Choque de reyes [A Clash of Kings - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Gigamesh
- ISBN: 84-932-7022-9
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
—Muy cierto —reconoció Ser Brynden—. Y Tywin Lannister no es ningún idiota. Está a salvo tras los muros de Harrenhal, alimenta a su ejército con nuestras cosechas y lo que no se lleva lo quema. Gregor no es el único perro que ha dejado suelto. Ser Amory Lorch también está en los campos de batalla, así como un mercenario de Qohor que prefiere lisiar a sus enemigos en vez de matarlos. He visto qué dejan tras ellos. Pueblos enteros quemados, mujeres violadas y mutiladas, niños asesinados sin enterrar para que los lobos y los perros salvajes se ceben en ellos… Hasta los muertos vomitarían.
—Cuando Edmure lo sepa montará en cólera.
—Eso es justo lo que quiere Lord Tywin. Incluso el terror tiene un objetivo, Cat. Lannister quiere provocarnos para que entremos en combate.
—Y es probable que Robb lo complazca —dijo Catelyn, atemorizada—. La inactividad lo está poniendo nervioso, y Edmure, el Gran Jon y los demás no dejan de acuciarlo.
Su hijo había conseguido dos victorias importantes, al derrotar a Jaime Lannister en el Bosque Susurrante y al expulsar a su ejército sin líder más allá de las murallas de Aguasdulces en la Batalla de los Campamentos, pero sus vasallos hablaban de él como si fuera un nuevo Aegon el Conquistador.
—Menudos estúpidos —dijo Brynden Pez Negro arqueando una de las pobladas cejas grises—. Mi primera norma en la guerra es no hacer jamás lo que quiere el enemigo, Cat. Lord Tywin quiere combatir en el campo que él elija. Quiere que marchemos contra Harrenhal.
—Harrenhal.
Hasta el último de los niños del Tridente había oído contar historias sobre Harrenhal, la vasta fortaleza que el rey Harren el Negro había erigido más allá de las aguas del Ojo de Dioses hacía trescientos años, cuando los Siete Reinos eran en verdad siete reinos, y las riberas las gobernaban hombres de hierro procedentes de las islas. En su orgullo, Harren había querido construir la fortaleza más grande y las torres más altas de todo Poniente. Le había llevado cuarenta años, la construcción había crecido como una gigantesca sombra a orillas del lago, mientras los ejércitos de Harren saqueaban toda la zona para conseguir piedra, madera, oro y trabajadores. En sus canteras murieron miles de cautivos, encadenados a sus almádenas o trabajando en las cinco torres colosales. Los hombres se helaban en invierno y se derretían en verano. Para hacer las vigas talaron arcianos que llevaban tres mil años allí. Para ornar su sueño, Harren empobreció las tierras de los ríos y las Islas del Hierro. Y cuando Harrenhal estuvo por fin terminado, el mismo día en que el rey Harren lo convirtió en su residencia, Aegon el Conquistador pisó tierra en Desembarco del Rey.
Catelyn recordaba la historia que la Vieja Tata había contado a sus hijos en Invernalia. «Y el rey Harren descubrió que los muros más gruesos y las torres más altas no sirven de nada contra los dragones —terminaba diciendo—. Porque los dragones vuelan.» Harren y toda su estirpe habían perecido entre las llamas que consumieron su monstruosa fortaleza, y desde entonces todas sus casas vasallas habían sucumbido a la desgracia. Era un lugar fuerte, pero también oscuro y maldito.
—No quiero que Robb luche a la sombra de esa fortaleza —reconoció—. Pero tenemos que hacer algo, tío.
—Y cuanto antes —asintió éste—. Aún no te he contado lo peor, pequeña. Los hombres que envié hacia occidente volvieron con noticias: en Roca Casterly se está reuniendo una nueva hueste.
«Otro ejército Lannister.» La sola idea la ponía enferma.
—Hay que decírselo a Robb de inmediato. ¿Quién estará al mando?
—Según se dice, Ser Stafford Lannister. —El hombre clavó la mirada en los ríos, mientras la brisa agitaba su capa roja y azul.
—¿Otro sobrino? —Los Lannister de Roca Casterly eran una casa asquerosamente amplia y fértil.
—Un primo —la corrigió Ser Brynden—. Hermano de la difunta esposa de Lord Tywin, así que pariente por partida doble. Es un hombre viejo y algo idiota, pero tiene un hijo, Ser Daven, mucho más temible.
—En ese caso, esperemos que sea el padre el que lleve ese ejército a la batalla, y no el hijo.
—Aún nos queda algo de tiempo antes de que tengamos que enfrentarnos a ellos. Será un ejército de mercenarios, jinetes libres y muchachos inexpertos salidos de los arrabales de Lannisport. Ser Stafford tendrá que encargarse de armarlos y entrenarlos antes de correr el riesgo de llevarlos a la batalla. Y no te equivoques, Lord Tywin no es el Matarreyes. No se precipitará. Aguardará con paciencia a que Ser Stafford se ponga en marcha antes de moverse de los muros de Harrenhal.
—A menos que… —empezó Catelyn.
—Sigue —pidió Ser Brynden.
—A menos que tenga que salir de Harrenhal —dijo—, para hacer frente a alguna otra amenaza.
Su tío la miró, pensativo.
—Lord Renly.
—El rey Renly. —Si quería pedirle ayuda, tendría que tratarlo según el título que él mismo se había adjudicado.
—Es posible. —La sonrisa del Pez Negro era peligrosa—. Pero querrá algo a cambio.
—Querrá lo que quieren todos los reyes —replicó Catelyn—. Pleitesía.
TYRION
Janos Slynt era hijo de un carnicero, y se reía como si estuviera cortando carne.
—¿Más vino? —le preguntó Tyrion.
—No voy a decir que no —respondió Lord Janos al tiempo que tendía la copa. Tenía la constitución de un barril y una capacidad semejante—. Desde luego que no voy a decir que no. Buen tinto. ¿Es del Rejo?
—De Dorne. —Tyrion hizo un gesto, y su criado sirvió el vino. A excepción de los sirvientes, Lord Janos y él eran los únicos presentes en la sala menor, sentados a una mesa iluminada con velas y rodeada por la oscuridad—. Un verdadero hallazgo. Los vinos de Dorne no suelen ser tan deliciosos.
—Delicioso —repitió el hombretón con rostro de rana, y bebió un generoso trago. Janos Slynt no era persona que bebiera a sorbos. Tyrion lo había advertido enseguida—. Sí, delicioso, ésa es la palabra que estaba buscando, la misma. Os lo digo de corazón, Lord Tyrion, se os dan bien las palabras. Y contáis historias desternillantes. Desternillantes, sí.
—Me alegro de que os gustaran… pero dejemos lo de «lord». Llamadme Tyrion, Lord Janos.
—Como queráis. —Bebió otro trago y se salpicó de vino la pechera del jubón de seda negra. Llevaba una capa corta de hilo de oro, sujeta con un broche en forma de lanza con la punta esmaltada en rojo oscuro. Y estaba borracho como una cuba.
Tyrion se tapó la boca con una mano y eructó con discreción. A diferencia de Lord Janos, había vigilado cuánto bebía, pero estaba muy lleno. Lo primero que había hecho tras aposentarse en la Torre de la Mano había sido averiguar cuál era la mejor cocinera de la ciudad y tomarla a su servicio. Aquella noche habían cenado sopa de rabo de toro, verduras veraniegas salteadas con nueces de pacana, uvas, hinojo rojo y queso desmenuzado, empanada caliente de cangrejo, calabaza especiada y codornices con abundante salsa de mantequilla. Cada plato con su correspondiente vino. Lord Janos tuvo que reconocer que en su vida había comido tan bien.
—No me cabe duda de que eso cambiará cuando os asentéis en Harrenhal —comentó Tyrion.
—Podéis estar seguro. Me gustaría pedirle a vuestra cocinera que entrara a mi servicio, ¿qué os parece?
—Que por menos se han declarado guerras —replicó, y ambos soltaron una carcajada—. Sois osado al asentaros en Harrenhal. Es un lugar tan sombrío y tan grande… tendrá un mantenimiento muy costoso. Y además, hay quien dice que está encantado.
—¿Acaso debo tener miedo de un montón de piedras? —La sola idea lo hizo reír—. Decís que soy osado. Hay que ser osado para ascender. Como he ascendido yo. Hasta Harrenhal, sí. ¿Y por qué no? Lo sabéis bien. Vos también sois osado en cierto modo. Pequeño, pero osado.