su proposición?
«¡La pucha!… -murmuró-; ¡ése también necesita un escarmiento!… Mejor que no se meta conmigo.»
Como contradiciendo su secreto deseo, Montoya venía acercándose a la casa. Avanzaba directamente hacia él y Videla, sorprendido, maldijo su presunto descuido. No quería dar la impresión de temor ni tampoco que el otro se tomara ventajas sobre él. Sintió roncar a su gente y tanteó los tablones de la pared procurando enviarles un aviso. Montoya sólo traía un machete cruzado sobre los riñones. Sintió nacerle entre las cejas un sudor helado. Se fue irguiendo despacio. Montoya estaba a diez pasos.
– Quiero hablar con la muchacha -dijo.
Su voz sonaba un poco ronca.
– ¿Hablar? -preguntó Videla, apartando la idea de negar la evidencia. Prefería acabar de una vez-. No tiene ningún derecho sobre ella…
– ¡Vamos, Videla! Ninguno tiene derechos aquí…, somos todos unos ladrones. Pero hasta los ladrones pueden respetar algo; como a esa criatura por ejemplo. Su oficio no es el de rufián.
El coraje volvía de nuevo a Videla: «¿eran ésas todas las cartas que jugaba el argentino? Palabras…, palabras…». Se paró del todo, abrió las piernas, acarició la empuñadura del revólver. La cosa estaba clarita; él guapeaba. Estaba en lo suyo.
– Por partes don Luciano. Nada de insultarme… Ladrones, rufián, ¡qué música! Si quiere puede hablar con la muchacha… Ella vino por su voluntad, ¿entiende? Nadie la arrastró hasta aquí… ¡Eh, Ramón, Jones, muchachos…, vengan y díganle a don Luciano cómo tratamos a la «cabrita»!… -pegó un puñetazo contra la puerta de la pieza-: ¡Vengan aquí, c…!
Empezaron a salir, atropellándose en la puerta deslumbrados por la repentina claridad. Todos estaban armados.
Montoya los miraba salir y calculaba la cantidad de muerte que cada uno almacenaba. Imaginaba a Gerónimo, cercado por aquel círculo de ojos crueles, insultado por aquellas bocas que jamás pronunciaban una palabra de piedad.
– No se alteren; don Luciano sólo quiere hablar con la chica -se burló Videla-. Y yo digo: ¿quién se lo prohíbe?… Vos, gringo… ¡traéla!
No hacía falta. Jorgelina también había salido a la galería. Contempló a Montoya y se sobrecogió. Aún en ese momento, dominado por el número de los desalmados, solitario y fuerte, entrecerrando los ojos a causa del sol, era capaz de mostrarse sereno y desafiante. Los labios apretados, el duro mentón levantado. Como un gran león acosado, todavía ensanchaba el círculo ante los acosadores.
– María te pide que regreses -dijo el coronel-. Mañana nos volvemos al pueblo… Nada tienes que hacer aquí.
A Jorgelina se le formo un nudo en la garganta. La hora decisiva había llegado. Como un relámpago la asaltó el deseo de correr y esconderse en el bosque. Pero apretó los puños y saboreó su rebeldía.
– No volveré, ¿está claro?… Puede mandarla a ella, si quiere, pero no a mí…
– Ya la oyó, compañero -cortó Videla secamente-. Ella se queda por su voluntad. Nadie le va a tocar un pelo… Ahórrese líos y déjenos en paz…
– Usted no entiende, Videla -dijo Montoya, lívido de cólera-. Esta mocosa no tiene la menor idea de lo que hace. Conmigo no valen amenazas… Usted lleva demasiada ventaja ahora -abarcó con un ademán al grupo de los matones-; pero pagará por esto… No siempre tendrá la suerte de su lado.
No retrocedió; simplemente giró y echó a andar.
– ¡Déjenlo que se vaya! -ordenó sordamente Videla, atajando el paso de Jones-. Este no jode más a nadie…
Los cinco permanecieron inmóviles, contemplando al hombre que se iba. La galería semejaba un escenario, pero el invisible público se había petrificado.
El tiempo desmejoraba. Desde el Norte, el Sur y el Oeste se acercaban gruesas nubes bajas. Apenas algunas de ellas ocultaban el sol se sentía la mordedura del frío. Montoya caminaba, vacilando, hacia su cabaña. El desmonte concluía a los pocos metros y pronto se encontró en el sendero que la costumbre había delineado entre los árboles. Una rama espinosa le rozó la mejilla. La apartó con el brazo. Detrás de un coihue asomó la cabeza salvaje del Chilenazo. Lo entrevió como un destello de luz y sombra y se detuvo. El hachero lo llamaba.
– Otra vez usted -dijo Montoya receloso-. ¿Qué quiere ahora?
Gerónimo terminó por mostrar toda su andrajosa figura. Sus ojos brillaban de fiebre o de locura. La impresión de ansiedad servil había concluido por ser en él un reflejo estereotipado.
– ¿Cómo está Ángela, don…?
Montoya se sobresaltó. Después sonrió con amargura.
– ¿Ángela dice? Pero usted no entiende… Ángela murió…, murió.
Gerónimo desnudó la dentadura despareja. Su mano izquierda, extendida, negaba con la palma abierta hacia Montoya.
– No juegue con la muerte, amigo… Hoy la vi; trabaja para el patrón… Por eso no vino a verme.
Montoya apartó una mosca que zumbaba frente a su cara. «¿Qué le pasa a este imbécil? Si antes simulaba la chifladura, ahora va en serio…, o ya estaba loco y su gimnasia era una idea fija o un recuerdo.» Las nubes cargadas de tormenta parecieron engancharse en las altas copas de los coihues. Desde el mallín las bandadas de patos alzaban el vuelo hacia el lago. Montoya se distraía arrastrado por el absurdo. El infierno se abría y se cerraba a su alrededor.
– No es su mujer -se escuchó repetir monótonamente, con fatiga-. No es su mujer… La que vio es otra… Ángela murió.
– Bueno, vamos al aserradero -ordenó Videla a sus hombres-; ése no vuelve, pero vos, Jones, te me quedas cerca de la casa… Y si se arrima, tirale primero y lo saludas después, ¿entendido?
– Descuide patrón -asintió el galés.
Había transcurrido una hora apenas. La tensión se aflojaba y Videla se dispuso a esperar a los hacheros. El trabajo no podía demorarse ni detenerse. Al día siguiente saldrían los catangos para el Hito, cargados de madera. La temporada era rendidora y los Fichel no se resignaban a abandonar la explotación, pero él, Videla, iba a prevenirles por última vez. Un peón había sido aplastado días antes por un tronco. La mujer del Chilenazo había muerto; otro hachero había desaparecido llevándose los pesos de un compañero y era muy capaz de largarse para San Martín de los Andes. Si se emborrachaba soltaría la lengua y podrían ser copados por los gendarmes. El asunto tenía que terminar.