El Club De Las Chicas Temerarias
- Автор: Rodriguez Alisa Valdes
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Club De Las Chicas Temerarias». Краткое содержание книги:
Vicepresidenta de una importante compañía, Usnavys es un divertido ciclón negro, Sara es una modélica madre y la esposa de un abogado y respetado miembro de la comunidad judía, Elizabeth es copresentadora de un programa de televisión matutino y portavoz nacional de una organización cristiana, Rebecca es sencillamente perfecta, la creadora de Ella, la revista de la mujer hispana más popular del país, Amber, cantante y guitarrista de rock, espera su gran oportunidad, y Lauren es la redactora más joven y la única hispana del diario Gazette. ¡Son las temerarias!
Pegué dos judías rojas secas en el auricular de mi teléfono, y al lado puse una Barbie rapada con pinturas de guerra en la cara. En el panel que me separa de los escandalosos y flatulentos de deportes he pegado las inevitables fotos con Ed sonriendo con cara de bobo. Junto a las fotos, una lista de los principales hombres (sí, todos hombres) de negocios latinos de la parte de Boston, hombres que, hasta que empecé a trabajar en el Gazette, centraron sus esfuerzos en los pobres y tendenciosos medios de comunicación en español, convencidos de que al Gazette no le interesaba lo que se estaba cociendo. Tenían razón. Pero ahora que estoy aquí, el Gazette tiene que guardar las apariencias. Igual que yo.
Por culpa de esa gran charada que yo llamo carrera, me estoy preparando para la reunión que estoy a punto de tener con el idiota de mi editor, Chuck Spring. Intentaré convencerle de que autorice una columna sobre la enemistad entre dominicanos y puertorriqueños.
Ha pasado menos de un minuto desde la última vez que pulsé el botón de recuperación de mensajes pendientes en la pantalla del ordenador. Una sola palabra: «Entra», es lo que Chuck escribe cuando quiere discutir conmigo una idea para un artículo. O al menos eso es lo que nos envía a Iris y a mí, la otra columnista de la sección «Estilos de Vida». Cuando escribe a Jake o a Bob es bastante más amable. Claro, Jake es hombre, se graduó en Harvard, alma mater de Chuck, y son miembros de la misma hermandad. Para aquellos que no estén familiarizados con este tipo de clubes, les diré que fueron declarados ilegales por la universidad por no admitir mujeres. En algunos casos, ni siquiera permiten que las mujeres se acerquen a la entrada de la sede a no ser que lleguen discretamente escondidas en una tarta gigante. En cualquier caso, las hermandades siguen vivas, tan sólo se han alejado varias manzanas del campus de la universidad para eludir vigilancias. Chuck sigue llevando su chaqueta secreta rosa de un solo botón a juego con la corbata secreta a rayas los días que tiene reunión secreta al salir de la oficina. Todos llevan el uniforme. Los colores de la banda.
Sus colegas del Gazette ven a Chuck como a un hombre con la inteligencia de un hámster recién nacido. Pero tiene buenos contactos, así que nadie que aprecie su carrera se mete con él. Es el ahijado del dueño. Procede de una vieja familia de Nueva Inglaterra de las que van al Vineyard para cambiar cuando el Nantucket se vuelve insoportable. Después de un par de años charlando con él, la palabra más suave que me viene a la cabeza es endogamia. En las fotos de familia que tiene en el despacho todos se parecen a él, hasta su mujer. Cabezas cuadradas, ojos pequeños, el pelo de un color que no es exactamente un color, y cuerpos flacuchos enfundados en chaquetas de punto. Una vez me encargó, sin una pizca de humor, que escribiera un artículo sobre los emigrantes mexicanos que había visto trabajando en las plantaciones de tabaco cuando iba a Berkshires (sí, hay plantaciones en Massachusetts).
– Quiero que te infiltres ahí, Fernández, que vivas su vida. Descubre lo que les motiva, lo que les fastidia. Averigua qué cantan por la noche en el fuego del campamento.
Me atrevo a decir que esperaba que esos hombres maltrechos de Zacatecas se dieran la mano, después de dejarse la espalda trabajando, para cantar Kumbayá, como hacía él en el campamento de verano episcopal cuando era un joven prometedor y sanote.
Cuando llego a su oficina, Chuck está recostado en su silla con los pies en la mesa y el teléfono pegado a la oreja. Lleva calcetines desparejados porque es daltónico. Los mocasines tienen centavos de adorno. Se ríe de forma nerviosa y escandalosa, como siempre, como si tuviera seis años y acabara de meter algo viscoso en el brick de leche de su amigo. Jo, jo, jo. Ji, ji, ji.
Me concentro en un portadisco compacto que hay junto a la puerta. Hay más de un Boston Pops. Chuck me dijo una vez, todo serio, que Keith Lockhart, del Boston Pops, era el personaje más célebre de la ciudad. Sonreí y asentí, porque mencionarle a todos los atletas y músicos pop era una pérdida de tiempo. No lo habría pillado. Cuando Kurt Cobain se metió un rifle en la boca y disparó, Chuck preguntó quién era, y eso porque salía en un artículo de The Washington Post. Cada vez que llega una nueva becaria, Chuck intenta embarcarla para cubrir una falsa historia sobre un grupo de jóvenes llamadas «LHG», siglas que, jura, corresponden a «Lesbianas Hasta Graduarnos»; una idea que le hace mojar la ropa interior, así que no puede olvidarla porque, además, leyó sobre ello en la revista Details y por lo tanto cree que es verdad, a pesar de que cada periodista que ha investigado ha vuelto iguaclass="underline" ni rastro de las LHG.
Hasta que Keith Lockhart (quien, por cierto, se parece bastante a Chuck Spring y a su mujer) no salió con pantalones de cuero en la portada de su tardío álbum latino, Chuck no descubrió quién era Ricky Martin. Ahora va por ahí, con años de retraso, cantando Living la vida loca, sólo que no puede pronunciar «vida» ni decir «loca», y acaba cantando «Livin Evita Locua».
Chuck ha dejado de reírse y repite incansablemente «hummm, hummm», asintiendo furiosamente, aunque nadie le mira, y yo intento por todos los medios no hacerlo. No le soporto.
Me vuelvo dudando si marcharme o no, y me acerco un par de pasos a la puerta. Examino el fax de fuera. Saludo a la secretaria. Me chupo el labio superior. Silbo.
Miro a la mesa donde están sentados los estudiantes en prácticas de Emerson College y de Northeastern University. Se supone que están clasificando el correo y haciendo transcripciones, pero parece que fundamentalmente se dedican a hacer llamadas personales de larga distancia con cargo al Gazette. La chica con el piercing en la nariz y falda larga grita al teléfono y repite lo mismo una y otra vez. Me hace una señal para que me acerque. Accedo, porque no tengo otra cosa que hacer. Chuck, mientras, ha empezado otra vez a reírse como un asno. Sus piernas parecen de goma.
– Usted es Nicole García, ¿verdad? -pregunta la estudiante.
– No, soy Lauren Fernández -respondo.
Es la millonésima vez que alguien del edificio me confunde con la otra hispana que trabaja aquí, una escritora culinaria gorda de mediana edad que sólo aparece de noche para garabatear sobre brócolis y nueces, dejando un rastro de patatas fritas gourmet que llega hasta el aparcamiento.
– Lo siento -dice la estudiante ruborizándose-. Pero hablas español, ¿no? -pregunta.
Asiento, pero me siento culpable. No es exactamente mentira, ¿verdad?
Cojo el auricular y cuando pego la oreja escucho el sonido ambiente de coches pitando.
– ¡Boston Gazette! -grito.
– Eeh, sí, con Lauren Fernández favor por.
– Soy Lauren -contesto, haciéndole saber que soy la mujer que busca.
«Décimo grado, el señor James, español de segundo, primer piso, Escuela Benjamín Franklin, calle Carrollton, cerca del arco gire a Saint Charles. Yo soy, tú eres, él es, ella es, nosotros somos, ellos son. Yendo al Burger King después del colegio con Benji y Sandi para comprar patatas fritas, cogiendo el tranvía hasta el Esprit, gastando nuestro sueldo de canguros en monederos de plástico y calzado de lona. Caminando a Jax y comprando chocolate, mirando al río, ligando con los chavales criollos que llevan camisetas de rugby y están guapísimos. Yo soy, tú eres, él es… ¿cómo sigue?, ¿vosotros? ¿Se sigue utilizando esa palabra?»
La persona que hay al otro lado de la línea empieza a gritarme a toda pastilla en español. No entiendo gran cosa, pero me da la impresión que no le gustó el artículo sobre el sexismo del desfile del día de Puerto Rico.
– Escriba una carta al director -sugiero.