El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]
- Автор: Черри Кэролайн Джэнис
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-7735-856-7
- Переводчик: Albert Sole
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]». Краткое содержание книги:
Una saga espacial que moderniza lo mejor de la clásica space opera y que da inicio a una tetralogía que hará historia dentro del genero.
—No entiendo todo. Tú pide. Yo hago.
—Vamos —dijo Pyanfar, impaciente, haciendo un gesto con la mano a Chur.
Chur se puso en movimiento y Tully la imitó, como si confiara ciegamente en ella. Pyanfar torció el gesto y les precedió hasta la esclusa, preguntándose mientras si el personal de la estación tendría detectores y si, yendo a donde iban, habría algún modo de pasar un arma oculta. Acabó decidiendo que por arriesgada que pudiera ser la situación, sería mejor no intentarlo.
Junto a la rampa se encontraron con un obrero mahe que se escabulló a toda prisa nada más verles, probablemente para avisar a sus superiores. Los mahendo’sat parecían algo nerviosos y mantenían una vigilancia tan cortés que casi resultaba imperceptible, pero que existía sin lugar a dudas. Pyanfar se dio cuenta de ello igual que Chur y Tully contempló con cierto temor el repentino movimiento causado por su aparición. Les dijo algo pero ahora el traductor resultaba inútil al estar fuera del alcance de transmisión de la nave y Pyanfar se limitó a tocarle el hombro con la mano, intentando calmarle, y manteniéndole en movimiento.
—Es sólo una precaución —dijo con voz tranquila, desviando los ojos hacia la rampa que daba acceso a la Luna Creciente, donde se encontraba una observadora capaz de darles muchos más problemas: una tripulante hani—. Será mejor que nos ocupemos antes de ese asunto —le dijo Pyanfar a Chur, desviándose en diagonal de su curso anterior y atravesando los transportes donde se amontonaban los recipientes de la Luna Creciente.
De pronto vieron aparecer a otra tripulante, evidentemente llegada a toda prisa: con los ojos clavados en ellas y los pies firmemente plantados en la rampa parecía un reflejo de la primera figura. Pyanfar se detuvo a cierta distancia y esperó, haciéndole una seña con gran disimulo a Chur, que se adelantó hacia la rampa.
La conversación posterior se mantuvo en un tono de voz demasiado bajo como para que pudiera oírla: no advirtió demasiada amistad en los rostros de las tripulantes, pero tampoco percibió una declarada mala voluntad. Chur volvió de la rampa caminando sin prisas pero sin entretenerse, con las orejas gachas.
—Su capitana está durmiendo —le informó—. Nos han propuesto subir a la Orgullo cuando haya terminado la siesta. Quieren una respuesta, capitana.
—Bueno, no tengo por qué dársela. No me dijeron nada de eso por el comunicador. Dejemos que venga ella, será mejor. —Se volvió sin mirar a las otras dos tripulantes y, poniendo la mano en el hombro de Tully, le guió fuera del dique.
Y, aunque fuera verdad que la capitana Tahar estaba durmiendo, su reposo duraría solamente lo que tardaran en volver a bordo esas dos orejas rasgadas para informarle de que la capitana Chanur tenía un compañero de especie desconocida y que se dirigía hacia las oficinas de la estación. La capitana Tahar había caído en la trampa de su propia arrogancia y Chanur, como si el responder a un insulto con otro estuviera por debajo de su dignidad, se limitó a marcharse. Exageró un poco más el contoneo de sus pasos en beneficio de las tripulantes y de los obreros mahe, que no habían perdido detalle de la escena y algunos de los cuales ya se dirigían presurosamente a informar a sus superiores o a reunirse con sus camaradas, formando un pequeño grupo de siluetas casi desnudas y de oscuro pelaje.
—Se han dado cuenta de todo —dijo Chur.
—No importa. —Pyanfar, con las manos a la espalda, si guió andando un poco por delante de Chur y Tully: una capitana hani de elevada estatura vestida de rojo, una tripulante hani de menor talla vestida con el traje azul de faena y, como improbable tercer miembro del grupo, un Extraño de imponente tamaño y anchos hombros con la piel carente de vello y una magnífica melena dorada, una silueta que era imposible no percibir al instante. Pyanfar sintió que la sangre se le agolpaba en las venas y tuvo que apretar los labios al ver que el muelle empezaba a llenarse de gente, en una cantidad muy superior a la de obreros trabajando normalmente en el lugar. Mahendo’sat, obreros, mercaderes, mineros y sólo los dioses sabían qué más; un grupito de stsho, destacando con sus pálidos colores apastelados entre los demás, con sus blancos ojos redondos y grandes como lunas, apretándose las manos unos a otros y hablando con aire de gran inquietud. En cuanto a los kif, de momento no había ni rastro de ellos, pero los rumores no tardarían en atraerlos, de eso estaba segura, Cómo le habría gustado tener ahora el arma que había estado pensando coger.
Llegaron al ascensor y apretaron el botón, con los mahe retrocediendo para dejarles paso y agrupándose de nuevo a su alrededor a la menor oportunidad, escuchando ya el estruendo que formaba toda aquella muchedumbre hablando a la vez.
—Capitana —le preguntó un mahendo’sat—, ¿de qué criatura se trata?
Pyanfar se volvió hacia él con una sonrisa forzada en la que no había ni un átomo de paciencia y los mahendo’sat que conocían un poco a la especie hani se apresuraron a retroceder unos pasos. Pero en el continuo rugido de la multitud había también una especie de humor satisfecho ante la expectativa creada y el revuelo. El ascensor llegó por fin, y media docena de sorprendidos mahe decidieron salir de él, ya fuera éste o no el piso al que se dirigían. Apenas hubieron dejado libre la entrada Pyanfar cogió a Tully por el brazo y le metió dentro. Chur esperó a que ella entrara y luego se metió en la cabina, dando la cara a la multitud. La puerta tardó unos segundos en cerrarse como esperando a que, si alguien así lo decidía, tuviera tiempo de acompañarles en la subida, pero nadie más entró en el ascensor.
La puerta acabó cerrándose y el ascensor salió disparado hacia arriba. Pyanfar soltó por fin el brazo de Tully y le puso la mano en el hombro, dispuesta a no perder ni un segundo cuando llegara el momento de salir. Tully estaba sudando pese a lo frío de la atmósfera. Chur, al otro lado, le dio unos golpecitos en el brazo. El ascensor hizo una parada intermedia pero quienes lo estaban esperando decidieron no entrar, contemplándoles con ojos asombrados; unos momentos después, el aparato se puso de nuevo en marcha.
—Amigos —dijo Tully con voz nerviosa, rebuscando entre su escaso surtido de palabras hani.
—Mahendo’sat y stsho —contestó Pyanfar—. Amigos, sí.
El ascensor se detuvo por segunda vez revelando ahora un pasillo bastante menos concurrido en el complejo de oficinas. La presencia de Tully mientras cruzaban la sala fue dejando un asombrado reguero de empleados mahe.
De pronto Tully se detuvo en seco. Un kif salió de las oficinas que tenían delante y se les quedó mirando, una silueta anónima envuelta en ropas de color gris con el acostumbrado rostro lúgubre y entristecido de su especie. Pyanfar cogió nuevamente a Tully del brazo, escondiendo las garras al ver cómo éste daba un respingo pero consiguiendo ponerle otra vez en marcha gracias al pinchazo. Pasaron junto al kif y éste se volvió para no perderles de vista. Pyanfar no hizo nada pero Chur, siendo tripulante y no debiendo cargar con el peso del rango, se le encaró ferozmente, con las orejas planas y los labios retorcidos en una mueca salvaje. El kif siguió mirándoles. Pyanfar empujó a Tully a través de las puertas de la oficina y sólo entonces se volvió a mirar. Pero el kif ya había proseguido su camino, con la túnica revuelta por lo rápido de su paso: Chur, con las orejas aun pegadas al cráneo, se reunió con ellos dentro de la oficina de registro. Tully apestaba a sudor y las venas destacaban claramente en sus brazos. Pyanfar le dio unos golpecitos en el hombro y examinó la oficina, que resultaba más bien chillona en cuanto a colorido, volviéndose finalmente hacia un grupo de oficiales mahendo’sat que parecían haberse quedado helados, la mayoría se encontraba de pie.