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Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:

Los personajes de Los estados carenciales buscan como todos nosotros la felicidad a su manera. Tratan de no sucumbir a la rutina, de escapar de la mediocridad o de rehacer sus vidas con un poco de sentido. Ulises, abandonado por su mujer Penélope, vive con su hijo Telémaco. Penélope es una diseñadora de moda que no se corta tanto como la Penélope de siempre cuando le sale al paso algún pretendiente. Al suegro de Ulises, Vili, su mujer le hace la vida imposible, y él busca la felicidad con optimismo y algunas ideas peregrinas, como montar una nueva Academia para enseñarles a una pandilla de infelices que la felicidad consiste, comod ecía Platón, en hacer el bien. Sátira de los libros de autoayuda, meditación sobre la felicidad, homenaje al mundo clásico… Sí, todas esas cosas son y están en Los estados carenciales. Pero esta novela es, por encima de todo una divertidísima fábula sobre las debilidades y grandezas de la condición humana. Ángela Vallvey tiene una prosa jugosa y directa, una capacidad poética deslumbrante, un sentido del humor que nos incita a la reflexión filosófica sin que nos alcance el sueño, la desazón o la pedantería, Tal vez este libro no nos permita saber si la felicidad consiste enhacer bien, o en desarrollar nuestras capacidades con la máxima destreza, pero sí nos puede ayudar a mirarnos en el espejo con valentía, con la dignidad que nuestra condición exige.
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«Viejas arpías», piensa mientras las besa una por una procurando no rozar sus labios con los pómulos excesivamente maquillados de las señoras, fríos, un poco húmedos y tan finos como el papel de seda, se diría que a punto de quebrarse y dejar al descubierto algo más íntimo y terrible que la simple carne viva debajo de la piel madura.

Las conoce desde niña. Las ha visto endurecerse y envejecer con una leve desesperación ribeteada de incredulidad y resentimiento que, a menudo, las vuelve patéticas, puede que hasta malvadas. Y en otras ocasiones, encantadoras, para qué negarlo.

No sabe si les tiene aprecio o si las aborrece. Es curioso, piensa, cómo a veces no estamos seguros de qué sentimos hacia ciertas personas. Ni siquiera de si sentimos algo.

– ¡Oh! Valentina, es tu hija, la modelo. ¡Cuánto tiempo hace que no te vemos, niña! Estás siempre tan ocupada. ¡Qué guapa estás… estás increíble! Y parece que tienes más pecho que antes. ¿Una talla más, o dos? Me pregunto por qué las chicas de hoy en día tenéis esa obsesión con las tetas. Cuanto más grandes, más se caen luego. Hasta el punto que tienes que tener cuidado al andar para no pisártelas, oye lo que te digo.

– No, éstas no se caen. La silicona es dura como una piedra de molino. Y no es modelo, es diseñadora de modas -susurra Aglae, inclinándose sobre Eufrosina, que acaba de hablar-. Pero parece una modelo. Fíjate, es tan guapa. Te vemos en todas las revistas, Peny, cariño.

– No llevo silicona. Mi pecho aumentó con el embarazo y… -dice Penélope.

– Ah, bueno. El niño, claro. En fin… Pero ya tiene dos añitos, o algo así, ¿no?

– No es eso, me refiero a que me gustó cómo me quedaba. -Penélope sonríe seductoramente-. Y, para seros sincera, uso sujetadores de aumento desde entonces.

– Siéntate con nosotras, le pediré a la muchacha que te traiga algo de beber -Talía, la dueña de la casa, le indica un pequeño diván al lado de la chimenea.

– Por mí podéis seguir con vuestra conversación, sólo he venido para estar con mi madre un rato y acompañarla luego. Claro que si molesto… -Penélope se acomoda en su asiento

– ¡No molestas en absoluto!, ¿qué bebes?

– Un martini, gracias -pide. Se coloca el pelo detrás de los hombros y se estira la falda sobre las rodillas.

– Estupendo, así tendremos una opinión más. La opinión de una chica de hoy en día -dice Talía, sus labios se distienden en una mueca remilgada-. Hablábamos de los pubis prominentes.

– ¿Los qué?

– Pubis prominentes. Demasiado abultados. -Eufrosina baja la voz cuando se percata de que entra la sirvienta. Enseguida se quedan solas de nuevo y ella continúa-: Me refiero a los coños. Gordos. Demasiado gordos.

– Un médico le dijo a Eufrosina que tenía el pubis prominente y que debería hacerse una liposucción del monte de Venus -explica Valentina.

Penélope le nota a su madre los ojos ausentes, más azules y más fríos que nunca. Como dos trozos de cielo arrancados directamente del espacio exterior y encolados después, sin mucho miramiento, en medio de su cara.

– ¿El médico te dijo eso? -Penélope contempla a Eufrosina divertida; prueba su martini-: ¿Y cómo se sabe una cosa así? Quiero decir… ¿han hecho estadísticas, o algo?

– Ese cirujano es un hombre, ¿qué puede saber él de coños?

– ¿Qué puede saber un hombre de nada?

– Nada, efectivamente, pero opinan sobre todo.

– ¿Cuántos coños se ha comido ése para saber qué altura deben alcanzar? -pregunta Aglae, y agita las pulseras de oro que tintinean en sus muñecas-. ¡Por Dios santo!, ¡si encima es maricón! Y un garrulo. Es un garrulo carnicero que te está dejando hecha cisco con tanto cortar y pegar. Dentro de poco, como sigas así, necesitarás un mando a distancia hasta para mear.

– Y está forrándose a costa de tu simpleza -añade Talía.

– ¿Cortar y pegar…? -Penélope mira a su madre, interrogándola con un guiño.

A su cabeza acude un montoncito de imágenes tan inocentes que parecen amenazadoras. Un pubis angelical, unas tijeras infantiles para cartulina y el Cut amp; Paste de la pantalla de su Macintosh.

– Oh, sí. Le ha hecho una reconstrucción ahí abajo. Bueno, el médico lo llama así. -Valentina parece apagada, mordisquea una aceituna y mira a la alfombra con detenimiento-. Le ha recortado los labios mayores y menores. Le dijo a Eufrosina que así tendrían una apariencia más juvenil. Como un coñito de instituto. Pero ahora le parece que el pubis está demasiado alto y que es muy gordo.

– ¿Apariencia?, ¿quién piensa en la apariencia cuando apagas la luz y dejas que el barrigón medio cegato de tu marido se te ponga encima y te aplaste? -Talía señala acusadoramente a Eufrosina.

– Realmente, es lo primero que oigo… -Penélope da un trago. Siente que sus dientes, al igual que el martini, también acaban de emerger del hielo-. Y eso que, en el mundo en el que yo me muevo, se oyen cosas que…

– ¿Para esto hemos hecho una revolución sexual? -Aglae da un gritito nervioso y se revuelve en el sofá. Es delgada, y en cierto modo gentil, piensa Penélope, a pesar de ese aspecto que tiene de haber sido frotada, de arriba abajo y no hace mucho, con un paño humedecido-. ¿Para esto fuimos a la universidad, y luego hicimos carrera, y mientras tanto dejamos que un montón de salidos, con granos y halitosis y pichas cortas y mugrientas nos metieran mano con la excusa de la dichosa revolución de mierda? ¿Eh, eh? ¿Para esto? ¿Para acabar dejando que un cretino de bisturí fácil nos recorte y liposuccione el origen del mundo?

– ¿El qué? -pregunta Eufrosina.

– El coño. El origen del mundo es el título de un cuadro, de Gustave Courbet -explica Penélope, muy seria-, en el que aparece un coño. Negro y peludo.

– Ah, por un momento…

– ¿Para esto nos hemos deconstruido y vuelto a reconstruir, y nos hemos psicoanalizado y arruinado pagándole al jodido psicoanalista que, al final, no ha sacado nada en claro? ¿Para acabar otra vez mutiladas? ¡Hasta cuándo las mujeres vamos a ser tan tontas como las mujeres!

– Ah, ah… -susurra Penélope, con voz ronca-. Oh, ah…

– No somos más de lo que somos, ¿verdad? -Talía se levanta y da una vuelta por el salón. Busca un vaso limpio con expresión distraída hasta que consigue uno del aparador y sonríe igual que si acabara de tropezarse con un tesoro perdido.

Eufrosina está sentada cómodamente, tiene una apariencia entre estúpida y misteriosa, y no parece muy avergonzada a pesar de la regañina de la que está siendo objeto.

– ¿Y qué me decís del sexo oral? -pregunta. Mira de forma pícara una por una a sus amigas, y por último a Penélope.

– ¿Anal? -Valentina se toca la nariz, despistada.

– No, oral, oral, oral. Sexo oral.

– ¿Sexo oral? ¡Válgame el cielo! -Aglae arruga el ceño y sus pupilas se contraen felinamente-. Para el bestia de tu marido seguro que sexo oral quiere decir hablar un poco del tema antes de entrar al ajo. Algo así como: «¿Eufrosina, qué te parece si te la meto?». Para Eugenio eso es sexo oral, ni más ni menos.

– Bueno, pero…

– Para eso no necesitabas hacer papiroflexia con tus labios mayores y menores -asiente Talía.

– Lleváis razón -dice Valentina-. Estoy absolutamente de acuerdo.

– Cristo bendito… -Penélope vuelve a dar un trago. Ya casi ha terminado su copa. Podría beberse otra. O dos.

– Pero… y si una tiene una aventura, y si una encuentra a alguien que quiera practicar con una el sexo oral de verdad.

– Yo detesto francamente el sexo oral. De verdad.

– ¿Por qué?

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