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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—Esta noche nada de hoguera —les dijo Yoren.

La cena consistió en un puñado de rábanos silvestres que Koss había encontrado, un tazón de alubias secas y agua de un arroyo cercano. El agua tenía un sabor raro, y Lommy dijo que era porque corriente arriba había cadáveres pudriéndose. Pastel Caliente le habría dado una paliza si el viejo Reysen no los hubiera separado.

Arya bebió mucha agua para llenarse el estómago con algo. Pensaba que no podría conciliar el sueño, pero al final se durmió. Cuando despertó, la oscuridad era absoluta, y tenía la vejiga llena a reventar. Los durmientes se amontonaban en torno a ella, envueltos en capas y mantas. Cogió a Aguja, se levantó y escuchó con atención. Oyó las pisadas suaves de un centinela, a los hombres moviéndose en medio de sueños inquietos, los ronquidos traqueteantes de Rorge y el extraño siseo que emitía Mordedor al dormir. De otro carromato le llegó el sonido rítmico del acero contra la piedra. Yoren mascaba hojamarga al tiempo que afilaba su daga.

Pastel Caliente era uno de los chicos que montaban guardia.

—¿Adónde vas? —preguntó a Arya, al ver que se dirigía hacia los árboles. Arya hizo un gesto vago en dirección al bosque—. Ni hablar —dijo Pastel Caliente. Desde que tenía una espada colgada del cinto había recuperado el valor, aunque no fuera más que una espada corta y él la manejara como si fuera un cuchillo de cocina—. El viejo ha dicho que esta noche no nos apartemos.

—Tengo que orinar —explicó Arya.

—Pues ponte contra aquel árbol. —Le señaló uno—. No sabes qué puede haber por ahí, Arry. Antes he oído aullidos de lobos.

A Yoren no le gustaría que se peleara con el chico. Trató de poner cara de miedo.

—¿Lobos? ¿De verdad?

—Que sí, que los he oído yo.

—Se me han quitado las ganas.

Volvió a su manta y fingió dormir hasta que oyó cómo se alejaban las pisadas de Pastel Caliente. Rodó sobre sí misma y se escabulló hacia el bosque por el otro lado del campamento, silenciosa como una sombra. Allí también había centinelas, pero a Arya no le costó ningún trabajo esquivarlos. De todos modos, para no correr riesgos, se alejó el doble de lo habitual.

Estaba orinando en cuclillas, con la ropa enredada en los tobillos, cuando oyó un crujido entre los árboles.

«Es Pastel Caliente —pensó aterrada—, me ha seguido.» Fue entonces cuando vio los ojos que brillaban en el bosque, iluminados con el reflejo de la luna. Se le hizo un nudo en el estómago y agarró a Aguja, sin preocuparle si se meaba en la ropa. Contó los ojos: dos, cuatro, ocho, doce… toda una manada.

Uno de ellos salió de entre los árboles y se acercó a ella. La miró y le enseñó los dientes, y Arya sólo pudo pensar en lo idiota que había sido y en lo que iba a regodearse Pastel Caliente al día siguiente cuando encontraran su cadáver a medio devorar. Pero el lobo se dio la vuelta y regresó a la oscuridad, y en un instante los ojos desaparecieron. Temblorosa, se limpió, se ató los calzones y siguió el sonido de la piedra de afilar de vuelta al campamento y a Yoren. Cuando se subió a su carromato tenía el rostro desencajado.

—Lobos —susurró—. En el bosque.

—Sí, no me extraña. —Ni siquiera alzó la vista para mirarla.

—Me han asustado.

—¿De veras? —Escupió hacia un lado—. Pensaba que en tu familia os gustaban los lobos.

Nymeria era una loba huargo. —Arya se cruzó los brazos sobre el pecho, estremecida—. No es lo mismo. Además, ya no la tengo. Jory y yo le tiramos piedras para que se marchara, si no, la reina la habría matado. —Se ponía triste siempre que hablaba de aquello—. Seguro que, si hubiera estado en la ciudad, no habría permitido que le cortaran la cabeza a mi padre.

—Los chicos huérfanos no tienen padre —replicó Yoren—. ¿O se te ha olvidado? —La hojamarga le teñía la saliva de rojo, de manera que parecía como si tuviera la boca ensangrentada—. Los únicos lobos que deberían darnos miedo son los que van disfrazados de hombres, como los que acabaron con aquella aldea.

—Quiero irme a casa —dijo, abatida. Trataba con todas sus fuerzas de ser fiera como un carcayú y todo lo demás, pero a veces se sentía como si al fin y al cabo no fuera más que una niñita.

El hermano negro sacó una nueva hojamarga del fardo que llevaban en el carromato y se la metió en la boca.

—Quizá debí dejarte donde te encontré, chico. Debí dejaros a todos. Por lo visto en la ciudad estabais más seguros.

—No me importa. Quiero irme a casa.

—Hace casi treinta años que me dedico a llevar hombres al Muro. —La espuma brillaba entre los labios de Yoren como burbujas de sangre—. En todo ese tiempo sólo he perdido a tres. Un viejo murió de fiebres, a un muchacho lo mordió una serpiente mientras cagaba y un imbécil trató de matarme cuando estaba dormido. Le proporcioné una segunda sonrisa bien roja para compensarlo por sus molestias. —Hizo el gesto de pasarse la daga por la garganta para que Arya se hiciera una idea—. Tres en treinta años. —Escupió la hojamarga que había estado mascando—. Habría sido más sensato tomar un barco. Así no hay posibilidad de encontrar más hombres por el camino, pero de todos modos… cualquiera más inteligente habría tomado un barco, en cambio yo… llevo treinta años recorriendo este camino real. —Se enfundó la daga—. Vete a dormir, chico. ¿Entendido?

Arya lo intentó. Pero, mientras yacía bajo la fina manta, seguía oyendo el aullido de los lobos… y algo más, otro sonido más tenue, poco más que un susurro al viento, que tal vez fueran gritos.

DAVOS

El humo de los dioses que ardían oscurecía el aire de la mañana.

Estaban todos en llamas: la Doncella y la Madre, el Guerrero y el Herrero, la Vieja de los ojos color perla y el Padre con su barba dorada. Hasta el Desconocido, tallado para darle un aspecto más animal que humano. La madera seca y vieja y las incontables capas de pintura y barniz ardían con una luz fiera y hambrienta. El calor hacía vibrar el aire gélido; detrás, las gárgolas y dragones de piedra de los muros del castillo parecían borrosos, como si Davos los estuviera viendo a través de un velo de lágrimas.

«O como si las bestias temblaran, se estremecieran…»

—Mala cosa —señaló Allard, aunque al menos tuvo la sensatez de decirlo en voz baja.

Dale murmuró algo en tono de asentimiento.

—Silencio —ordenó Davos—. Recordad quiénes sois.

Sus hijos eran hombres buenos, pero jóvenes, y sobre todo Allard era muy impulsivo.

«Si yo hubiera seguido dedicado al contrabando, Allard habría acabado en el Muro. Stannis lo salvó de ese destino, una cosa más que le debo…»

Cientos de personas se habían congregado ante el castillo para presenciar la quema de los Siete. El aire tenía un olor hediondo. Incluso a los soldados les costaba permanecer impasibles ante aquella afrenta a los dioses que muchos de ellos habían adorado toda la vida.

La mujer roja caminó en torno a la hoguera tres veces, recitando oraciones: una vez en la lengua de Asshai, otra en valyrio culto y otra en la lengua común. Davos sólo comprendió la última.

—R’hllor, ven a nosotros en nuestra oscuridad —decía—. Señor de la Luz, te ofrecemos en sacrificio a estos falsos dioses, a estos siete que son uno, uno mismo, el enemigo. Llévatelos y arroja tu luz sobre nosotros, porque oscura es la noche y los terrores la pueblan.

La reina Selyse repetía cada una de las palabras. Junto a ella, Stannis observaba impasible la escena, con la mandíbula rígida como la piedra bajo la sombra negro azulada de una barba muy corta. Se había ataviado con ropas mucho más ricas que de costumbre, como para ir al sept.

El sept de Rocadragón se había alzado en el lugar donde Aegon el Conquistador se arrodilló para rezar la noche antes de hacerse a la mar. Eso no lo había salvado de los hombres de la reina, que volcaron los altares, derribaron las estatuas y destrozaron con sus mazas las vidrieras de colores. El septon Barre no pudo hacer más que maldecirlos, pero Ser Hubard Rambton llevó a sus tres hijos al sept para defender a sus dioses. Los Rambton mataron a cuatro hombres de la reina antes de que los demás los redujeran. Después de aquello, Guncer Sunglass, el más plácido y religioso de los señores vasallos, dijo a Stannis que no podía seguir apoyando su causa. En aquellos momentos compartía una celda sofocante con el septon y los dos hijos supervivientes de Ser Hubard. El resto de los señores aprendieron muy deprisa la lección.

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