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Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:

Los personajes de Los estados carenciales buscan como todos nosotros la felicidad a su manera. Tratan de no sucumbir a la rutina, de escapar de la mediocridad o de rehacer sus vidas con un poco de sentido. Ulises, abandonado por su mujer Penélope, vive con su hijo Telémaco. Penélope es una diseñadora de moda que no se corta tanto como la Penélope de siempre cuando le sale al paso algún pretendiente. Al suegro de Ulises, Vili, su mujer le hace la vida imposible, y él busca la felicidad con optimismo y algunas ideas peregrinas, como montar una nueva Academia para enseñarles a una pandilla de infelices que la felicidad consiste, comod ecía Platón, en hacer el bien. Sátira de los libros de autoayuda, meditación sobre la felicidad, homenaje al mundo clásico… Sí, todas esas cosas son y están en Los estados carenciales. Pero esta novela es, por encima de todo una divertidísima fábula sobre las debilidades y grandezas de la condición humana. Ángela Vallvey tiene una prosa jugosa y directa, una capacidad poética deslumbrante, un sentido del humor que nos incita a la reflexión filosófica sin que nos alcance el sueño, la desazón o la pedantería, Tal vez este libro no nos permita saber si la felicidad consiste enhacer bien, o en desarrollar nuestras capacidades con la máxima destreza, pero sí nos puede ayudar a mirarnos en el espejo con valentía, con la dignidad que nuestra condición exige.
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Como Penélope desea arreglar su propio estado, primero ha intentado arreglar su familia.

«Tienes que hablar con Vili», le ha dicho a su madre hace poco más de media hora. «Contárselo todo, pedirle su amor, su compañía. No puedes morirte así.»

«Vete a la mierda, cielo mío», le ha contestado su madre.

Ha llamado a Ulises por teléfono.

«Quiero a mi hijo», le ha dicho. «Tráemelo esta noche a casa de mi madre, se quedará conmigo de ahora en adelante. Ya eres libre de salir a trotar por ahí en busca de las faldas que tú quieras.»

«El niño es mío», le ha respondido Ulises. «Ni siquiera sabe que tiene una madre. Desde que te fuiste de casa solamente lo has visto cuatro o cinco veces. Lo he criado yo. Lo quiero. No tienes derecho a quitármelo.»

«Tráelo a casa, de todas maneras. Necesito verlo. Quiero ver a mi niño. Ya discutiremos esto más despacio», ha dicho Penélope, y ha colgado.

Como Penélope desea arreglar su familia, primero ha procurado cultivarse ella.

«Vili, ¿tienes por ahí algunos libros que me puedan interesar?», le ha preguntado a su padrastro desde el pasillo, acercando la boca a la puerta cerrada a cal y canto del despacho de Vili. «Hace más de un año que no leo más que revistas…»

Como Penélope desea cultivarse ella, primero ha procurado enmendar su corazón siendo sincera de pensamiento.

«Ulises, maldito embustero infiel. Grandísimo hijo de puta. Cariño mío, Ulises. Tus manos, amor mío, tus manos…», se ha dicho a sí misma moviendo en silencio los labios, aunque nadie la miraba, ni siquiera podían oírla.

Como Penélope desea ser sincera de pensamiento, primero procura ampliar sus conocimientos a través de la investigación de las cosas.

Y, aunque parezca una táctica tan inútil como un péndulo en el mar, echa mano otra vez del recuerdo.

Penélope ya tiene dieciocho años, está preparada para hacer el amor con Ulises por primera vez. Su primera vez (de él no acaba de estar segura, aunque llevan tres años juntos: toda una vida).

Lo ha seguido a la facultad de Bellas Artes. A Ulises apenas le queda un año más para terminar los estudios, aunque se hubiera ido el mismo día que llegó de no haber sido porque se lo impidió su padre. Ella lo seguiría hasta el infierno. Puede que tenga que hacerlo, aunque no lo sabe todavía.

Héctor está en Sevilla, estudia ingeniería naval. A veces le envía postales a Penélope en las que apunta cosas como. «El Guadalquivir tiene los ojos del color de los tuyos», o «Mi hermano es un cabrón con mucha suerte», o «Me aburre estudiar, yo sólo quería viajar, vivir», o «Hoy no he comido más que un bocadillo de queso, y se me ha quedado pegado a los dientes».

– Hagamos el amor -le propone a Ulises una noche. Ya han hablado de ello antes, muchas otras veces.

– Qué gran idea -responde él-. Yo pondré el pene.

Están sentados en una terraza, al aire libre, cerca del Templo de Debod y los jardines de Ferraz. Corre una suave brisa de principios de verano. El bochorno del estío aún no ha arremetido contra Madrid. Dentro de poco llegará el calor insoportable, y todo el mundo sentirá una extraña dificultad para respirar, cierto hastío.

Se levantan y echan a andar. Ulises la coge por la cintura.

– Pareces un melocotón -le dice, y le muerde la oreja. Penélope disfruta del escalofrío, luminoso, intenso. Lo deja bajar suavemente por su columna vertebral hacia abajo.

Abajo.

Más abajo.

Percibe el pequeño rastro de baba traslúcida que ha quedado entre los labios de Ulises y su piel, ambos enganchados por una tela de araña liquida e indestructible, enlazados para siempre. Ese rastro de saliva es su anillo de compromiso. Exquisito, valioso, único en el mundo.

La baba se enfría desde su oreja hasta su cuello mientras caminan. Era muy fino, un hilito muy sutil.

No es justo, piensa Penélope.

Le entran ganas de llorar. No es justo, no es justo.

De pronto, la chica siente miedo. Al dolor, a la decepción, a la pérdida. Tal vez no sea una buena idea, después de todo. No deberían acostarse juntos todavía. Tendrían que prolongar indefinidamente ese estado de extraña inocencia en el que se encuentran. Con besos que son acontecimientos. Con caricias por debajo de las bragas y fantasías y música y pretensiones y nada más. No quiere dejar de ser una niña (nunca querrá dejar de serlo; sin embargo, eso tampoco ella lo sabe en este momento). No quiere que su vagina se ensanche tras el coito hasta hacerse tan grande como un túnel, hasta que pueda entrar cualquier cosa por ella. Trenes, fugitivos, cualquier cosa. Ah, cualquier cosa no, por favor. Ella no quiere. No quiere volverse viciosa ni arrebatada ni madura.

Desea quedarse estancada en este momento de su vida. Un bosque congelado, una reserva natural. Inmóvil, sin cambiar nunca. Como una postal, una fotografía perfecta. Quiere que ocurra ahora. Ahora que ignora tantas cosas, que es inoportuna, torpe y vital. Quiere mantenerse intacta, dormida en una de las cimas del paraíso, y permanecer así por los siglos de los siglos para que todo el mundo pueda mirarla, apreciar la maravilla.

– ¿Qué te pasa? -le pregunta Ulises, y deja correr morosamente la mano por su espalda, va bajando por su cintura, un poco más y otro poco.

¿Qué le pasa? ¿Niñerías? ¿Miedo? ¿Confusión? Vértigo, tal vez. Le gustaría llamar a Vili y pedirle su opinión, pero probablemente se enfadaría con ella, le diría que ya es mayor de edad, que prefiere no estar al tanto, y luego no dejaría de mirarla enfurruñado, en silencio, de forma rara, durante meses y meses. Además, Ulises no la dejaría llamarlo. Volvería a besarla en la oreja, le pediría que lo olvidara y ella lo haría.

– Venga, Penélope… -La mano va bajando, un poco más, otro poco. Resulta difícil andar así por la calle; la gente empezará a mirarlos; cualquiera que se ponga detrás de ellos podrá verle a la chica la ropa interior-. ¿Tienes miedo?

– No. -Siente un pánico que la paraliza.

– Mi padre no está en casa, no vuelve hasta el lunes. Iremos a mi habitación. No tienes nada que temer. Pondré música, y tengo… bueno, ya sabes.

– No, no sé.

– Preservativos.

– Ya. Tenemos que preservarnos.

Aunque el amor no pueda protegerse, en realidad.

No consigue andar bien, apenas si puede dar un paso sin sentir que se le doblarán las piernas y caerá arrodillada en mitad de la acera, como una potrilla que acaba de nacer.

Mira el rostro de la gente con la que se cruzan al pasar. Todos parecen estar afligidos por padecimientos atroces. Ulises la besa en el cuello, y Penélope mira a las estrellas, un poco compungida. Ulises saborea su cuello, da pequeñas chupadas a la piel limpia y perfecta. Ella nota la barbita suave y rubia de él arañando ahí, irritándola lenta y enloquecedoramente.

– Podría comerte -dice él-. Eres como un melocotón. Llegaría hasta el hueso. Y lo roería como un perro hambriento.

Están a punto de tropezar con otras personas que andan por la acera en sentido contrario. ¿Por qué cuando una está enamorada toda la gente con la que se cruza parece ir en sentido contrario?

– Cogeremos un taxi -dice Ulises.

– Por mí… -Penélope empieza a estar mareada, le gustaría irse a casa corriendo, dejarlo allí plantado. Que se jodan los chicos, como dice Vili, que se la machaquen con una piedra.

– Llegaremos antes, no quiero que te canses ni que te pongas nerviosa. -Ulises saca la mano de debajo de su falda, suelta las pequeñas bragas de algodón de la chica, que tenía enredadas entre los dedos.

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