Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Deja en paz al diablo
Deja en paz al diablo - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Deja en paz al diablo

Электронная книга - «Deja en paz al diablo». Краткое содержание книги:

Nada es nunca lo que parece. Y menos si David Gurney está involucrado.
Han pasado seis meses. David Gurney apenas ha conseguido reincorporarse a una cierta normalidad después de haberse encontrado al borde de la muerte tras resolver el caso más peligroso al que se había enfrentado. Madeleine, su esposa, está preocupada: ha sido diagnosticado con síndrome de estrés postraumático; nada parece alegrarle.
Hasta que recibe una llamada. Connie Clark, la periodista que creó la leyenda de superpoli, lo puso en la portada de una revista y lo catapultó a la fama, quiere pedirle ayuda. Su hija Kim está realizando un documental sobre las familias de las víctimas de un asesino en serie al que nunca atraparon, el Buen Pastor, y Connie quiere que Gurney supervise sus investigaciones y la guíe. En parte por aburrimiento y en parte por hacerle un favor a Connie, Gurney acepta.
Sin embargo, esto no será más que el principio. Incapaz de ponerle coto a su curiosidad y a su necesidad de resolver cada una de las incógnitas que se le presentan, David Gurney se verá arrastrado a una investigación para descubrir la verdadera identidad del asesino. Un asesino que es tan imprevisible como peligroso.
Si en Sé lo que estás pensando te asombró y en No abras los ojos te aterró, con Deja en paz al diablo, John Verdon consigue lo inesperado: sorprender al lector a cada página hasta dejarlo sin aliento.
1 ... 29 30 31 32 33 34 35 36 37 ... 110
Перейти на страницу:

Recordaba haber bajado al siguiente peldaño; entonces oyó y notó el sorprendente crujido y el escalón cedió bajo su pie. El haz de su linterna se movió en un amplio arco mientras él se protegía la cara con las manos en un acto reflejo. Sabía que estaba cayendo, que no podía detener el golpe, que iba a hacerse daño. Medio segundo después, chocó con los brazos, el hombro derecho, el pecho y un lado de la cabeza contra el suelo del sótano.

Se oyó un grito desde lo alto de la escalera. Después dos preguntas: «¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?».

Por un momento, Gurney se había quedado aturdido, incapaz de responder. Luego, por algún lugar, no sabía procedentes de dónde, oyó lo que parecían las pisadas de unos pies que corrían, que tal vez chocaron con una pared, que tal vez tropezaron y corrieron otra vez.

Había tratado de moverse. Pero el susurro, tan cercano, lo había detenido.

Fue un sonido febril, más animal que humano. El silbido de aquellas palabras era como vapor que escapara entre unos dientes apretados.

El impacto fue tan desconcertante que apenas recordaba cuánto tiempo había transcurrido -¿treinta segundos?, ¿un minuto?, ¿dos?, ¿más?- antes de que Kim regresara con su minilinterna, cuya luz era más brillante que cuando la había empleado para examinar el arcón.

La chica empezó a bajar por la escalera al mismo tiempo que él se levantaba con dificultad. Un dolor intenso le recorría desde la muñeca hasta el codo. Las piernas le temblaban. Gurney le dijo a la chica que se quedara donde estaba, que solo iluminara la escalera. Se acercó lo más deprisa que pudo. Por el mareo casi perdió dos veces el equilibrio. Cogió la linterna de Kim, se volvió y examinó el suelo del sótano.

Bajó dos escalones más y volvió a iluminar el suelo. Otros dos escalones… y por fin consiguió iluminar el espacio completo del sótano: suelo, paredes, columnas de soporte de acero, vigas del techo. Seguía sin haber rastro de la persona que le había susurrado. No había nada patas arriba o en desorden, ningún movimiento que no fuera el de las sombras siniestras de las columnas que se desplazaban a través de las paredes de bloques de hormigón cuando inclinaba la pequeña linterna.

Desconcertado y con cierto alivio, descubrió que no había huecos, escondites o rincones oscuros donde un hombre pudiera esconderse de la luz. Al margen del arcón, el sótano no ofrecía ninguna oportunidad aparente para ocultarse.

Le preguntó a Kim -que mantenía un silencio nervioso, asomada en lo alto de la escalera- si había oído algo después de que él hubiera caído.

– ¿Como qué?

– Una voz…, un susurro…, ¿algo parecido?

– No, no. ¿Qué quieres decir? -preguntó la chica, un tanto alarmada.

– Nada, solo… -Negó con la cabeza-. Probablemente solo estaba oyendo mi propia respiración. -Luego preguntó si el ruido de pisadas que corrían lo había provocado ella.

Kim dijo que sí, que probablemente sí, que seguramente corrió, al menos pensaba que lo había hecho, tal vez se había tropezado con las prisas. En realidad no podía recordarlo por el pánico. Puede que hubiera ido a tientas hasta el dormitorio, para coger la linterna que guardaba en la mesita de noche.

– ¿Por qué lo preguntas?

– Solo para comprobar algo -respondió él vagamente.

No quería hablarle sobre la posibilidad de que el intruso hubiera subido por la escalera, desde el sótano, mientras Kim iba de camino a su dormitorio, de que se hubiera aprovechado de la oscuridad para ocultarse. No quería decirle que quizás en algún momento el intruso había estado a unos centímetros de ella y que tal vez había pasado por su lado para salir de la casa.

Sin embargo, al margen de adónde hubiera ido, al margen de cómo podría haber salido -suponiendo que no estuviera escondido en el arcón-, ¿qué sentido tenía todo aquello? Para empezar, ¿para qué estaba en el sótano? ¿Sería Robby Meese? Era posible, desde luego, pero, en tal caso, ¿qué pretendía?

Gurney no dejaba de darle vueltas a todo eso mientras permanecía al pie de la escalera, iluminando el arcón con la linterna, tratando de decidir qué hacer.

En lugar de averiguar qué contenía el arcón sin más luz que la que tenía en la mano, llamó a Kim para pedirle que accionara el interruptor que estaba en lo alto de la escalera, aunque sabía que no habría ninguna diferencia inmediata. Enfocando con el estrecho haz de luz alternativamente al arcón y al cuadro eléctrico principal, Gurney se acercó hasta la caja gris. En cuanto abrió la puerta metálica, vio que el diferencial principal estaba en posición de apagado. Subió la palanquita de plástico.

La bombilla desnuda del techo del sótano se encendió. Lo que sonó como un motor de nevera empezó a zumbar arriba. Oyó que Kim decía: «Gracias a Dios».

Gurney miró a su alrededor: no había más escondite posible que el arcón.

Se acercó a él. Las ganas de descubrir la verdad se impusieron a su miedo. Decidió que era mejor no levantar la tapa, sino volcar el arcón. Lo agarró y tiró hacia un lado. Estaba vacío, así que no le costó nada. Lo abrió de una patada.

Kim estaba a medio camino de la escalera, observando, como un gato asustado. Su mirada se detuvo en el escalón roto.

– Podrías haberte matado -dijo, con los ojos muy abiertos, como si acabara de reparar en ello-. ¿Se ha roto sin más?

– Sin más -dijo él.

La chica, horrorizada, examinó el escalón. Gurney descubrió algo ingenuo en su gesto, algo que le provocó ternura. Aquella chica que estaba preparando un ambicioso documental sobre el impacto terrible del asesinato parecía sorprendida por la idea de que la vida pudiera ser peligrosa.

Siguiendo su mirada, él también se fijó en la madera rota. Reparó en que alguien había serrado el escalón por ambos lados, algo que a ella le había pasado desapercibido.

Cuando se lo señaló a Kim, ella torció el gesto con aparente perplejidad.

– ¿Cómo puede ser?

– Otro pequeño misterio.

Tendido en su cama, mirando al techo y masajeándose el brazo en un esfuerzo vano por hacer menguar el dolor que sentía, intentaba recordar cualquier detalle de la noche anterior.

Aquel escalón serrado debía de ser cosa del intruso del susurro; Kim era probablemente la víctima elegida; y quizás él se había interpuesto en su camino.

Preparar una trampa serrando un poco uno de los peldaños parecía tan de película que costaba pasar por alto este detalle. Las marcas de la sierra, fácilmente detectables, dejaban claro que aquello no había sido un accidente. Era tan obvio, que se podía deducir que las marcas en sí estaban hechas para ser descubiertas. En ese sentido, formarían parte de la advertencia.

Quizá también elegir un peldaño de los últimos de la escalera fuera una suerte de aviso. Tal vez había querido darle un susto, para que tuviera una mala caída, pero no tan mala como podría haber sido desde un peldaño superior. No una caída fatal. Todavía no.

El mensaje implícito podría ser: «Si no haces caso de mis advertencias, las próximas serán más violentas. Más dolorosas. Más letales».

Pero ¿de qué estaban avisando a Kim? La respuesta obvia debería proceder de su documental sobre los asesinatos, porque era lo más nuevo e importante de su vida. Quizás el mensaje era: «Para, deja de hurgar en el pasado, o las consecuencias serán terribles. Hay un diablo enterrado en el caso del Buen Pastor, y será mejor que no lo despiertes».

¿Significaba eso que el intruso estaba relacionado con la historia del Buen Pastor? ¿Era alguien con mucho interés en que las cosas se quedaran como estaban?

¿O todo era cosa, como Kim había insistido, de Robby Meese?

¿Resultaba creíble que todo lo que le había pasado y que había turbado su paz se debiera a aquel exnovio patético? ¿Tan amargado se sentía por el final de su relación con Kim? ¿De verdad todo -las veces que habían entrado en su casa, las bombillas aflojadas, los cuchillos desaparecidos, las manchas de sangre, el cuchillo en el arcón del sótano, el peldaño serrado, incluso el susurro demoniaco- podía tener su origen en unos simples celos? ¿Era todo por puro despecho?

1 ... 29 30 31 32 33 34 35 36 37 ... 110
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)