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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—¿Los capas rojas? —Tyrion se encogió de hombros—. Vylarr juró lealtad a Roca Casterly. Sabe que he venido con la autoridad de mi padre. A Cersei le costaría mucho utilizar a sus hombres contra mí. Además, son únicamente un centenar. Yo tengo ciento cincuenta hombres. Y seiscientos capas doradas, si Bywater es tal como me habéis dicho.

—Pronto veréis que Ser Jacelyn es hombre valiente, honorable, obediente… y muy agradecido.

—Me gustaría saber a quién está agradecido. —Tyrion no confiaba en Varys, aunque su valía era innegable. Desde luego, sabía muchas cosas—. ¿Por qué me ayudáis tanto, mi señor Varys? —preguntó, escudriñando las manos fofas del eunuco, su rostro empolvado, su calva, su sonrisa untuosa…

—Vos sois la Mano. Yo sirvo al reino, al rey y a vos.

—¿También servisteis a Jon Arryn y a Eddard Stark?

—Serví a Lord Arryn y a Lord Stark lo mejor que pude. Sus prematuras muertes me entristecieron y me horrorizaron.

—Pues imaginaos cómo me siento yo, que seguramente seré el próximo.

—No lo creo —respondió Varys al tiempo que hacía girar el vino en su copa—. El poder es una cosa muy curiosa, mi señor. Decidme, ¿habéis tenido tiempo de meditar sobre el acertijo que os planteé hace unos días en la posada?

—Le he dado algunas vueltas —reconoció Tyrion—. El rey, el sacerdote, el hombre rico… ¿quién vive y quién muere? ¿A quién obedecerá el espadachín? Es un acertijo sin respuesta; mejor dicho, con demasiadas respuestas. Todo depende de cómo sea el hombre de la espada.

—Pero, en realidad, el hombre de la espada no es nadie —señaló Varys—. No tiene corona, ni oro, ni el favor de los dioses, sólo un trozo de acero afilado.

—Ese trozo de acero es el poder de la vida y la muerte.

—Exacto. Pero, si en realidad quien nos gobierna es el hombre de armas, ¿por qué fingimos que son nuestros reyes los que ostentan el poder? ¿Por qué un hombre fuerte con una espada se plantearía jamás obedecer a un niño rey como Joffrey, o a un idiota borracho como su padre?

—Porque esos niños reyes y esos idiotas borrachos pueden llamar a otros hombres fuertes, con otras espadas.

—Entonces serían esos otros guerreros los que en realidad tendrían el poder. ¿O no? ¿De dónde salen sus espadas? ¿Por qué obedecen? —Varys sonrió—. Hay quien dice que el conocimiento es poder. Hay quien dice que el poder deriva de los dioses. Otros dicen que el poder lo da la ley. Pero aquel día, en los peldaños del Sept de Baelor, nuestro piadoso Septon Supremo, la legítima reina regente y vuestro seguro servidor, con todos sus conocimientos, estuvieron tan impotentes como cualquier zapatero remendón de la multitud. ¿Quién mató en realidad a Eddard Stark, vos qué pensáis? ¿Joffrey, que dio la orden? ¿Ser Ilyn Payne, que blandió la espada? ¿O bien… otra persona?

—¿Vais a decirme la respuesta del maldito acertijo, o sólo queréis empeorarme esta jaqueca? —Tyrion inclinó la cabeza hacia un lado.

—De acuerdo —dijo Varys sonriendo de nuevo—, ahí va: el poder reside donde los hombres creen que reside. Ni más ni menos.

—Entonces, ¿el poder es una farsa?

—Una sombra en la pared —murmuró Varys—. Pero las sombras pueden matar. Y a veces un hombre muy pequeño puede proyectar una sombra muy grande.

—Lord Varys, por extraño que parezca os estoy tomando cariño. —Tyrion sonrió—. Aún es posible que os mate, pero lo lamentaré de verdad.

—Consideraré eso como un cumplido.

—¿Qué sois, Varys? —Para su asombro, Tyrion deseaba realmente saberlo—. Dicen que sois una araña.

—Las arañas y los informadores no suelen ser muy queridos, mi señor. Soy un leal sirviente del reino.

—Y un eunuco. No lo olvidemos.

—Me cuesta olvidarlo.

—A mí también me llaman Mediohombre, pero creo que los dioses han sido más bondadosos conmigo. Soy pequeño, tengo las piernas torcidas, las mujeres no me miran con deseo… Pero sigo siendo un hombre. Shae no es la primera que honra mi lecho, y algún día tomaré esposa y tendré un hijo. Si los dioses siguen siendo generosos, tendrá la apariencia de su tío y el cerebro de su padre. Vos no tenéis una esperanza así que os sustente. Los enanos somos una burla de los dioses… pero son los hombres quienes hacen a los eunucos. ¿Quién os mutiló, Varys? ¿Cuándo, y por qué? ¿Quién sois en realidad?

La sonrisa del eunuco nunca vacilaba, pero sus ojos brillaron con algo que no era risa.

—Sois muy amable al interesaros, mi señor, pero mi historia es larga y triste, y ahora tenemos que hablar de traiciones. —Se sacó un pergamino de la manga de la túnica—. El maestre de la galera real Venado blanco planea levar anclas dentro de tres días para poner su espada y su nave al servicio de Lord Stannis.

—Y supongo que habrá que dar una sangrienta lección con este hombre. —Tyrion suspiró.

—Ser Jacelyn podría hacerlo desaparecer, pero un juicio ante el rey contribuiría a garantizar la lealtad de otros capitanes.

«Y mantendría ocupado a mi regio sobrino.»

—Como digáis. Que reciba una dosis de la justicia de Joffrey.

Varys hizo una marca en el pergamino.

—Ser Horas y Ser Hobber Redwyne han sobornado a un guardia para que los deje salir por una poterna pasado mañana por la noche. Ya lo tienen todo preparado para embarcar en una galera de Pentos, la Luna veloz, disfrazados de remeros.

—Podríamos mantenerlos a los remos unos cuantos años, a ver si les gusta, ¿no? —Sonrió—. No, mi hermana lamentaría la pérdida de tan valiosos invitados. Informad a Ser Jacelyn. Coged al hombre al que sobornaron y explicadle que servir en la Guardia de la Noche es un gran honor. Y vigilad la Luna veloz, por si los Redwyne encuentran a otro guardia necesitado de dinero.

—Como digáis. —Otra marca en el pergamino—. Uno de vuestros hombres, Timett, ha matado esta noche al hijo de un vinatero en un garito de la calle de la Plata. Lo acusó de hacer trampas en el juego.

—¿Y era cierto?

—Sin la menor duda.

—En ese caso, los hombres honrados de esta ciudad están en deuda con Timett. Me encargaré de que el rey le dé las gracias.

El eunuco dejó escapar una risita nerviosa, e hizo otra marca.

—También tenemos una repentina plaga de santones. Al parecer el cometa ha atraído a todo tipo de sacerdotes, predicadores y profetas. Mendigan en las cervecerías y en los tenderetes de los calderos, y van por ahí prediciendo muerte y destrucción a todo el que se pare a escucharlos.

—Está próximo el tercer centenario del Desembarco de Aegon, estas cosas son de esperar. —Tyrion se encogió de hombros—. Que hablen lo que quieran.

—Están sembrando el pánico, mi señor.

—Creía que ésa era vuestra misión.

—Ay. —Varys se cubrió la boca con la mano—. Qué cruel sois, qué cosas decís. Una última cosa. Anoche Lady Tanda dio una cena para unos cuantos amigos. Os he traído el menú y la lista de invitados. Cuando se sirvió el vino, Lord Gyles se levantó para brindar por el rey, y se oyó decir a Ser Balon Swann: «Para eso hacen falta tres copas». Muchos rieron…

—Basta —Tyrion alzó una mano—. Ser Balon hizo un chiste. No me interesan las traiciones en forma de charla de sobremesa.

—Sois tan sabio como bondadoso, mi señor. —El pergamino volvió a desaparecer en el interior de la manga del eunuco—. A ambos nos aguardan muchas tareas. Os dejo.

Tras la salida del eunuco, Tyrion permaneció sentado largo rato, observando la vela. Se preguntaba cómo se tomaría su hermana el cese de Janos Slynt. La conocía lo suficiente para saber que no estaría nada satisfecha, pero no se le ocurría qué podría hacer al respecto, aparte de enviar una nota airada a Lord Tywin, a Harrenhal. Tyrion contaba ya con la Guardia de la Ciudad y también con ciento cincuenta hombres de los clanes y un creciente ejército de mercenarios reclutados por Bronn. Al parecer estaba bien protegido.

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