Asesinato en Bardsley Mews
- Автор: Кристи Агата
- Серия: Hércules Poirot #18
- Год: 1937
- Язык: испанский
- Год: Editorial Molino
- ISBN: 8427201303
- Жанр: Классические детективы
Электронная книга - «Asesinato en Bardsley Mews». Краткое содержание книги:
—¿Acostumbraba a pedirle que transmitiera estas órdenes?
—Pues... no... En realidad eso era cosa del señor Burrows. Yo no hacía otra cosa que mi trabajo literario. No era su secretaria en ningún sentido de la palabra.
Poirot preguntó:
—¿Usted cree que sir Gervasio tuvo alguna razón para pedir que lo hiciera usted en vez del señor Burrows?
La señorita Lingard reflexionó.
—Pues es posible que la tuviera... entonces no lo pensé. Sólo lo consideré una cuestión de conveniencia. No obstante, es cierto; ahora que lo pienso, me pidió que no dijera a nadie que iba a venir el señor Poirot. Dijo que sería una sorpresa.
—¡Ah!, eso dijo, ¿eh? Muy curioso, muy interesante. ¿Y se lo dijo usted a alguien?
—Desde luego que no, señor Poirot. Le dije a Snell lo de la cena y que enviase el coche a la estación para esperar a un caballero que llegaría en el tren de las siete cincuenta.
—¿Sir Gervasio dijo algo más que tuviera que ver con esta situación?
—No..., creo que no... Era muy reservado... Recuerdo que cuando ya iba a salir de la habitación dijo: «No es que sirva de nada el que venga ahora. Es demasiado tarde.»
—¿Y no tiene usted idea de lo que quiso decir con eso?
—No... no.
Hubo una vacilación apenas perceptible en su respuesta, y Poirot repitió con el ceño fruncido:
—Demasiado tarde. Eso es lo que dijo, ¿verdad? Demasiado tarde.
El mayor Riddle intervino de nuevo:
—¿No puede darnos alguna idea, señorita Lingard, de la naturaleza del problema que tanto preocupó a sir Gervasio?
—Tengo la impresión de que estaba en cierto modo relacionado con Hugo Trent —dijo la señorita Lingard despacio.
—¿Con Hugo Trent? ¿Por qué lo cree así?
—Bueno, no es nada concreto, pero ayer tarde estuvimos hablando de sir Hugo de Chevenix, quien me temo que no se comportó demasiado bien en las Batallas de Flores, y sir Gervasio dijo: «¡Mi hermana escogería el nombre de Hugo entre los de la familia para su hijo! Debiera haber sabido que ningún Hugo podía resultar bien.»
—Lo que acaba de decir es sugestivo —repuso Poirot—. Sí, y me da una nueva idea.
—¿Sir Gervasio no dijo nada más definitivo que eso? —preguntó el mayor Riddle.
La señorita Lingard meneó la cabeza.
—No, y desde luego yo nada dije. Sir Gervasio hablaba solo en realidad, sin dirigirse a mí.
—Lo comprendo.
Poirot le dijo:
—Mademoiselle, usted es una persona ajena a la casa y lleva aquí dos meses. Creo que sería muy conveniente que nos dijera con toda sinceridad la opinión que le merece la familia y los criados.
La señorita Lingard, quitándose los lentes, parpadeó pensativa.
—Bien, con toda franqueza, al principio pensé que me había metido en una casa de locos. La señora Chevenix-Gore continuamente viendo cosas que no existían, y sir Gervasio comportándose como... como un rey... y dramatizando de la forma más extraordinaria... bueno, pensé que eran las personas más extrañas que había conocido. Claro que la señorita Chevenix-Gore era completamente normal, y no tardé en descubrir que lady Chevenix-Gore era en extremo amable y simpática. Nadie pudo portarse mejor conmigo. En cuanto a sir Gervasio... la verdad, creo que estaba loco. Su egomanía..., ¿es así como se llama...? iba empeorando de día en día.
—¿Y los otros?
—Supongo que el señor Burrows tendría sus dificultades con sir Gervasio, y creo que le alegró que nuestro trabajo en el libro le dejara un poco más de respiro. El coronel Bury siempre ha sido encantador. Es un rendido admirador de lady Chevenix-Gore y se llevaba muy bien con sir Gervasio. El señor Trent, el señor Forbes y la señorita Cardwell llevan aquí pocos días y, claro, no sé gran cosa de ellos.
—Gracias, mademoiselle. ¿Y qué dice del encargado, el capitán Lake?
—Es un hombre muy simpático. Todo el mundo le apreciaba.
—¿Incluso sir Gervasio?
—Sí. Le oí decir que Lake era el mejor encargado que había tenido. Claro que el capitán Lake tenia también sus dificultades con sir Gervasio... pero en conjunto sabía llevarle bastante bien. No era cosa fácil.
Poirot asintió pensativo y murmuró:
—Había algo... algo que quería preguntarle... una cosa sin importancia... ¿Qué sería?
La señorita Lingard volvió su rostro paciente hacia él, mas Poirot meneó la cabeza contrariado.
—¡Vaya! Si lo tengo en la punta de la lengua...
El mayor Riddle aguardó unos instantes más y viendo que el detective continuaba frunciendo el ceño esforzándose por recordar, volvió a tomar la iniciativa.
—¿Cuándo vio por última vez a sir Gervasio?
—A la hora del té, en esta habitación.
—¿A qué hora tenía costumbre de bajar?
—A las ocho.
—¿Cuál era su estado de ánimo? ¿Normal?
—Tan normal como podía estar él.
—¿Observó algún nerviosismo entre los invitados?
—No, creo que todos estaban como de ordinario.
—¿Dónde fue sir Gervasio después de tomar el té?
—Estuvo en el despacho con el señor Burrows, como de costumbre.
—¿Y fue ésa la última vez que le vio?
—Sí, yo fui al cuartito de estar donde trabajaba, y estuve pasando a máquina un capítulo del libro que había corregido con sir Gervasio hasta las siete de la tarde, luego subí a mi habitación para descansar y vestirme para la cena.
—Tengo entendido que oyó usted el disparo.
—Sí, yo estaba en esta habitación. Oí una detonación y salí al recibidor, donde se encontraban el señor Trent y la señorita Cardwell. El señor Trent preguntó a Snell si había champaña para la cena, y estuvo bromeando. A nadie se le ocurrió tomarlo en serio. Estábamos seguros de que debía tratarse de una explosión de motor de algún automóvil.
—¿Oyó usted decir al señor Trent: «Siempre cabe la posibilidad de que se haya cometido un crimen»? —preguntó Poirot.
—Creo que dijo algo así... bromeando, claro.
—¿Qué ocurrió después?
—Que todos entramos aquí.
—¿Recuerda en qué orden fueron bajando los demás?
—Creo que la señorita Chevenix-Gore fue la primera, y luego el señor Forbes. El coronel Bury y lady Chevenix-Gore entraron juntos, el señor Burrows inmediatamente después. Me parece que fue en ese orden, pero no puedo asegurarlo porque más o menos llegaron todos casi al mismo tiempo.
—¿Reunidos por el sonido del primer batintín?
—Sí. Siempre que sonaba el batintín todos se apresuraban. Sir Gervasio era terriblemente exigente en cuanto a la puntualidad a la hora de la cena. Casi siempre estaba ya en esta habitación antes de que sonara el primer batintín.
—¿Le sorprendió no verle en esta ocasión?
—Muchísimo.
—¡Ah, ya lo tengo! —exclamó Poirot.
Y como los otros dos le miraban extrañados, animadamente explicó:
—Acabo de recordar lo que quería preguntarle. Mademoiselle, esta noche, cuando todos fuimos al despacho cuando Snell nos comunicó que estaba cerrado, usted se detuvo y recogió algo del suelo.
—¿Sí? —la señorita Lingard pareció muy sorprendida.
—Sí, precisamente al doblar hacia el pasillo que lleva al despacho. Era algo pequeño y brillante.
—Qué raro... no lo recuerdo. Espere un momento... Ah, ya sé. Sólo que no había vuelto a pensar en ello. Déjeme ver... tiene que estar aquí.
Y abriendo su bolso de raso negro, vació su contenido sobre la mesa.
Poirot y el mayor Riddle revisaron aquella colección de objetos con sumo interés. Dos pañuelos, una polvera, un manojo de llaves, la funda de los lentes y otro objeto que Poirot cogió con avidez.
—¡Una bala, cielo santo! —exclamó el mayor Riddle.