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Asesinato en Bardsley Mews

Электронная книга - «Asesinato en Bardsley Mews». Краткое содержание книги:

Cuatro relatos, a cual más interesante, protagonizados por el infalible Poirot. Asesinato en Bardsley Mews: En la noche de Guy Fawkes, el estallido de los petardos oculta el sonido de un disparo y el cuerpo de Miss Allen aparece sin vida. Asesinato en Bardsley Mews: En la noche de Guy Fawkes, el estallido de los petardos oculta el sonido de un disparo y el cuerpo de Miss Allen aparece sin vida. Un robo increíble: En una reunión de alta sociedad, desaparecen los planos de una nueva y secreta bomba. El espejo del muerto: Sir Gervas Chevenix-Gore, conocido como el último barón, ha muerto en circunstancias extrañas. Poirot deberá demostrar que no se trata de un suicidio. Triángulo en rodas: Triángulo en rodas: Un clásico triángulo amoroso deviene en un complejo asesinato.
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—¿Y por qué dijo eso... «por Vanda»? —preguntó Poirot.

—Pues verá, lady Chevenix-Gore apreciaba mucho al coronel Bury y él la idolatraba y seguía como un perro.

—¿Y sir Gervasio no... estaba celoso?

—¿Celoso? —Burrows le miró asombrado y luego echóse a reír—. ¿Sir Gervasio celoso? Vaya, nunca le hubiera cabido en la cabeza que nadie pudiera preferir a otro hombre antes que a él. Comprenderá, es imposible que sintiera celos.

—Usted no simpatizaba mucho con sir Chevenix-Gore, me parece... —¡Oh, sí! Sólo que... bueno, todo eso resulta algo ridículo hoy en día.

—¿A qué se refiere? —quiso saber Poirot.

—Pues a esa manía de lo feudal. Esa adoración por los antepasados y la arrogancia personal. Sir Gervasio era un hombre muy capaz en muchos sentidos, y había llevado una vida interesante, pero lo hubiera sido mucho más de no haber estado enteramente encerrado en sí mismo y en su propio egoísmo.

—¿Su hija estaba de acuerdo con usted en este punto?

Burrows volvió a enrojecer... esta vez intensamente.

—¡Imagino que la señorita Chevenix-Gore es bastante moderna! Naturalmente que no iba a discutir con ella las rarezas de su padre.

—¡Pero las jóvenes modernas critican mucho a sus padres! —dijo Poirot—. ¡Precisamente el espíritu moderno es criticarlos!

Burrows se encogió de hombros.

El mayor Riddle preguntó:

—¿Y no hubo nada más... alguna otra preocupación económica? ¿Sir Gervasio no le habló nunca de que le estaban estafando?

—¿Estafando? —Burrows pareció muy asombrado—. No, no, no.

—¿Y usted estaba en buenas relaciones con él?

—Desde luego que sí. ¿Por qué no iba a estarlo?

—Soy yo quien pregunta, señor Burrows.

El joven pareció ofenderse.

—Estábamos en las mejores relaciones.

—¿Sabía usted que sir Gervasio había escrito al señor Poirot pidiéndole que viniera?

—No.

—¿Sir Gervasio escribía él mismo sus cartas?

—No, casi siempre me las dictaba.

—¿Pero no lo hizo en este caso?

—No.

—¿Y eso por qué? ¿Lo sabe?

—No tengo la menor idea.

—¿No encuentra alguna razón que explique el que la escribiera personalmente?

—No.

—¡Ah! —exclamó el mayor Riddle—. Es bastante curioso. ¿Cuándo vio a sir Gervasio por última vez?

—Poco antes de que yo me fuera a vestir para la cena. Le llevé algunas cartas para que las firmara.

—¿Cuál era su estado de ánimo en aquellos momentos?

—Completamente normal. Incluso aseguraría que estaba bastante satisfecho de sí mismo por algo.

Poirot movióse en su butaca.

—¡Ah! —exclamó—-. ¿De modo que ésa es la impresión que usted sacó? Que estaba satisfecho. Y no obstante, no mucho después, se pegó un tiro. ¡Es muy extraño!

Godfrey Burrows encogióse de hombros.

—Sólo le doy mi opinión.

—Sí, sí, y nos es muy valiosa. Después de todo, usted es probablemente una de las últimas personas que vio a sir Gervasio con vida.

—Snell fue el último que lo vio.

—Verle sí, pero no habló con él.

Burrows no contestó.

El mayor Riddle prosiguió el interrogatorio.

—¿Qué hora era cuando usted subió a vestirse para la cena?

—Las siete y cinco poco más o menos.

—¿Y qué hizo sir Gervasio?

—Yo le dejé en el estudio.

—¿Cuánto tiempo empleaba normalmente en cambiarse de ropa?

—Pues sus buenos tres cuartos de hora.

—Entonces, si la cena era a las ocho y cuarto, probablemente subiría lo más tarde a las siete y media. ¿No le parece?

—Muy probable.

—¿Usted subió temprano a vestirse?

—Sí, pensé que podía cambiarme primero y luego ir a la biblioteca en busca de unas referencias que necesitaba.

Poirot asintió pensativo, y el mayor Riddle dijo:

—Bien, creo que esto es todo de momento. ¿Quiere enviarme a la señorita... como se llame?

La menuda señorita Lingard entró casi inmediatamente. Llevaba varias pulseras que tintineaban mientras se sentaba.

—Todo esto es... er... muy triste, señorita Lingard —comenzó a decir el mayor Riddle.

—Muy triste, desde luego —replicó la señorita Lingard con recato.

—¿Cuándo vino usted a esta casa?

—Hará unos dos meses. Sir Gervasio escribió a un amigo suyo del Museo... el coronel Fotheringay... y el coronel se acordó de mí. He realizado gran cantidad de trabajos sobre investigaciones históricas.

—¿Sir Gervasio era un hombre difícil para trabajar a su lado?

—¡Oh, no! Claro que había que llevarle la corriente. Pero con los hombres siempre hay que hacerlo.

Con la desagradable sensación de que probablemente la señorita Lingard se estaba burlando de él en aquellos momentos, el mayor Riddle continuó:

—¿Su trabajo aquí consistía en ayudar a sir Gervasio a escribir la historia de la familia?

—Sí.

—¿Y de qué modo?

—Pues, en realidad, representaba escribir el libro —por un momento miss Lingard pareció un ser humano y sus ojos parpadearon al explicar—: Yo buscaba toda la información, hacía las notas y preparaba el material. Y luego, más tarde, me dedicaba a revisar lo que había escrito sir Gervasio.

—Debía tener que emplear mucho tacto, mademoiselle —dijo Poirot.

—Tacto y firmeza. Dos cosas necesarias —replicó la señorita Lingard.

—¿A sir Gervasio no le molestaba su... er... firmeza?

—En absoluto. Claro que yo le hacía ver que no debía preocuparse por todos los detalles insignificantes que se presentasen.

—Sí, ya entiendo.

—Era muy sencillo —dijo la señorita Lingard—. Sir Gervasio era muy fácil de manejar si uno sabía cómo tratarle.

—Ahora, señorita Lingard, quisiera saber si puede ayudarnos a arrojar algo de luz sobre esta tragedia.

La señorita Lingard meneó la cabeza.

—Me temo que no. Comprenda, es natural que no confiara en mí. Yo era prácticamente una extraña, y de todas formas creo que era demasiado orgulloso para hablar con nadie de los conflictos familiares.

—¿Pero usted cree que fueron los conflictos familiares lo que le impulsó a quitarse la vida?

La señorita Lingard pareció bastante sorprendida.

—¡Pues claro! ¿Es que cabe otra suposición?

—¿Está segura de que le preocupaban los asuntos de familia?

—Sé que estaba en un grave conflicto mental.

—¿Usted sabe?

—Pues claro.

—Dígame, mademoiselle, ¿le habló del asunto?

—Directamente no.

—¿Qué fue lo que le dijo?

—Déjeme pensar. Descubrí que no prestaba atención a lo que yo le decía...

—Un momento. Pardon, ¿Cuándo fue eso?

—Esta tarde. Solíamos trabajar de tres a cinco.

—Por favor, continúe.

—Como le digo, sir Gervasio encontraba dificultades en concentrarse... de hecho, eso dijo, añadiendo que tenía varios asuntos graves que no conseguía apartar de su pensamiento. Y dijo... deje que recuerde... algo así... claro que no puedo asegurar si fueron estas mismas palabras. «Es algo terrible, señorita Lingard, que una familia que siempre ha sido de las más importantes del país se vea de pronto manchada por el deshonor.»

—¿Y qué dijo usted a eso?

—Cualquier cosa, para consolarle. Creo que dije que cada generación tiene sus flaquezas... que ésa es una de las penalidades de la grandeza... pero que sus caídas raramente eran recordadas en la posteridad.

—¿Y consiguió usted el efecto consolador que esperaba?

—Más o menos. Volvimos a ocuparnos de sir Roger Chevenix-Gore. Había descubierto una mención suya muy interesante en un manuscrito contemporáneo. Pero la imaginación de sir Gervasio estaba en otra parte. Al fin dijo que no quería trabajar más. Que había tenido un gran disgusto.

—¿Un disgusto?

—Eso es lo que dijo. Desde luego, yo no hice más preguntas, limitándome a decir: «Lo siento, sir Gervasio.» Y luego me pidió que dijera a Snell que el señor Poirot llegaría por la noche, que la cena se sirviera a las ocho y cuarto y que enviase el coche a esperarle a la estación a las siete cincuenta.

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