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Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
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Thøgersen se encogió de hombros y bajó la mirada un instante. Claro que no le parecía bien.

– ¿Por qué expulsaron a Kimmie del internado, lo recuerdas?

El preso echó la cabeza hacia atrás y se quedó mirando el techo.

– Salía con un profesor, o algo parecido. Estaba prohibido.

– ¿Qué fue de ella después?

– Estuvo un año viviendo en un piso de alquiler en Næstved. Trabajaba en un restaurante de comida rápida.

Se echó a reír.

– Sí, por lo visto sus viejos no sabían nada del asunto; creían que seguía yendo al colegio. Pero al final se enteraron.

– ¿Fue a un internado en Suiza?

– Sí, pasó allí cinco o seis años. No solo en el internado, también fue a la universidad. ¿Cómo coño se llamaba? Que le den, el caso es que estudiaba Veterinaria. Ah, sí, era en Berna. La Universidad de Berna.

– Entonces, ¿hablaba perfectamente francés?

– No, alemán. Me contó que las clases eran en alemán.

– ¿Terminó?

– No. No sé por qué, pero tuvo que dejarlo.

Carl miró a Assad, que lo anotaba todo en su libreta.

– ¿Y después? ¿Dónde vivió después?

– Volvió a su casa. Pasó una temporada viviendo en Ordrup, en casa de sus padres; es decir, en casa de su padre y de su madrastra. Después se vino a vivir conmigo.

– Sabemos que durante algún tiempo trabajó en una tienda de animales. ¿No era un trabajo un poco por debajo de sus posibilidades?

– ¿Por qué? Si no acabó Veterinaria.

– Y tú, ¿de qué vivías?

– Trabajaba en el negocio de maderas de mi padre. Está todo en el informe, ya lo sabéis.

– Lo heredaste en 1995 y poco después ardió en un incendio. Y después te quedaste en el paro, ¿verdad?

Por lo visto, también sabía hacerse el ofendido. Como siempre decía su viejo excolega Kurt Jensen, que ahora se dedicaba a holgazanear en el Parlamento, aunque el chorizo se vista de seda…

– Qué estupidez -protestó Thøgersen-. Jamás me acusaron de aquel incendio. ¿Qué sacaba yo con eso? El negocio de mi padre no estaba asegurado.

No, pensó Carl. Debería haberlo investigado antes.

Permaneció unos momentos en silencio con la mirada clavada en la pared. Había estado en aquel cuarto en un sinfín de ocasiones. Aquellas paredes habían oído toneladas de mentiras, montones de embustes y explicaciones en los que nadie creía.

– ¿Qué tal se llevaba Kimmie con sus padres? -preguntó-. ¿Lo sabes?

Bjarne Thøgersen se desperezó. Ya estaba más tranquilo. Entraban en la zona de cháchara intrascendente. El centro de atención ya no era él y eso le gustaba. Se sentía seguro.

– De pena -contestó-. Sus viejos eran unos gilipollas. Creo que el padre nunca estaba en casa y la guarra con la que estaba casado era un asco.

– ¿A qué te refieres exactamente?

– Ya sabes, de esas que solo piensan en el dinero. Una cazadotes.

Paladeó la palabra. No era algo que soliera decirse en su círculo.

– ¿Discutían?

– Sí, Kimmie me contaba que discutían como bestias.

– ¿Y qué estaba haciendo ella mientras tú matabas a los chicos?

Aquel repentino salto atrás en el tiempo hizo que la mirada de Bjarne Thøgersen se congelara en el cuello de la camisa de Carl. De haber llevado electrodos, todos los sensores se habrían disparado.

Por un instante guardó silencio y pareció poco dispuesto a hablar. Después dijo:

– Estaba con los demás en la casa de campo del padre de Torsten. ¿Por qué me lo preguntas?

– ¿No te notaron nada raro cuando volviste? Supongo que tendrías bastante sangre en la ropa.

Se arrepintió de lo que acababa de decir, no tenía intención de mostrarse tan concreto. Ahora el interrogatorio entraría en una fase de punto muerto. Thøgersen contestaría que les había contado que había intentado salvar a un perro atropellado. Lo ponía en el informe, mierda.

– ¿Y a Kimmie toda aquella sangre le pareció genial, entonces? -soltó de repente Assad desde su rincón antes de que el tipo llegara a responder a la pregunta de su jefe.

Thøgersen se volvió confuso hacia el hombrecillo. Era de esperar que hubiese algo de desprecio en su mirada, pero no aquella actitud desnuda que revelaba que Assad había dado en el blanco. No necesitaban más. Independientemente de que su historia fuera verdad o no, ahora sabían que a Kimmie toda aquella sangre le había parecido genial, algo de lo más inapropiado para alguien que después decidió consagrar su vida a salvar animalitos.

Carl le hizo un breve gesto a Assad, en parte también para que Thøgersen supiera que su reacción no les había pasado inadvertida, que había sido excesiva, un error.

– ¿Genial? -trató de arreglarlo-. No creo.

– De modo que se fue a vivir contigo -prosiguió el subcomisario-. Fue en 1995, ¿no, Assad?

Su ayudante asintió desde su rincón.

– Sí, el 29 de septiembre de 1995. Llevábamos algún tiempo saliendo juntos. Una tía estupenda.

Eso ya lo había dicho antes.

– ¿Por qué recuerdas la fecha con tanta exactitud? Han pasado muchos años.

Thøgersen hizo un gesto de resignación.

– Sí; ¿y qué ha ocurrido en mi vida desde entonces? Para mí sigue siendo una de las últimas cosas que pasaron antes de que me encerrasen aquí dentro.

– Claro.

Carl trató de mostrarse cordial. Después cambió de expresión.

– ¿Eras el padre de su hijo?

Thøgersen consultó el reloj. Su piel pálida enrojeció ligeramente. Era evidente que, de pronto, una hora se le hacía interminable.

– No lo sé.

Carl consideró la posibilidad de saltar, pero se contuvo. No era el momento ni el lugar.

– No lo sabes. ¿Qué quieres decir, Bjarne? ¿Es que estaba con otros cuando vivía contigo?

Él ladeó la cabeza.

– Por supuesto que no.

– Entonces fuiste tú el que la dejó embarazada.

– Se largó de casa, ¿no? ¿Cómo coño quieres que sepa con quién se acostaba?

– Según los datos de los que disponemos, abortó un feto de unas dieciocho semanas, de modo que cuando se quedó embarazada aún vivíais juntos.

Llegados a ese punto, el recluso se levantó dando un respingo e hizo girar su silla ciento ochenta grados. Esa era la actitud astuta que se aprendía en la cárcel. Los andares despreocupados por el edificio principal; el movimiento relajado de los miembros para expresar indiferencia; el cigarrillo colgando mientras estaba en el campo de fútbol; y ese giro de la silla para escuchar las siguientes preguntas con los brazos en el respaldo y las piernas separadas. Pregúntame lo que quieras, que me la suda, decía con su actitud. No me vas a sacar una palabra, poli de mierda.

– ¿Qué coño importa quién fuera el padre? -preguntó-. Total, el crío está muerto.

Diez contra uno a que sabía que no era suyo.

– Además, luego ella desapareció.

– Sí, se largó del hospital. Menuda gilipollez.

– ¿Era propio de ella?

Thøgersen se encogió de hombros.

– ¿Y yo cómo coño voy a saberlo? Era su primer aborto, que yo sepa.

– ¿La buscaste? -preguntó Assad desde su rincón.

Bjarne Thøgersen lo miró como si no fuese asunto suyo.

– ¿Lo hiciste? -preguntó Carl.

– Hacía ya algún tiempo que no estábamos juntos. No, no la busqué.

– ¿Por qué ya no estabais juntos?

– Porque no. No funcionó.

– ¿Te engañó?

El interno volvió a consultar el reloj. Había transcurrido menos de un minuto desde la última vez.

– ¿Por qué piensas que fue ella y no yo? -preguntó mientras hacía un par de estiramientos con el cuello.

Dedicaron cinco minutos a darle vueltas y más vueltas al tema de su relación sin resultado alguno. El tipo era escurridizo como una anguila.

Mientras tanto, Assad había ido acercando su silla muy lentamente. Cada vez que formulaba una pregunta, un pasito más. Al final se encontraba prácticamente junto a la mesa. No cabía la menor duda de que a Thøgersen le molestaba.

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