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Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
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– ¿Me equivoco al suponer que esto está relacionado con tu investigación del crimen de Rørvig, Carl?

– Solo quiero saber quién ha contratado a Aalbæk, eso es todo.

– Ya no trabajas en ese caso, Carl. Ya lo hemos hablado.

¿Primera persona del plural? ¿Había dicho hemos ese cabezabuque? ¿Acaso no conocía la primera persona del singular? ¿Por qué coño no lo dejaban en paz?

Cogió aire.

– Por eso he venido a hablar contigo. ¿Qué pasa si resulta que alguno de los clientes de Aalbæk es sospechoso del crimen de Rørvig? ¿No te parecería chocante?

Jacobsen dejó las gafas sobre la mesa.

– ¡Carl! Para empezar, vas a hacer lo que ha dicho la directora de la policía. Ese caso se cerró con una condena, tenemos otras prioridades. Y, para continuar, no me vengas aquí haciéndote el tonto. ¿Tú crees que unos tipos como Pram, Florin y el financiero ese son tan idiotas como para contratar a Aalbæk al estilo tradicional? Si, y óyeme bien, si es que lo han contratado. Déjame tranquilo de una vez, tengo una reunión con la directora dentro de un par de horas.

– Creía que eso era ayer.

– Sí, y hoy también, así que vete, Carl.

– ¡Joder, Carl! -gritó Assad desde su oficina-. Ven a ver.

Carl se levantó como pudo. Desde que su ayudante había regresado no había notado nada raro en él, pero no podía olvidar la frialdad con que lo había mirado el hombre de la estación, una frialdad fruto de muchos años de odio. ¿Cómo podía decirle a un policía curtido como él que no tenía importancia? ¿La más mínima importancia?

Sorteó a duras penas las mesas a medio montar de Rose, que seguían desperdigadas por el sótano como ballenas varadas. Tendría que quitarlas, él no quería ninguna responsabilidad en el asunto si los de arriba bajaban y daban un traspié con uno de esos trastos.

Encontró a Assad con una sonrisa radiante.

– Sí, ¿qué pasa? -le preguntó.

– Tenemos una foto, Carl. Tenemos una foto, entonces.

– ¿Una foto? ¿De qué?

Assad pulsó la barra espaciadora del ordenador y en la pantalla apareció una imagen. No era muy nítida, no era de frente, pero era Kimmie Lassen. Carl la reconoció de inmediato gracias a las fotos antiguas. Kimmie tal y como era ahora. Un fugaz destello de medio lado de una mujer de casi cuarenta años en el momento en que se giraba. Un perfil muy característico: la nariz recta con una leve curva respingona; el labio inferior muy carnoso; las mejillas descarnadas y unas pequeñas arrugas visibles a través de la capa de maquillaje. Con un poco de habilidad podrían manipular las fotos antiguas que tenían y añadirles esos cambios fruto de la edad. Seguía siendo atractiva, aunque estaba algo ajada. Si ponían a los informáticos a jugar un poco con sus programas, tendrían un material de lo más efectivo.

Ya solo les faltaba una razón válida para emitir una orden de búsqueda. ¿Podría partir de alguien de su familia? Habría que investigarlo.

– Tengo un móvil nuevo y no sabía si la foto había salido. Ayer, cuando huyó al verme, le di al botón. Reflejos, ya sabes. Anoche intenté verla, pero creo que hice algo mal.

¿De verdad que era capaz de hacer esas cosas?

– ¿Qué dices, Carl? ¿No es estupendo?

– ¡Rose! -gritó su jefe en dirección al pasillo con la cabeza echada hacia atrás.

– No está, ha ido a Vigerslev Allé.

– Vigerslev Allé. ¿Y qué coño se le ha perdido allí?

– ¿No le pediste que averiguara si las revistas habían publicado algo sobre Kimmie, entonces?

Carl observó la fotografía enmarcada de las viejas y avinagradas tías de Assad. Él tampoco tardaría en tener el mismo aspecto.

– Cuando vuelva, dale la foto para que la retoque combinándola con las que ya teníamos. Menos mal que la has sacado, Assad. Buen trabajo.

Le dio a su colega una palmadita en el hombro con la esperanza de que a cambio le ofreciera un poco del mejunje de pistacho que estaba masticando.

– Tenemos una cita en la prisión de Vridsløselille dentro de media hora. ¿Vamos para allá?

Carl venía percibiendo el evidente malestar de su compañero desde la avenida de Egon Olsen, como se llamaba ahora el antiguo Camino de la Cárcel. No sudaba ni se mostraba reacio, simplemente guardaba un silencio fuera de lo común y no perdía de vista las torretas que flanqueaban el portón de entrada como si fueran a desplomarse sobre él de un momento a otro.

Carl veía las cosas de otra manera. Para él, Vridsløslille era un cómodo cajón donde ir empaquetando a los mayores gilipollas del país al otro lado de una puerta bien cerrada. Si se sumaran todas las condenas que cumplían sus no más de doscientos cincuenta internos se superaría la cifra de dos mil años. Un desperdicio de vidas y energías, eso era. El último sitio donde uno querría poner un pie, aunque la gran mayoría de los que estaban ahí dentro lo mereciera de sobra. Estaba firmemente convencido.

– Es aquí, a la derecha -dijo Carl una vez concluidas las formalidades.

Assad no había despegado los labios desde que habían entrado por la puerta y además, se había vaciado los bolsillos sin que nadie se lo indicara. Seguía las instrucciones ciegamente. Al parecer conocía los trámites.

Carl señaló hacia el patio de un edificio gris con un letrero blanco, en el que se leía: «Visitas».

Allí los esperaba Bjarne Thøgersen. Seguramente pertrechado con una buena remesa de evasivas. Le quedaban dos o tres años para salir, no quería cuentas pendientes con nadie.

Tenía mejor aspecto del que Carl había esperado. Once años en la cárcel suelen dejar su huella. Cierta expresión de amargura en las comisuras de los labios, la mirada oscura, el absoluto convencimiento de inutilidad que acaba impregnando la actitud de los presos. Lo que encontró fue a un hombre de ojos claros y burlones. Demacrado, sí, y también alerta, pero insólitamente entero.

Se levantó y le tendió la mano. Nada de preguntas ni explicaciones. Era evidente que alguien le había advertido del motivo de la visita. Eso le pareció a Carl.

– Carl Mørck, subcomisario de policía -se presentó de todos modos.

– Me cuestas diez coronas por hora -contestó aquel individuo con una sonrisa irónica-, espero que sea importante.

No saludó a Assad, pero él ya contaba con ello. Se limitó a arrastrar un poco una silla y sentarse algo apartado.

– ¿Trabajas en el taller?

Carl le echó un vistazo al reloj. Las once menos cuarto. Era cierto, estaban en pleno horario de trabajo.

– ¿De qué se trata? -preguntó Thøgersen sentándose en su silla una fracción de segundo más despacio de lo normal. Otra señal de sobra conocida. Conque estaba algo nervioso… Bien.

– No paso demasiado tiempo con los demás internos -continuó sin que nadie le preguntara-, así que no puedo darte información, si es lo que buscas. Aunque me encantaría poder hacer un trato para poder salir de aquí un poco antes.

Dejó escapar una risita en un intento de sondear las suaves maneras de Carl.

– Hace doce años mataste a dos jóvenes, Bjarne. Confesaste, de modo que de esa parte del caso no hay gran cosa que decir, pero a cambio tengo una persona desaparecida de la que me encantaría que me hablases.

Asintió alzando las cejas. Buena voluntad y asombro a partes iguales.

– Me refiero a Kimmie. Me han dicho que erais buenos amigos.

– Correcto; fuimos al mismo internado y también salimos juntos una temporada. -Sonrió-. Una tía estupenda.

Habría dicho lo mismo de cualquiera después de doce años sin sexo del bueno. Se lo había dicho el vigilante: Bjarne Thøgersen no recibía visitas. Nunca. La suya era la primera en muchos años.

– Vamos a empezar por el principio. ¿Te parece bien?

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