Los estados carenciales
- Автор: Валвей Анхела
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:
– Bueno, no todo. Puedo soportar que un hombre me haga un cunnilingus, pero después de nuestra maldita revolución sexual… ah, ya no. Ah, no. Ni hablar. Ya tuve bastante en su día. -Aglae mueve la cabeza a un lado y a otro-. Nunca me gustó ser una chupapollas. Odio las felaciones con toda mi alma. En realidad, siempre las he odiado, incluso entonces, cuando era revolucionario hacerlas y todas nos sentíamos obligadas a decir lo mucho que nos gustaba. Las odio.
– ¿Y eso?
– Figúrate. Sólo ver un pelo en el plato de la sopa ya me pone histérica.
– En fin, pero, insisto… -dice Eufrosina.
– ¿En qué insistes, en tratar a tu coño como si fuera el bajo de tu falda, doblándolo y desdoblándolo cada dos por tres? Para ya, Eufrosina, detente. Deja de cometer actos terroristas contra tu cuerpo. Porque, de hecho, no creo que los resultados merezcan la pena. -Talía se inspecciona las uñas mientras habla pausadamente-. Eres un mal ejemplo para el género femenino. Las mujeres estamos obligadas a ser lo contrario que tú eres.
– Pero no, bueno, esto… Quiero decir…
– Eufrosina, ¿cuándo aprenderás?
– Quiero decir que, aunque no se vea, lo que tenemos debajo de las bragas sí es importante.
– En tu caso, cada vez menos.
– No sé… -Eufrosina da un resoplido, canturrea-, a mí me gusta cómo me ha quedado. Y, cuando lo tenga un poco menos grueso…
– Pero, pero, pero… -Aglae se pone de pie. Se levanta la falda.
Lleva unas bragas altas, de encaje rosa, caras y de buena calidad, pero de línea anticuada. Está tan delgada que parece que no tuviera caderas, como si también a ella alguien se las hubiera recortado. Penélope piensa en una muñeca sin piernas, que sólo tiene tronco. Un tronco alargado, de plástico, enfundado en unas horribles bragas de encaje rosa y de línea anticuada.
¿Y qué hace ahora? ¿De verdad está bajándose las bragas? La falda se le escurre sobre las rodillas y, por un instante, Penélope no puede ver nada más. Pero la mujer decide que la falda es un estorbo, así que se desabrocha la cremallera y se la saca por los pies, la pisotea un poco y luego le da un puntapié para ponerla a un lado. Libre ya de ella, todas pueden ver cómo ahora se desembaraza de las bragas, que salen despedidas y llegan cerca de la enorme mesa de cristal del salón. Están arrugadas con descuido cerca de la pata de la mesa, poco estéticas y acusadoras, parecen decirle a Aglae: «Todavía no puedo creer que me hayas dado la patada de esta manera, que me hayas echado fuera de ti sin contar conmigo, y sin que esté sucia todavía». Todas pueden verle a Aglae el monte de Venus inesperadamente tupido, en forma de triángulo isósceles invertido, en el que predomina el color negro, aunque veteado de brochazos plateados que van siendo más importantes, y clareando el pubis, a medida que la mirada se escurre hacia abajo, al vértice del triángulo.
– ¡¿Qué tiene de malo esto, eh?! ¿Me lo queréis decir? -Aglae señala su entrepierna con un dedo índice agarrotado, tembloroso. Se despatarra en medio del salón como una amazona.
Se miran unas a otras.
– Nada -dicen a coro.
Penélope puede verle el trasero caído, aunque armonioso, y unos complicados pliegues de piel chupada adornando su cintura, como si fueran los restos apergaminados de una partida de carne desecada expuesta desde hace mucho a la intemperie.
– ¿Es poco apetecible? ¿Ya no lubrica como antes? ¿Pérdidas de orina? ¿Mínimos niveles de estrógenos y progesterona? ¿Sequedad? ¿Tirantez? ¿Dolor?
– Nooo…
Lo peor de todo es que Aglae no está borracha, ni drogada, ni nada parecido. Lo mejor de todo es que Aglae es así. Y que no resulta grotesca, ni loca, ni obscena.
Penélope reconoce que es muy difícil pasear con gracia por un salón lleno de personas, aunque sean viejas amigas e hijas de viejas amigas, con una blusa de lunares hasta la cintura y unos zapatos de tacón mediano, el culo al aire y unos pendientes de plata y nada más encima.
Ha visto a modelos hacerlo y mostrarse intolerablemente zafias. Y eran chicas de quince, diecisiete años. Veinte, las más maduras.
Preciosidades en flor.
Ninguna tenía cincuenta y seis ni pensaba cumplirlos dentro de poco. Ninguna de aquellas muñequitas habría aguantado como la que ahora tenía delante, con el orgullo y la insolencia de atreverse a ser lo que es repercutiendo por toda su piel y su rostro, embelleciéndolos, dotándolos de una hermosa dignidad casi fiera. No, ninguna hubiese sido capaz.
Penélope se da cuenta en ese momento de lo atractiva que es la vieja bruja de Aglae, de lo verdaderamente cautivadora que es. Percibe toda su sensualidad, su feminidad, y se siente embriagada, celosa. Es una mujer deseable. Tan deseable. Tan combativa, desinhibida e inesperada. Parece limpia, parece que no oculta ninguna herida lacerante, ni por dentro ni por fuera. Penélope se da cuenta de que quiere ser como ella cuando tenga su edad, incluso ahora mismo quiere ser como ella, y querría haberlo sido en el pasado. A los diecisiete y a los veinte. Le hubiera gustado ser siempre así. Igual que esa mujer. Hermosa, muy hermosa. Tan hermosa.
– Tu coño es una maravilla -dice Talía, y se acerca más, para observarlo mejor.
– La verdad es que sí -dice Valentina. En las últimas reuniones que han tenido no ha estado demasiado habladora y, esta tarde, menos que nunca. Así que, en cuanto abre la boca, todas las demás la miran medio embobadas, expectantes-. Sí, la verdad…
– Es sólo un coño. Pero es lo que tengo. Me gusta. Y yo también a él -dice Aglae, y se sienta.
Cuando lo hace, parece que el aire se espesa con partículas de tiempo. Penélope quiere que vuelva a ponerse de pie y a pasearse a lo largo y ancho de la estancia. Si esa mujer estuviera otra vez de pie, se podría respirar mejor, piensa con una nostalgia ensimismada.
– Es horrible -exclama Eufrosina, de repente.
– ¿Quéee?
– No, no me refiero a tu coño, que es precioso, y está sin operar, no como el mío -continúa; por primera vez en toda la tarde parece un poco atribulada-, quiero decir que es horrible saber que una tiene cincuenta y seis años. Quiero decir que es terrible. ¡Cuando pienso en todas las cosas que no podré hacer ya…! Descubrir el amor, perder la virginidad, o morir joven. Quiero decir que es terrible saber que una tiene la edad que tiene y que, por mucho que se empeñe y tome leche enriquecida con calcio a diario, sus piernas ya no van a crecer más.
– Ni tu coño tampoco, así que deja de cortártelo una y otra vez. No es una estrella de mar… -le dice Talía, y saca un cigarrillo. Penélope le pide otro y los encienden a la vez-. Tenle un poco de respeto. Te ha dado tres hijos y mucho placer. Ni te plantees lo de la liposucción.
– Ah, yo qué sé.
– Y sé optimista. Puede que seas gorda, fea y menopáusica, pero ¿qué importancia tiene todo eso comparado con el hecho de que, uno de estos días, te tienes que morir?
– Enséñanoslo -le pide de repente Aglae a Eufrosina-. El coño.
– Ay, bueno. Yo…
– Bájate las bragas y enséñanoslo. Queremos ver lo que ese cafre te ha hecho. Podemos denunciarlo. Podemos hablar mal de él en la tele. Podemos montar un escándalo.
– Verdaderamente… -Penélope le da una larga calada a su cigarrillo, el humo le entra en los ojos y se restriega para aliviar el escozor-. Desde que una vez fui a ver cine uzbeko, yo…
– Haremos de tu coño una estrella internacional. Sacaremos su foto en Internet para que sirva de aviso a millones de menopáusicas del mundo tan desquiciadas y tan ricas como tú.
– O podéis ir a que os hagan lo mismo que a mí, no me ha quedado tan mal… -dice Eufrosina, pero inmediatamente se arrepiente y se calla.
De todas formas, ninguna de las demás mujeres le hace caso.