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Los Caminantes

Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:

Los Caminantes es un desgarrador relato que recoge los últimos días de la civilización tal y como la conocemos. Tras sobrevivir a la sobrecogedora pandemia que hace que los muertos vuelvan a la vida, los supervivientes se enfrentan al reto de llegar al final de cada día. La novela narra con un lenguaje visual y directo como los destinos de estos supervivientes se entretejen en torno a un misterioso personaje: El Padre Isidro.
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
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Eso le decidió. Corrió la distancia que le separaba de las dos chicas y pasó por delante de ellas para asomarse a las escaleras. Allí se encontró de frente con una de esas cosas, vestida con una sucia camisa gris y unos vaqueros. Faltaba gran parte de su pelo ralo y rizado, y en su lugar la piel se hallaba contraída y enrojecida como si hubiera sufrido una aparatosa quemadura. Detrás suya subía desmañadamente otro de los zombis. Le miraba con ceñuda preocupación con su único ojo sin pupila. Y detrás de éstos había un tercero, y un cuarto, y aun más… Subían en confuso tropel por las escaleras. "Son los muertos", pensó; "los muertos han entrado, han entrado". Pero vio algo más. Recostado contra la pared, a un lado, había un hombre. Supo enseguida que no era uno de los muertos vivientes por el brillo despiadado de sus ojos, por su sonrisa perfecta. Llevaba una machota en la mano y con la otra empujaba a los muertos hacia arriba. Le miraba a él y asentía.

Trastabilló, intentando apartarse de aquella visión enloquecedora. Su mente era un disco rayado que no parecía llegar a ninguna conclusión, encallada sin remedio en el mismo punto de la línea de pensamiento: han-entrado-han-entrado-han-entrado. El hombre de la machota, con una voz burlona pero poderosa, le sacó de su estado de shock bramando desde su posición en las escaleras:

– ¡Cuando Él abrió el cuarto sello, oí la voz del cuarto ser viviente que decía: ¡Ven! Y miré, y vi un caballo. ¡El que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades lo seguía: y les fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad y con las fieras de la tierra!

Cuando el primero de los zombis estaba ya a muy poca distancia de Roberto, Isabel lo cogió por el cuello de la camiseta y tironeó fuertemente hacia sí. Roberto se combó a un lado, caminó dos pasos y reaccionó incorporándose con rapidez. Miró a Isabel, perplejo.

– ¡ARRIBA, VAMOS, ARRIBA! -gritó Isabel. Llevaba a Mary cogida por un brazo. Ésta parecía estar fuera de sí; tenía el rostro contraído y enrojecido. Sus ojos eran ventanas a una habitación vacía: no había nadie allí que gobernase el barco.

– Pero Arturo… -dijo Roberto casi en un susurro. Corrieron hacia el siguiente tramo de escaleras y él envió a las chicas arriba, después siguió por el corredor y se asomó a la habitación de John. Primero vio el colchón, que estaba ahora caído en el centro de la sala. Tenía una gran mancha de color oscuro que era casi tan grande como ancho era. Tumbado encima del colchón estaba Arturo, con los pies sobre el suelo. Una de las piernas se sacudía con febril agitación, como aquejada de involuntarios espasmos. Se agarraba el cuello con ambas manos y miraba el techo con una mueca de dolor en el rostro. De allí manaba abundante la sangre, que teñía sus manos y su pecho. Parecía querer decir algo, pero de su boca sólo salían pompas de saliva con tintes rojos. John estaba de pie, a su lado, tenía la boca bañada de sangre y le miraba. Su postura era animaclass="underline" ambos brazos en actitud amenazante con los dedos trocados en garras despiadadas, las piernas flexionadas y el cuerpo ligeramente adelantado.

Roberto gritó:

– ¡JOHN!

El muerto viviente se volvió tan rápidamente que el mejicano se sorprendió. Notaba cómo el terror que había experimentado hacía pocos segundos se estaba convirtiendo en un torrente de furia. Apretó los puños. La adrenalina tensaba todos sus músculos.

Fuera, en el pasillo, el hombre del monumental mazo gritaba: "¡Ahora todo lo hago nuevo; yo soy el Alfa y la Omega!". Roberto, a punto de lanzarse sobre John para derribarlo a golpes, se contuvo en el último momento. Tenía que pensar en Mary… tenía que pensar en Isabel. Echó un rápido vistazo a Arturo. Su mano caía desmayadamente a un lado en ese momento. Su rostro estaba fláccido, un pequeño caudal se sangre se escapaba por la comisura de su boca y se deslizaba tímidamente hasta su cuello.

Salió corriendo, batiendo el suelo con una nueva e inesperada energía. Casi podía sentir a John, persiguiéndole. Los muertos vivientes habían invadido ya la mitad del corredor. Aquel hombre demencial que los dirigía seguía empujándolos hacia delante. "Jesús… lleva sotana", pensó Roberto, fijándose por primera vez en su ropa.

Trepó con rapidez por las escaleras. Los muertos parecían estar reaccionando a sus carreras; estaban excitándose y ganaban velocidad con cada movimiento. Sus pasos eran más rápidos, proferían ininteligibles gruñidos cada vez con mayor frecuencia, y le miraban directamente a él mientras alargaban las manos crispadas.

– ¡Raza de víboras! -decía el sacerdote-. ¡¿Cómo escaparéis al Juicio Divino?!

En ese momento, Roberto dio un traspiés y cayó sobre los escalones. La rodilla derecha estalló con una explosión de dolor punzante e intenso. Cerró los ojos unos segundos, intentando controlar la sensación de quemazón pulsante, y después pudo mirar hacia atrás para ver quién le perseguía. Allí estaba ya John, alargando una mano para cogerle del pie.

El mejicano reaccionó con rapidez: contrajo la pierna sana y le propinó un fuerte golpe. Fue como golpear una almohada, John no acusaba dolor. Le cogió del pie y tiró hacia sí, buscaba su carne con su boca muerta. Pero Roberto, viéndose preso, sacó fuerzas para dirigirle una serie de patadas. La cadencia pasmosa con la que le lanzó la tanda de golpes consiguió librarle de la mano que lo atenazaba. Justo a tiempo, ya llegaban los otros. Sus miradas enloquecidas le imprimieron nuevas fuerzas para incorporarse y salir corriendo.

– ¡MARY! -llamó, corriendo por el rellano y mirando todas las puertas a su alrededor.

– ¡Arriba, Roberto! -llamó Isabel-. ¡En la azotea!

– ¡Estamos jodidos! -dijo Roberto fuera de sí cuando llegó arriba. Isabel cerró la puerta de metal cuando su amigo hubo cruzado.

El pestillo quedaba del otro lado, pero no pensaban que un pestillo hubiera resultado de mucha ayuda, de todas formas. Siempre habían pensado que resistirían contra muertos vivientes sin cerebro, incapaces de resolver problemas simples como un pestillo, o una puerta cerrada por unas trancas de hierro, pero se enfrentaban ahora a un dilema nuevo, desconocido.

– ¡Es un hombre! -dijo Roberto-. ¡Ha echado abajo la puerta del portal con un mazo y ha traído esas cosas hasta nosotros!

– ¿C-cómo vamos a salir de aquí? -preguntó Isabel, mirando alrededor. El cielo estaba encapotado, pero el día era luminoso. A su alrededor se extendían los tejados de la ciudad, separados por los insalvables abismos que eran las calles.

Roberto miró a Mary. Miraba al suelo con la cabeza inclinada, como quien examina un difícil jeroglífico. Estaba apagada, se había rendido. El mejicano giró sobre sí mismo… allí no había nada que pudieran usar, y desde luego no había ninguna salida a ninguna parte. Estaban atrapados.

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