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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—No hace falta que supliques. —Se bajó de la silla—. Tienes mi palabra de que no les pasará nada malo. Los chicos pequeños irán a diferentes casas como pupilos y escuderos. Si sirven bien y con lealtad, puede que con el tiempo lleguen a caballeros. No se dirá que la Casa Lannister no recompensa a los que la sirven. Tu hijo mayor heredará el título de Lord Slynt y este blasón tan llamativo que has elegido. —Dio una patada a la lancita de oro, que la lanzó rebotando por el suelo—. Le adjudicaremos unas tierras para que se construya un asentamiento. No será Harrenhal, pero le bastará. Él tendrá que encargarse de casar a la chica.

—¿Q-qué… qué vais a hacer…? —El rostro de Janos Slynt había pasado del rojo al blanco y los mofletes le temblaban como montones de sebo.

—¿Que qué voy a hacer contigo? —Tyrion dejó que aquel zoquete se estremeciera un momento antes de responder—. El galeón Sueño de verano zarpará al amanecer. Su maestre me ha dicho que hará escalas en Puerto Gaviota, las Tres Hermanas, la isla de Skagos y Guardiaoriente del Mar. Cuando veas al Lord Comandante Mormont, quiero que le des recuerdos de mi parte, y le digas que no he olvidado las necesidades de la Guardia de la Noche. Os deseo una larga vida y un buen servicio en la Guardia, mi señor.

En cuanto Janos Slynt se dio cuenta de que no iba a ser víctima de una ejecución sumaria, el color le volvió a las mejillas. Apretó la mandíbula.

—Ya veremos, Gnomo. Enano. A lo mejor eres tú el que va en ese barco, ¿qué te parece? A lo mejor eres tú el que acaba en el Muro. —Soltó una risotada ansiosa—. Tú y tus amenazas, eso, ya veremos. Soy amigo del rey, ¿te enteras? A ver qué dice Joffrey de esto. Y Meñique, y la reina, eso. Janos Slynt tiene amigos muy importantes. Ya veremos quién se hace a la mar, te lo digo yo. Ya lo veremos.

Slynt giró sobre los talones como el guardia que había sido y recorrió a zancadas la sala menor. Sus botas resonaban contra la piedra del suelo. Subió por los peldaños, abrió la puerta de golpe… y se encontró frente a frente con un hombre alto, de mandíbula cuadrada, vestido con coraza negra y capa dorada. Llevaba una mano de hierro atada al muñón de la muñeca derecha.

—Janos —dijo. Tenía un brillo especial en los ojos hundidos, bajo el ceño prominente y la mata de pelo negro salpicado de canas. Seis capas doradas entraron en silencio en la sala menor tras él, al tiempo que Janos Slynt retrocedía.

—Lord Slynt —lo llamó Tyrion—, creo que ya conocéis a Ser Jacelyn Bywater, el nuevo comandante de la Guardia de la Ciudad.

—Os espera una litera, mi señor —dijo Ser Jacelyn a Slynt—. Los muelles son oscuros y están lejos, y por la noche las calles no son seguras. Adelante.

Mientras los capas doradas se llevaban al que fuera su comandante, Tyrion llamó a Ser Jacelyn y le entregó un pergamino enrollado.

—Es un viaje largo, a Lord Slynt le gustará tener compañía. Encargaos de que estos seis se reúnan con él en el Sueño de verano.

Bywater echó una ojeada a los nombres y sonrió.

—A la orden.

—Uno de ellos, ese tal Deem… —añadió Tyrion con voz queda—. Dile al capitán que si se lo lleva un golpe de mar antes de llegar a Guardiaoriente, nadie lo echará de menos.

—Me han dicho que en esas aguas del norte las tormentas son terribles, mi señor.

Jacelyn se inclinó, pidió permiso para retirarse y salió con la capa ondeando a su espalda. Por el camino pisoteó la capa de hilo de oro de Slynt.

Tyrion se quedó a solas, sentado, saboreando lo que quedaba del excelente vino dulce de Dorne. Los sirvientes entraron y salieron para retirar los platos de la mesa. Les ordenó que dejaran el vino. Cuando hubieron terminado, Varys entró en la estancia arrastrando los pies por el suelo al andar. Vestía una amplia túnica color lavanda, a juego con su olor.

—Muy bien, mi señor, muy bien hecho, una actuación maravillosa.

—Entonces, ¿por qué tengo este regusto amargo en la boca? —Se presionó las sienes con los dedos—. Les he dicho que tirasen por la borda a Allar Deem. Ganas me dan de hacer lo mismo con vos.

—Puede que el resultado os decepcionase —replicó Varys—. Las tormentas llegan y pasan, las olas rompen, el pez grande se come al chico… y yo sigo remando. ¿Sería mucha molestia si os pido un sorbo de ese vino que tanto estaba disfrutando Lord Slynt?

Tyrion le señaló la jarra, con el ceño fruncido. Varys se sirvió una copa.

—Ah. Dulce como el verano. —Tomó otro sorbo—. Oigo cómo las uvas cantan en mi lengua.

—Ya decía yo que se oía un ruido raro. Decidles a las uvas que se callen, la cabeza me va a estallar. Fue mi hermana. Eso ha sido lo que el muy leal Lord Janos se ha negado a decirme. Cersei envió a los capas doradas a ese burdel. —Varys disimuló una risita nerviosa. De manera que lo sabía desde el principio—. Eso no me lo dijisteis —lo acusó Tyrion.

—Se trataba de vuestra dulce hermana —respondió Varys, tan dolido que parecía a punto de llorar—. No es fácil dar esas noticias, mi señor. Tenía miedo de vuestra reacción. ¿Podréis perdonarme?

—No —restalló Tyrion—. Maldito seáis. Y maldita sea ella. —Sabía que no le podía poner un dedo encima a Cersei. Aún no, ni aunque quisiera, y desde luego no estaba seguro de querer hacerlo. Pero le dolía ejercer aquella farsa de justicia, castigar a seres lamentables como Janos Slynt y Allar Deem, mientras su hermana seguía llevando a cabo sus crueles planes—. De ahora en adelante, me contaréis todo lo que sepáis, Lord Varys. Todo.

—Eso me tomará mucho tiempo, mi buen señor. —La sonrisa del eunuco era ladina—. Sé muchas cosas.

—Por lo visto, no las suficientes para salvar a aquella niña.

—No, por desgracia no. Había otro bastardo, un chico, mayor. Tomé las medidas necesarias para ponerlo a salvo… pero confieso que jamás se me ocurrió que la pequeña corriera peligro. Una niña, plebeya, de menos de un año, hija de una prostituta… No representaba ninguna amenaza.

—Era hija de Robert —replicó Tyrion con amargura—. Por lo visto, para Cersei eso era suficiente.

—Sí. Fue muy doloroso, muy triste. Me culpo por la muerte de la dulce pequeña y por la de su madre, que era tan joven y amaba tanto al rey…

—¿De veras? —Tyrion no había visto jamás el rostro de la chica muerta, pero en su imaginación era Shae y Tysha a la vez—. Me pregunto si una prostituta puede amar de verdad. No, no respondas, hay cosas que prefiero no saber.

Había dejado establecida a Shae en una amplia casona de piedra y madera que contaba con un pozo, un establo y un jardín; le había proporcionado criados que atendieran todas sus necesidades, un pájaro blanco de las Islas del Verano para que le hiciera compañía, sedas, plata y gemas para adornarse, y guardias para protegerla. Pero ella seguía inquieta. Quería estar más tiempo con él, le dijo, quería servirlo y ayudarlo. «Como mejor me ayudas es aquí, entre las sábanas», le había dicho él una noche después de hacer el amor, tendido junto a ella, con la cabeza reposada entre sus senos y un dulce escozor en la entrepierna. Shae no respondió nada, pero la contestación estaba en sus ojos, y en ellos pudo leer que no había dicho lo que quería oír.

Tyrion suspiró y tendió la mano hacia el vino, pero se acordó de Lord Janos y apartó la jarra.

—Al parecer, mi hermana decía la verdad en lo relativo a la muerte de Stark. Esa estupidez se la debemos sólo a mi sobrino.

—El rey Joffrey dio la orden. Janos Slynt y Ser Ilyn Payne la llevaron a cabo de inmediato, sin titubear…

—Casi como si la estuvieran esperando. Sí, eso ya lo hemos discutido sin llegar a ninguna conclusión. Fue una locura.

—Ahora controláis la Guardia de la Ciudad, mi señor, y estáis en una situación inmejorable para impedir que Su Alteza cometa más… ¿locuras? Aunque claro, también hay que tener en cuenta a la guardia de la Casa de la reina…

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