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Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
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Habría que dejar a la mujer necesitada para otra ocasión.

Oyó las disculpas que Torsten le presentaba a su compañera de mesa. No tardaría en besarle la mano, el tipo de cosas que se esperaba de un hombre como Torsten Florin. Era de suponer que un heterosexual que se dedicaba a vestir a las mujeres también sabría desvestirlas mejor que nadie.

Los tres se reunieron en el vestíbulo.

– ¿Quién era ese tipo con el que hablabas? -preguntó Ulrik.

Ditlev se llevó la mano a la pajarita. Aún no se había repuesto de lo que acababan de contarle.

– Era uno de mis hombres de Caracas. Ha venido a advertirme de que Frank Helmond les ha contado a varias enfermeras que lo atacamos.

Ulrik detestaba ese tipo de jaleos. ¿No les había asegurado que tenía la situación bajo control? ¿Que Thelma había prometido que no abrirían la boca si el divorcio y las operaciones de Helmond iban como la seda?

– ¡Mierda! -exclamó Torsten.

Ditlev observó primero al uno y luego al otro.

– Helmond seguía bajo los efectos de la anestesia, nadie lo tomará en serio.

Bajó la mirada.

– Todo irá bien. Pero hay algo más. Mi hombre también venía a darme un recado de Aalbæk. Por lo visto, los tres llevamos el móvil apagado.

Les mostró el papel y Torsten lo leyó por encima del hombro de Ulrik.

– No entiendo lo del final -dijo este-. ¿Qué significa?

– A veces eres un poquito duro de mollera, Ulrik.

Torsten le lanzó una de esas miradas insolentes que tanto odiaba.

– Kimmie anda por ahí suelta -los frenó Ditlev-. Tú no lo sabes, Torsten, pero hoy la han visto en la estación central; uno de los hombres de Aalbæk ha oído a una drogadicta gritar su nombre. Solo la ha visto de espaldas, pero ya se había fijado en ella unas horas antes. Se había puesto ropa cara y tenía buen aspecto. Llevaba una hora o una hora y media sentada en un café y la ha tomado por alguien que esperaba un tren. Antes había pasado a su lado mientras Aalbæk daba instrucciones a su gente.

– ¡Me cago en la puta! -exclamó Torsten.

Ulrik tampoco estaba al tanto de las últimas noticias. No pintaban nada bien. Era muy posible que supiera que la estaban buscando.

Joder, claro que lo sabía. Estaban hablando de Kimmie.

– Va a desaparecer otra vez, lo sé -dijo.

Lo sabían todos.

La cara de zorro de Torsten se contrajo más aún.

– ¿Sabe Aalbæk dónde vive esa drogadicta?

Ditlev asintió.

– Se encargará de ella, ¿verdad?

– Sí, la cuestión es si no será demasiado tarde. La policía también ha estado allí.

Ulrik se llevó la mano a la nuca y empezó a masajeársela. Lo más seguro era que Ditlev tuviese razón.

– Sigo sin entender la última línea de esa nota. ¿Significa eso que el que lleva el caso sabe dónde está Kimmie?

Ditlev negó con la cabeza.

– Aalbæk conoce a ese policía como si lo hubiera parido. Si lo supiera se habría llevado a la yonqui a Jefatura después de ir a su casa. Puede hacerlo más adelante, por supuesto, así que también tenemos que estudiar esa posibilidad. Pero mejor fíjate en la línea de arriba, Ulrik. ¿Tú qué entiendes?

– Que Carl Mørck anda detrás de nosotros; eso siempre lo hemos sabido.

– Vuelve a leerla. Aalbæk ha puesto: «Mørck me ha visto. Anda detrás de nosotros».

– Ya; ¿y qué?

– Que en estos momentos nos ha metido a nosotros, con Aalbæk, Kimmie y ese viejo caso en un mismo saco. ¿Y por qué lo hace, Ulrik? ¿Cómo sabe lo del detective? ¿Has hecho algo que los demás no sepamos? Tú hablaste ayer con Aalbæk, ¿qué le dijiste?

– Pues lo de siempre cuando alguien se atraviesa en tu camino, que podía darle un aviso al policía.

– ¡Pedazo de imbécil! -exclamó Torsten.

– ¿Y cuándo pensabas hablarnos de ese aviso?

Ulrik observó a Ditlev. Desde lo de Frank Helmond le costaba salir de aquella espiral de excitación. Al día siguiente, en el trabajo, se había sentido invencible. Ver a aquel hombre aterrorizado y sangrando había sido como beber del elixir de la vida. Todos los negocios, todos los índices le eran favorables. Nada lo iba a parar, y mucho menos un poli de mierda que metía la nariz en cosas que no eran asunto suyo.

– Lo único que le dije a Aalbæk era que le apretara un poco las tuercas -se defendió-, que le dejara un par de avisos en algún sitio que lo impresionase.

Torsten se dio media vuelta y contempló la escalinata de mármol que atravesaba el vestíbulo. Solo con verle la espalda bastaba para saber qué se cocía en su interior.

Ulrik se aclaró la voz y les contó lo que había sucedido, que no era nada especial, simplemente un par de llamadas y unos manchurrones de sangre de pollo en una foto. Un poquito de vudú haitiano. Lo dicho, nada especial.

Los dos se volvieron a mirarlo.

– Ve a buscar a Visby, Ulrik -gruñó Ditlev.

– ¿Está aquí?

– La mitad del departamento está aquí. ¿Qué coño te habías creído?

Visby, jefe de sección del Ministerio de Justicia, llevaba tiempo anhelando un puesto mejor. A pesar de sus evidentes aptitudes, no podía aspirar a ser consejero de Estado, y ya hacía tiempo que se había retirado de la trillada carrera de la jurisprudencia y renunciado a la posibilidad de ser juez de las altas instancias. Ahora se dedicaba a buscar con lupa nuevos huesos que roer antes de que la edad y sus fechorías acabaran dando al traste con sus esperanzas.

Había conocido a Ditlev en una cacería y habían acordado que, a cambio de ciertos servicios, él asumiría las funciones de su abogado el día, no muy lejano, en que Bent Krum se retirase para entregarse a los sempiternos placeres del ocio y el vino tinto. No era un trabajo de renombre, pero a cambio le aseguraba jornadas laborales breves y un salario más que excepcional.

A ellos, Visby les había resultado de utilidad en un par de ocasiones. Había sido una elección acertada.

– Necesitamos tu ayuda una vez más -lo informó Ditlev cuando Ulrik lo condujo hasta el vestíbulo.

El funcionario miró a su alrededor como si las arañas de cristal que colgaban del techo tuvieran ojos y las paredes, oídos.

– ¿Aquí y ahora? -preguntó.

– Carl Mørck sigue investigando el caso. Hay que pararle los pies, ¿me sigues? -dijo Ditlev.

Visby se llevó una mano a la corbata de conchas, el símbolo del internado, mientras paseaba la mirada por la habitación.

– He hecho todo lo que estaba en mi mano, pero no puedo escribir más documentos en nombre de otras personas sin que la ministra de Justicia empiece a meter las narices en el asunto. Hasta ahora habría podido pasar por un error.

– ¿Es necesario que lo hagas a través de la directora de la policía?

Asintió.

– Indirectamente, sí. No puedo hacer más en este caso.

– ¿Te das cuenta de lo que nos estás diciendo? -preguntó Ditlev.

Visby apretó los labios. Ya tenía su vida planeada, Ulrik lo leía en su rostro. Su mujer esperaba un cambio. Tiempo y viajes. El sueño de cualquiera.

– Quizá podríamos suspender a Morck -sugirió el funcionario-, al menos por un tiempo. No va a ser fácil, visto cómo resolvió el caso de Merete Lynggaard, pero hace un año tuvo un bajón enorme después de un tiroteo, podría sufrir una recaída. Al menos sobre el papel. Tendría que estudiarlo.

– Puedo hacer que Aalbæk lo denuncie por agresión en la vía pública -propuso Ditlev-; ¿qué te parece?

Visby cabeceó.

– ¿Agresión? ¡No está nada mal! Pero harían falta testigos.

19

– Estoy prácticamente seguro de que quien entró en mi casa anteayer fue Finn Aalbæk, Marcus -dijo Carl-. ¿Pides tú la orden judicial para ver sus informes o la pido yo?

El jefe de Homicidios no apartaba la vista de las sangrientas fotografías que tenía delante. La mujer agredida en Store Kannikestræde tenía un aspecto horroroso, por decirlo suavemente. Los golpes le surcaban el rostro como senderos azules y tenía el contorno de los ojos terriblemente hinchado.

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