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Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:

Los personajes de Los estados carenciales buscan como todos nosotros la felicidad a su manera. Tratan de no sucumbir a la rutina, de escapar de la mediocridad o de rehacer sus vidas con un poco de sentido. Ulises, abandonado por su mujer Penélope, vive con su hijo Telémaco. Penélope es una diseñadora de moda que no se corta tanto como la Penélope de siempre cuando le sale al paso algún pretendiente. Al suegro de Ulises, Vili, su mujer le hace la vida imposible, y él busca la felicidad con optimismo y algunas ideas peregrinas, como montar una nueva Academia para enseñarles a una pandilla de infelices que la felicidad consiste, comod ecía Platón, en hacer el bien. Sátira de los libros de autoayuda, meditación sobre la felicidad, homenaje al mundo clásico… Sí, todas esas cosas son y están en Los estados carenciales. Pero esta novela es, por encima de todo una divertidísima fábula sobre las debilidades y grandezas de la condición humana. Ángela Vallvey tiene una prosa jugosa y directa, una capacidad poética deslumbrante, un sentido del humor que nos incita a la reflexión filosófica sin que nos alcance el sueño, la desazón o la pedantería, Tal vez este libro no nos permita saber si la felicidad consiste enhacer bien, o en desarrollar nuestras capacidades con la máxima destreza, pero sí nos puede ayudar a mirarnos en el espejo con valentía, con la dignidad que nuestra condición exige.
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– Dios mío, madre… -se atreve a decir por fin.

– No empecemos-replica Valentina.

– ¿Por qué no me has contado nada?

– ¿Qué habría sacado con decírtelo? ¿Me hubiera curado yo, o hubieses enfermado tú? -Valentina gira la cabeza y observa a su hija-. Tú ya tienes tus propios problemas. Estás ocupada. No podía hacerte eso, no quería que sufrieras por mí. Sé que no soy la madre perfecta, pero…

– Yo tampoco lo soy.

– … pero siempre he tratado de hacerte sufrir lo menos posible. Y ahora no iba a ser menos.

– La vida… -Penélope tiene ganas de llorar, pero no puede. Quiere decir algo, pero no sabe hacerlo.

– La vida cambia. Ha cambiado. Lo hace todos los días. Aunque las cosas no son lo que no fueron. Quiero decir que esto sigue pasando desde que el mundo es mundo. Quiero decir que la gente se muere cada día, y que nunca son los mismos. Alguna vez nos tiene que tocar, ¿no te parece?

Valentina sonríe. Una sonrisa luminosa, maternal por una vez. Acerca la mano hasta rozar con la yema de los dedos el vestido de Penélope.

– No le des tanta importancia. Nos estamos muriendo todos. Yo no soy la única, aunque lo haré más rápido.

– Pero deberías, deberías…

– Oh, venga, Peny, no empieces con eso. He visto a los médicos que tenía que ver, he contrastado las opiniones que tenía que contrastar y he visitado las clínicas que debía visitar. No me engaño sobre lo que me pasa, ellos no me han engañado, y desde luego no estoy dispuesta a someterme a una tortura hospitalaria para conseguir cinco meses más de vida mineral, ni siquiera vegetal. Enchufada a una máquina y llena de agujeros con cardenillo, igual que una lata agujereada en un campo de tiro. Con la misma movilidad que una lata, con su misma vida de lata agujereada que sólo es capaz de saltar cuando recibe un nuevo disparo, una nueva dosis que te alarga la vida, pero a la vez te arranca otro trozo de cuerpo, te hace otro boquete para que se te escape por él el alma. ¿Quién quiere eso? Por supuesto, no la gente que lo tiene. No me parece una buena idea, ¿sabes? Y no olvides que estamos hablando de mi, que yo soy esa lata, y que no quiero entrar en ningún campo de tiro. Prefiero ir directamente a la basura en cuanto me quede vacía.

– Pero… ¿por qué no se lo has explicado a Vili, por qué te has dedicado a torturarlo en vez de contárselo todo y tenerlo a tu lado? -Penélope le coge la mano a su madre y los dedos de ella sueltan la tela del vestido para entrar tímidamente en contacto con los suyos. No sabe bien cómo hacerlo. Hace mucho que no lo hace. Que no la toca en ningún lado. Apenas unos besos que dejan correr una ancha franja de aire entre los labios y las mejillas, un abrazo sin brazos, un empujoncito en el hombro. Nada. Ya no sabe qué significa tocar a su madre. Agarrarse a sus faldas con fuerzas, para que no se escape. Meterle la mano en el escote, el lugar más calentito y suave del mundo, y dejarla allí metida. Esconder la cara en su axila cuando se presiente algo malo.

Penélope piensa en Telémaco, siente una punzada de dolor en el estómago. Su rayito de sol. Tan rubio y tan abandonado. Se dice que todavía es demasiado pequeño, que pronto lo recuperará y le enseñará a meterle la mano dentro del escote. A no dejar de hacerlo mientras viva, y que diga misa el psicoanalista de la familia, aquel amigo de Vili que tuvo medio loca a su madre hacía años.

– Llevamos mucho tiempo juntos, Vili y yo.

– Por eso. Él te quiere. Siempre te ha querido.

– Pero yo no quiero compasión, y eso es lo único que recibiría de él si se lo contara. Prefiero ser una bruja antes que una pobre enferma desahuciada. El desamor me da vida, por lo menos. La pena consigue que me entren ganas de morirme y, en mi situación, puedes imaginarte…

– Me parece que lo subestimas, madre.

– Puede ser. Pero no quiero que se entere, ¿de acuerdo? Además, éste es un mal momento para él, con todo lo que ha pasado. El tipo ése que fue a suicidarse a la Academia… Demos gracias porque no lo consiguió. Aunque sean gracias a Ulises, si me lo permites. De todas formas es… un asunto desagradable. Vili está muy alicaído. No quiero que sepa nada de mi enfermedad. Nunca he querido, y menos ahora.

– Lo que tú digas.

El coche se detiene delante del edificio donde viven Vili y Valentina. El chofer saca un paraguas, les abre la portezuela, deja que Valentina se apoye en su brazo para poder salir. Está chispeando. Penélope tiene ganas de llorar y supone que quizás sea, sobre todo, a causa de la lluvia. La sucia lluvia y su propensión a anegar los lagrimales de las chicas guapas que, como ella, salen a la calle acompañadas de sus madres moribundas.

– Mírame, ¿quieres? -pregunta de repente Valentina, inquieta. Se toca la cara, pasa la mano con ligereza por sus pómulos-. ¿Tengo arrugas?

– Sí, en el pantalón -contesta Penélope, y hace un puchero.

– Oh, qué encanto. -La madre la besa en los labios y recoge con los suyos (desmaquillados, macilentos) una lágrima pequeña y descarriada rodando cerca de la boca de la hija. La sorbe como si tuviera sed.

Entran en el portal de la casa. Una detrás de la otra.

Hoy día, la alternativa para una mujer que no sabe mover el culo es saber mover el cerebro, se dice Penélope. Si bien, ella es partidaria de dominar ambas disciplinas, a ser posible.

Y baila. Le gusta el reggae.

Impossible Love, de UB40. Melodías de hace tiempo. Sus viejos discos, su vieja cama adolescente, sus pósters amarillentos, su antiguo olor.

Está bailando sola, en mitad de su dormitorio, en la casa de sus padres. Se sube encima de la cama y balancea las caderas al ritmo de la música. Da saltos (esta vez su madre no va a reñirle), igual que cuando era niña.

Ay de mí, piensa Penélope. Ay de mí.

Estoy bailando, con dientes y uñas yo me defiendo.

Cierra los ojos mientras se mueve y puede ver una oscuridad plagada de piedras preciosas. Crisopacios, calcedonias, berilos. Girando. Girando sin parar en esa negrura chispeante de brillos que sólo puede encontrarse detrás de sus ojos cerrados mientras baila.

Caen mares de agua detrás de los cristales de su galería, y tiene la impresión de que han pasado décadas desde que volvió de París. Sin embargo, aterrizó hace unas horas, y sólo está atardeciendo. El sol se pone, oculto tras la sábana encenagada de las nubes rebosantes de lluvia. En la calle, el aire tiene un color enigmático, malévolo.

¿Presagia alguna destrucción inminente?

El vicio de soñar es la más cuerda de las enfermedades mentales. El de recordar, la más inútil. Pero Penélope recuerda. En este momento, cuando su madre se muere (siempre se estuvo muriendo, como ella misma dice, sólo que ahora va a hacerlo de un instante a otro), ahora que la mujer de la que partió la célula primigenia de donde saldría ella va a desaparecer dejando únicamente su cuerpo exangüe, su envase vacío, siente la necesidad de hacer memoria.

Ella tiene quince años, curvas femeninas, ideas locas, muchas pecas que parecen los restos de otra piel más tostada que alguien ha deshecho sobre su piel con agua hirviendo, imaginaciones nocturnas, ni un ápice de cinismo y el olfato de un perro joven.

Y ahí está ese chaval, Ulises, en el patio del colegio. Ulises, el hermano mayor de Héctor (ese muchachito tan guapo y amable, que está en la misma clase que Penélope y que ella no sabe que es casi idéntico al hijo que alguna vez tendrá con Ulises).

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