Los Chicos Que Cayeron En La Trampa
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:
– Se llama Lasso y está domesticada. ¿Quieres que la saque para que puedas cogerla?
Carl trató de sonreír. ¿Cogerla? ¿A un minicochinillo con el rabo escamoso? Antes se comería su pienso.
Llegados a ese punto, optó por mostrarle su placa.
Ella la miró con escaso interés y se tambaleó hacia la mesa para, con la destreza que dan los años, esconder más o menos discretamente una jeringuilla y un trozo de papel de plata debajo de un periódico. En su opinión, heroína.
– Me han dicho que conoces a Kimmie.
Si la hubieran pillado con la aguja clavada en una vena, robando en una tienda o cascándosela a un cliente en plena calle habría salido del paso sin mover una ceja, pero ante esa pregunta dio un respingo.
Carl se acercó a la ventana de la buhardilla y contempló los árboles, ya casi deshojados, que rodeaban el lago de Sankt Jørgen. Caray con las vistas de la yonqui.
– ¿Es una de tus mejores amigas, Tine? Me han dicho que lo pasáis muy bien juntas.
Se asomó a la ventana y observó los dos paseos que flanqueaban el agua. De haber sido una chica normal, seguramente habría salido a correr alrededor del lago un par de veces a la semana, como la gente que estaba por allí abajo en ese momento.
Su mirada se desvió hacia la parada de autobús de Gammel Kongevej, desde donde un hombre con un abrigo de color claro observaba la fachada del edificio. En sus muchos años de servicio Carl había coincidido con aquel individuo en varias ocasiones. Se llamaba Finn Aalbæk, un espectro que en tiempos tenía la mala costumbre de andar siempre importunando a los agentes de la comisaría de Antonigade intentando sonsacarles información para su minúscula agencia de detectives. Ya habían pasado al menos cinco años de su último encuentro y seguía siendo igual de feo.
– ¿Conoces a ese tipo del abrigo claro? -preguntó-. ¿Lo habías visto antes?
Tine se acercó a la ventana, dejó escapar un hondo suspiro y trató de enfocar al hombre con los ojos.
– He visto a alguien con el mismo abrigo en la estación, pero está demasiado lejos, no lo veo bien.
Carl observó sus enormes pupilas. No reconocería a ese sujeto ni aunque lo tuviera pisándole los dedos de los pies.
– Y ese que has visto en la estación, ¿quién es?
Ella se apartó de la ventana y tropezó con la mesita junto al sofá. El subcomisario tuvo que acudir en su auxilio.
– No sé si quiero hablar contigo -replicó Tine con voz gangosa-. ¿Qué ha hecho Kimmie?
La llevó hasta el diván y la dejó caer.
Se impone un cambio de estrategia, pensó Carl mirando a su alrededor. La habitación medía diez metros cuadrados y no podía estar más desprovista de personalidad. Aparte de la jaula de la rata y de la ropa que se veía amontonada por los rincones, había muy pocas cosas. Un par de revistas pringosas sobre la mesa. Montañas de bolsas del súper que apestaban a cerveza. Una cama cubierta con una tosca manta de lana. Un fregadero y una nevera vieja que tenía encima una jabonera sucia, un frasco de champú volcado y un montoncito de pasadores de pelo. Nada en las paredes ni en el alféizar de la ventana.
La observó.
– Te gustaría dejarte el pelo largo, ¿verdad? Yo creo que te quedaría estupendamente.
Tine se llevó las manos a la nuca de forma instintiva. De modo que había acertado, por eso estaban ahí los pasadores.
– También estás guapa así, con melena corta, pero creo que largo te sentaría mucho mejor. Tienes un pelo muy bonito, Tine.
Ella no sonrió, pero sus ojos brillaron de alegría. Fue solo un instante.
– Me encantaría coger a tu rata, pero me he vuelto alérgico a los roedores y animales de ese tipo. La verdad es que lo siento un montón. Ya ni siquiera puedo tocar a nuestro gatito.
Ya era suya.
– Adoro a esa rata. Se llama Lasso.
Sonrió con lo que antaño fuera una hilera de dientes blancos.
– A veces la llamo Kimmie, pero eso a ella no se lo he dicho. El nombre de Tine la Rata me lo pusieron por Lasso. ¿No es simpático?
Carl intentó coincidir con ella.
– Kimmie no ha hecho nada, Tine -dijo-. Solamente la estamos buscando porque alguien la echa de menos.
La prostituta se mordió el interior de la mejilla.
– Mira, yo no sé dónde vive, pero dime cómo te llamas por si la veo y se lo puedo decir.
El subcomisario asintió. Años de bregar con las autoridades le habían enseñado a aquella mujer el arte de la cautela. Totalmente colocada, pero en guardia. Resultaba tan impresionante como molesto. No beneficiaría al caso que se fuera de la lengua con Kimmie, se arriesgaban a que esta desapareciera del todo. Diez años y la persecución de Assad daban fe de que era capaz de hacerlo.
– Vale, voy a ser sincero contigo, Tine. El padre de Kimmie está gravemente enfermo y si ella se entera de que la busca la policía, su padre no volverá a verla, y sería una lástima. ¿No podrías decirle solamente que llame a este número? No le cuentes lo de la enfermedad y la policía, pídele solo que llame.
Anotó el número de su móvil en la libreta y le dio la hoja. Más le valía ir pensando en recargarlo.
– ¿Y si me pregunta quién eres?
– Dile que no lo sabes, pero que dije que se trataba de algo que iba a darle una alegría.
Los párpados de Tine se fueron cerrando despacio. Sus manos descansaban plácidamente sobre sus tenues rodillas.
– ¿Me has oído, Tine?
Ella asintió con los ojos cerrados.
– No te preocupes, lo haré.
– Eso está bien, me alegro mucho. Enseguida me marcho. Sé que un tipo ha estado preguntando por Kimmie en la estación, ¿sabes quién es?
Lo miró sin levantar la cabeza.
– Nadie, un tío que me preguntó si la conocía. Supongo que él también querrá que se ponga en contacto con su padre, ¿no?
Al bajar a Gammel Kongevej sorprendió a Aalbæk por la espalda.
– ¡Un viejo conocido por aquí, tomando el solecito! -exclamó al tiempo que le clavaba un puño en el hombro con contundencia-. ¿Cómo tú por aquí, chavalote? Cuánto tiempo, ¿no?
Los ojos de Aalbæk resplandecieron con un brillo que no era precisamente el de la alegría del reencuentro.
– Estoy esperando el autobús -contestó volviendo el rostro hacia otro lado.
– Muy bien.
Carl lo observó en silencio unos instantes. Curiosa reacción. ¿Por qué mentiría? ¿Por qué no limitarse a decir: «Estoy trabajando. Vigilo a alguien»? Porque en eso consistía su trabajo, ambos lo sabían. No lo estaba acusando de nada, ni siquiera tenía que decirle para quién era el trabajo.
Pero él mismo se había delatado. No había duda, era evidente que le estaba siguiendo la pista.
Esperando el autobús, decía. Valiente idiota.
– Te mueves mucho con tu trabajo, ¿verdad? Así, por casualidad, ayer no subirías a dar un paseo por Allerød y me mancharías una foto, ¿no? ¿Qué me dices, Aalbæk? ¿Fuiste tú?
El detective se volvió con calma y lo miró. Era el tipo de hombre capaz de encajar patadas y puñetazos sin reaccionar. Carl conocía a un individuo que había nacido con los lóbulos frontales poco desarrollados y era incapaz de cabrearse. Si las emociones y el estrés también residían en algún punto particular del cerebro, en el caso de Aalbæk ese punto debía de estar completamente hueco.
Lo intentó de nuevo. No tenía nada que perder.
– ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Vas a contármelo, Aalbæk? ¿No deberías estar en mi casa haciendo cruces gamadas en la cabecera de mi cama? Porque existe algún tipo de relación entre nuestros dos casos, ¿verdad, Aalbæk?
El detective no era precisamente el vivo retrato de la amabilidad.
– Sigues siendo un mierda y un amargado, ¿eh, Mørck? La verdad es que no tengo la menor idea de qué me hablas.
– Entonces, ¿qué haces aquí plantado mirando al quinto piso con la boca abierta? No será que esperas que Kimmie Lassen se pase por aquí a hacerle una visita a Tine Karlsen, ¿verdad? Porque eres tú el que va por la estación haciéndole preguntas a todo el mundo, ¿no?