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El Prisionero Enmascarado

Электронная книга - «El Prisionero Enmascarado». Краткое содержание книги:

A la muerte de su esposo en duelo con François de Beaufort, Sylvie, duquesa de Fontsomme, jura no volver a ver nunca a éste y se retira a las propiedades de su familia a criar a su hija 1tilarie y al pequeño Philippe, el secreto de cuyo nacimiento guarda celosamente. Entre los amigos que la visitan está Nicolas Fouquet, que se ha convertido en superintendente de las Finanzas del reino.Es entonces cuando el joven rey Luis XIV, que no olvida, ordena a Sylvie que se incorpore a la corte en Saint-Jean-de-Luz: va a casarse con la infanta Marie-Thérése y ella debe formar parte de las damas de la nueva reina. Durante las fiestas de celebración de la boda tiene la oportunidad de sacar de una situación comprometida a un mosquetero enamorado pero pobre, y ello le vale la amistad de D`Artagnan.. .De nuevo en París, no puede evitar a Beaufort, que parece haber recuperado el favor real, y que también ha trabado amistad con el superintendente. La ayuda de ambos resultará inestimable al sobrevenir un peligro que amenaza la vida del pequeño Philippe. Para colmo, Fouquet cae en desgracia, y el vengativo ministro Colbert se dedica a perseguir a los amigos del vencido.El peso de los secretos de Estado se hace sentir de nuevo. ¿Guardará el último de ellos una esperanza de felicidad para Sylvie?
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De modo que Luis XIV tiene una fuerte prevención contra su ministro cuando, mediada la tarde del 17 de agosto, su carroza escoltada por mosqueteros y guardias franceses cruza la alta verja dorada del castillo de Vaux-le-Vicomte y avanza por la ancha avenida arenosa de la que un ejército de oficiosos sirvientes ha hecho desaparecer el menor guijarro… El efecto sorpresa es totaclass="underline" ante la magnificencia del castillo y sus jardines, surgidos de repente de los bosques que los disimulaban hasta entonces, Luis XIV retiene la respiración y, mientras la larga fila de coches avanza, contempla casi incrédulo los parterres floridos, el agua que brota de las fuentes -estamos en plena canícula-, las estatuas y la arquitectura audaz y majestuosa, tan nueva, del edificio.

Y he aquí que el propio Fouquet espera al rey al pie de la escalinata, mientras su mujer va a colocarse junto a la portezuela de la reina madre. María Teresa, debido a su embarazo que el calor hace particularmente penoso, no ha podido venir, pero Sylvie, invitada particular de los Fouquet, ha ido a reunirse con su amiga Motteville. Lo que ve la sobrecoge: el superintendente ha tirado la casa por la ventana para que la fiesta y el esplendor del castillo sean inolvidables, y eso es realmente demasiado para un rey joven, escaso con frecuencia de dinero y que todo lo observa con mirada rencorosa.

Después de los refrescos, Fouquet enseña a sus invitados el parque de las mil cien fuentes, y luego un huerto que no tiene rival en el mundo. Mucho después Luis XIV creará algo mejor aún en Versalles, y sin embargo podrá oírsele decir a sus cortesanos: «Sois demasiado jóvenes para haber comido los melocotones del señor Fouquet.»Vuelven luego al castillo y se sientan a la mesa. Mientras Fouquet y su esposa sirven al rey y a Ana de Austria en una vajilla de oro los manjares más delicados preparados por Vatel, los invitados encuentran a su disposición treinta bufetes cargados de vituallas y de los vinos más finos. El rey devora primero, luego su apetito cede y se queda ensimismado, mientras su madre finge desdeñar lo que le ofrecen.

Finalizada la cena, se trasladan al teatro al aire libre montado cerca de un bosquecillo de pinos. Como el tiempo amenaza tormenta, los espectadores son colocados bajo una amplia tienda de damasco blanco. Se representa una comedia de Moliere, Les fâcheux (Los latosos), y algunos se preguntan si no se trata de una alusión discreta. Finalmente, unos extraordinarios juegos artificiales, obra de Torelli, iluminan el cielo estival con flores de lis acompañadas por los monogramas del rey y la reina madre, que se funden al instante en miles de estrellas. Imposible imaginar nada más galante ni más magnífico, y sin embargo Luis XIV contempla el espectáculo con frialdad. Se siente humillado al comparar esos esplendores con lo que él mismo despliega, y olvida que antes de labrar su propia fortuna Fouquet ha ayudado decisivamente a Mazarino a edificar la suya. Ese Mazarino que antes de morir le ha dado, en la persona de Colbert, el instrumento para perder a Fouquet.

— Señora -murmura a su madre-, ¿no le daremos un escarmiento a esta gente?

A las dos de la madrugada, Fouquet, pensando que el rey desea descansar, le pregunta humildemente si aceptará ocupar por esta noche la habitación fabulosa que le han preparado. Pero no, el rey quiere volver a Fontainebleau. De inmediato suenan las trompetas y, mientras los coches avanzan, todo el castillo parece arder debido a la magia de los pirotécnicos, y Fouquet acude a sostener la portezuela para su real invitado. En ese instante tiene un gesto de total desprendimiento: ofrece Vaux, sus maravillas y a todos los que han contribuido a crearlas, a ese rey que no tiene para él ni siquiera una sonrisa, que no le da las gracias por una fiesta que ha arruinado al superintendente. Rehúsa el regalo, pero conservará en la memoria los nombres de los artistas que lo han creado: Le Vau, Lebrun, Le Nôtre, además de Moliere que sin embargo pertenece aún a su hermano, y también de La Fontaine, que ha recitado unos versos tan hermosos.

Se va rumiando su cólera, con unos celos indignos de un rey que se pretende grande…

Sylvie lo ha visto todo. También ha visto la sonrisa de gato satisfecho que luce la faz pesada de Colbert. Éste huele la sangre fresca… De modo que deja que Madame de Motteville se marche sola y decide quedarse un poco más. Fouquet el magnífico conseguirá algún coche para llevarla a Fontainebleau antes de que la reina se levante. Quiere hablar con su amigo: se acerca a la pareja que, al pie de la escalinata, mira cómo la caravana real desaparece en la noche.

Madame Fouquet la ve acercarse y le ofrece una sonrisa cansada.

— Le he dicho todo cuanto podía decirle, querida amiga, pero no ha querido escucharme. Permitid que me retire; estoy muy cansada…

— No es para menos… ¡Os deseo un buen descanso! En cuanto a vos, querido Nicolas, creo que estáis loco. ¿Os dais cuenta de lo que habéis hecho? Esta fiesta demuestra de manera abrumadora, a los ojos del rey, que sois más rico y poderoso que él.

— Se invitó él mismo. ¿Podía recibirle como a un vecino del campo? Le he recibido como debía, y lo que he querido mostrarle es que puedo ayudarle a convertirse en el rey más grande del mundo.

— Habéis hecho lo que él quería. O mejor dicho, lo que quería Colbert… Mucho me temo que os quiten vuestra superintendencia y que nunca seáis primer ministro. Pero gracias a Dios aún sois procurador general, y eso os pone a salvo de lo peor. Lo sois aún, ¿no? -añadió, inquieta por la expresión sombría de su amigo.

— No, ya no lo soy. He vendido mi cargo a Monsieur de Harlay por un millón cuatrocientas mil libras… cuya mayor parte habéis visto volatilizarse con las iluminaciones, el espectáculo y los fuegos artificiales.

— ¡Dios mío! ¿Habéis hecho eso? Pero…

— Vamos, vamos -la interrumpió él en un tono que quería ser tranquilizador-, aunque el rey me apartara de la vida pública, sabría volver a ella pasado un tiempo. Y mientras tanto, repartiré mi tiempo entre este lugar, en el que me encuentro bien, Saint-Mandé, donde me encuentro aún mejor, y Belle-Isle. Ya veis que tengo en qué ocuparme.

— ¿Y si os quitan todo eso, si van… todavía más lejos?

— ¡No dramaticemos! Ya no estamos en la Edad Media ni en la época de los Valois, y yo no me llamo ni Enguerrand de Marigny ni Beaune de Semblangay. Y cambiando de tema… me alegra que os hayáis quedado, pero venid a descansar un poco. Al amanecer, mi coche os llevará a Fontainebleau.

Mientras regresaba a cumplir con su servicio al fresco de una aurora gloriosa, más alegre aún por el canto de una alondra madrugadora, Sylvie no conseguía apartar unos negros presentimientos que no disiparon los días siguientes. La corte perdió algo de su alegría. El rey estaba enfrascado en su nuevo amor, con el que se reunía en secreto — ¡el secreto no duró mucho tiempo!- en las habitaciones de su fiel Saint-Aignan. La reina sufría debido a su embarazo, y Madame se había unido ahora a ella en las molestias de una futura maternidad que la fastidiaba porque le impedía en muchas ocasiones dedicarse a los placeres que tanto le gustaban.

Poco tiempo después, una mañana el rey anunció que tenía intención de marchar en breve a Nantes, donde se reunían los Estados de Bretaña. Únicamente le acompañarían sus gentileshombres, y las reinas se quedarían en Fontainebleau. Aquella misma tarde, el capitán D'Artagnan se acercó a Sylvie al borde del Gran Canal, donde ella tenía por costumbre ir a dar un pequeño paseo con tanta regularidad como le era posible.

— He venido, madame, para daros un buen consejo. No os oculto que he dudado mucho tiempo antes de venir a veros… por mucho placer que eso suponga para mí. Pero no hace mucho salvasteis a un amigo mío, y quiero intentar devolveros el favor.

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