Carolina se enamora
- Автор: Моччиа Федерико
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Carolina se enamora». Краткое содержание книги:
Carolina no sólo tendrá que lidiar con este primer desengaño, que la alejará poco a poco de su infancia, sino que deberá enfrentarse a las difíciles relaciones familiares en la novela más intergeneracional de Moccia. La adolescente, como muchas otras de su generación, aprenderá a comprender las preocupaciones de su madre o a entender a su violento, aunque en el fondo adorable, hermano. Gracias a su admirada abuela, Carolina paso a paso irá averiguando qué significa crecer, hacerse adulto.
Como sus obras anteriores, Carolina se enamora, narrada en primera persona, conecta con los adolescentes, enganchados al iPod y a sus móviles. Aunque también deviene un libro imprescindible para los padres que quieran conocer qué hacen y sienten sus hijos cuando salen por la puerta de casa. Sin duda, los libros de Moccia radiografían con humor, ritmo y cascadas de emociones la juventud mediterránea de principios del siglo XXI. Los adultos del mañana.
– ¿Y si se quema?
– Basta estar un poco atenta, ¿no? Venga, que lo estás haciendo bien. Dentro de un momento añadiremos un poco del agua en la que han estado en remojo las setas. No la habrás tirado, ¿verdad?
– No, no.
– Ahora hay que echar el arroz para que se tueste.
– ¡Pero cruje!
– Debe hacerlo, déjalo unos minutos. Coge el vino blanco que está ahí, junto a la pila, en ese vaso, y échalo a la cacerola. Sube el fuego. Cuando se haya evaporado, lo apagaremos y lo dejaremos reposar durante diez minutos.
Eso es lo que más me gusta de la abuela Luci: que calcula el tiempo con gran precisión. Jamás se equivoca. Y, además, hace que todo parezca fácil y que me sienta una buena cocinera. Mientras tanto, ella ya ha metido en el horno la bandeja grande con la pizza. La ha dividido y aderezado de cuatro formas diferentes, margarita, setas, salchichas y tomate, sin mozzarella.
– Abuela, ¿cuándo aprendiste a cocinar?
– Cuando era una niña. Yo era la mayor y mis padres trabajaban juntos en una tienda de géneros de punto, de manera que a mí me tocaba dar de comer a mis hermanos. Aunque me ayudaba mí abuela, por suerte. Ella fue quien me enseñó. Ahora vuelve a encender el fuego, no muy fuerte. A partir de ahora iremos echando el caldo. Un cucharón cada vez. Y empezaremos a remover el arroz…, así haces ejercicio. Ah, y controla el punto de sal.
Pruebo, y la verdad es que parezco del oficio. La abuela me mira risueña mientras pone la mesa.
– ¡Bien! Sigue así. ¿Quieres que lo haga yo?
– No, abuela, ¡hoy cocino yo!
Se echa a reír y asiente con la cabeza. Sigue poniendo la mesa con afecto y placer, como hace siempre. En casa de los abuelos jamás falta un pequeño jarrón con llores en el centro.
La abuela siempre me hace sentirme importante. ¡Incluso me hace creer que sé cocinar! En realidad lo ha hecho todo ella, había preparado ya los ingredientes, de modo que yo me he limitado a echarle una mano.
Pasan unos minutos. No he dejado de añadir caldo y de remover el arroz. La abuela se acerca para probar.
– Mmmm, ¡muy bien! Ahora coge ese plato, ¿lo ves?, el que tiene el parmesano rallado y un poco de la mozzarella de la pizza. Eso es, apaga el fuego y añade el queso. -Lo hago-. Ahora cúbrelo con esto… -Y me da una tapa de cristal que se empaña con el vapor en cuanto la coloco sobre la cacerola-. ¡Hay que esperar cinco minutos!
– Mmmm… ¡Qué bien huele! Tengo un hambre…
– A la mesa -grita la abuela con todas sus fuerzas.
– ¡Voy! -responde el abuelo desde la habitación del fondo.
– Sí, pero a ver si es verdad… -vuelve a gritar la abuela mientras lleva los platos a la mesa-. Ven, coge eso, Caro… -La sigo con el pan-. A tu abuelo hay que llamarlo una hora antes, siempre está dibujando en su estudio; parece que el tiempo no pase para él,…
Disponemos las cosas sobre la mesa. Le sonrío.
– Se ve que le encanta…
– Sí, ¡pero luego no soporta que el arroz esté pasado, o frío! ¡No se puede estar en misa y repicando!
– Aquí estoy… Aquí estoy… ¿Ves como soy puntual?
Se sonríen y se dan un beso fugaz en los labios y yo, no sé por qué, me siento un poco cohibida y miro hacia otro lado. Luego nos sentamos a la mesa los tres, el abuelo da el primer bocado y pone cara de estupor.
– Pero si está delicioso… ¿Quién cocina así de bien?
– Ella… -respondemos al unísono la abuela y yo señalándonos.
Y soltamos una carcajada y seguimos así, disfrutando de todo lo que hemos preparado, que tiene un sabor distinto del de la comida que te sirven en el restaurante.
Cuando acabamos de comer, el abuelo se levanta. -Quietas ahí… No os mováis. La abuela Luci hace ademán de levantarse. -Mientras tanto prepararé el café.
– No, no, es sólo un instante… Vuelvo en seguida. -Y desaparece a toda prisa en el salón contiguo, del que vuelve a salir al cabo de unos segundos con su cámara de lotos en la mano-. Ya está, ya está, listo…
Coloca la cámara en un estante cercano, pulsa el disparador automático, corre hacia la abuela y nos abraza justo a tiempo. ¡Clic!
– ¡Aquí tenemos la foto de los tres con la barriga llena! -Nos abraza con fuerza-. Y ahora, Carolina, esto es para ti. Y puf…, saca un libro de detrás de la espalda. -¡Gracias, abuelo! Me mira orgulloso y radiante.
– Estoy seguro de que llegarás a ser una gran cocinera,… De modo que lo cojo, voy al salón y me echo en el gran sillón burdeos, que tiene incluso un escabel. Es comodísimo y, a fin de cuentas, la abuela no me quiere por en medio mientras friega los platos y recoge la cocina. Me ha regaladoKitchen, de Banana Yoshimoto. Lo abro.
Creo que la cocina es el lugar del mundo que más me gusta. En la cocina, no importa de quién ni cómo sea, o en cualquier sitio donde se haga comida, no sufro. Si es posible, prefiero que sea funcional y que esté muy usada. Con los trapos secos y limpios, y los azulejos blancos y brillantes.
Incluso las cocinas sucísimas me encantan.
Aunque haya restos de verduras esparcidos por el suelo y esté tan sucia que la suela de las zapatillas quede ennegrecida si la cocina es muy grande, me gusta. Si allí se yergue una nevera enorme, llena de comida como para pasar un invierno, me gusta apoyarme en su puerta plateada.
Cierro el libro y lo dejo sobre mis piernas. Desde el salón observo a la abuela mientras mete los platos en el lavavajillas después de haberlos enjuagado. Me gusta la cocina de mis abuelos porque la usan de verdad, la viven. Después llega el abuelo, se acerca a ella. Coge un vaso, lo llena de agua, a continuación dice algo y ambos se echan a reír. Ella se seca las manos en el delantal que lleva atado a la cintura y luego se atusa el pelo. Todavía tienen mucho que decirse. De manera que me sumerjo de nuevo en el libro que me ha regalado el abuelo. Eso es. Me gusta su cocina porque en ella hay amor.
12 de octubre. El profe nos ha hecho estudiar el descubrimiento de América porque es el aniversario de esa fecha. ¡Nos ha recordado que gracias a Cristóbal Colón hoy podemos comer chocolate! Y Clod, claro está, me ha hecho todo tipo de gestos desde su pupitre, desde una V de victoria con los dedos al trazado de una aureola sobre la cabeza con las manos. ¡San Cristóbal! ¡Sólo que después se lamenta porque le salen granos! Octubre es también el mes de las castañas. A veces mi madre, cuando tiene el turno de mañana y vuelve a casa a eso de las dos, sin importar lo pronto que pueda haberse levantado (¡a las seis, pobre!), se pone a hacer pan de castañas, que me gusta a rabiar. Siempre quito los piñones y me los como uno a uno antes de pasar al pan propiamente dicho. Sí, octubre es un bonito mes…, el mes del amarillo-naranja, de las primeras cazadoras que sacas del desván, y en el que esperas que llegue Halloween. Aunque también es el mes que precede a noviembre, que, en cambio, aborrezco.
En cualquier caso, me paso toda la tarde conectada al Messenger, hablando con Clod y Alis sobre Filo.
Clod no tiene ninguna duda; «Pero ¿por qué no lo besaste? Está como un tren y. además, es realmente simpático, ¡fue el primero que personalizó un microcoche! ¡Mucho antes que Gibbo!»
Alis, en cambio, opina justo lo contrario: «Así me gusta, que sufra, que luego se aprovechan. ¿Qué se ha creído? Se trata tan sólo de una competición entre chicos: si no hubieses besado a Gibbo, ¿crees que se habría interesado por ti?»
¡Ésa debe de ser la segunda ley de Alis! En fin, toda una serie de valoraciones que no van muy lejos. En parte porque yo, por mi lado, respondo al vuelo tratando de explicar mi postura a las dos: «¡Aparte de que hace un año ya me pidió que lo besara!»
«Sí, sí, de acuerdo -me responden Alis y Clod-, pero ahora ¿qué piensas hacer? ¿Que riñan?»
«¿Estáis locas? ¡Como si yo besase por caridad!»
«Vamos, pero si es genial…»
«No digo que no sea genial, el problema es que ahora yo sólo pienso en Massi.»