El Prisionero Enmascarado
- Автор: Бенцони Жюльетта
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 9788466615976
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Prisionero Enmascarado». Краткое содержание книги:
Sin embargo, nadie se atrevía aún a imaginar el inicio de un romance: era la evidencia misma que el rey se aburría con su esposa, y, como había decidido atraerse a todos los que componían la alegre corte de las Tullerías, era normal que privilegiara a quien era su principal animadora. Además, él no era el único objetivo, al menos en apariencia, de la sabia coquetería de Madame. Una coquetería lo bastante sutil para no estar dedicada directamente a él. Muy pronto fue evidente para todo el mundo que a ella le complacía el cortejo cada vez menos discreto del guapo Condé de Guiche, el favorito de su esposo, y también resultó evidente que Guiche sentía por ella una de esas pasiones que no tienen en cuenta ni el rango ni las circunstancias.
Cansado de intentar, sin el menor éxito, atraerse de nuevo a su voluble amigo, Monsieur acabó por explotar y cubrió de reproches indignados a quienes consideraba ya como culpables. Enriqueta, con una flema muy británica, se contentó con encoger los hombros y reírse en sus narices, pero Guiche tuvo la imprudencia de tratar al príncipe como lo habría hecho con un marido ofendido cualquiera. Rojo de ira, éste corrió a pedir al rey una carta sellada que habría enviado al insolente a la Bastilla por largos años; pero Luis XIV no tenía el menor deseo de apenar de esa forma al mariscal de Gramont, al que apreciaba, e intentó poner calma.
— ¡Hermano, hermano, me temo que os tomáis este asunto demasiado a pecho! Os concedo que Madame es coqueta, pero pensad que lo que quiere sobre todo es divertirse. ¡En cuanto a Guiche, le conocéis desde hace mucho tiempo! Es un bearnés de sangre caliente, y os habéis enfadado y reconciliado con él más de una vez…
— No eran más que fruslerías, y entonces estaba seguro de su amistad; pero lo que acaba de pasar es imposible de soportar. Me ha insultado, Sire, y pido al rey que le expulse.
— También me pedisteis hace poco que expulsara al duque de Buckingham, a riesgo de crear un grave incidente diplomático con Inglaterra y enemistarme con mi hermano Carlos II. Gracias a Dios tenemos una madre, y fue ella quien consiguió que se marchara… ¡sin dramas!
— Y le estoy muy agradecido, pero el caso no es el mismo. Buckingham no era súbdito vuestro, y Guiche sí. ¡Quiero que lo encarcelen!
— ¿Por qué delito? ¿Unas palabras que se le escaparon en un momento de cólera y que debe de estar lamentando de todo corazón? Eso no merece el cadalso… ni la Bastilla. ¡Vamos, hermano, calmaos! Os prometo que hablaré a Madame. En cuanto a Guiche…
— ¿Vais a dejarle seguir con ese juego de cartitas, serenatas y otras galanterías que hace que todos se rían de mí?
— Nunca permitiré que se rían de vos, hermano -dijo el rey en tono grave-. Marchará a sus tierras hasta que haya comprendido que os debe respeto.
Aquella misma noche, el Condé de Guiche se fue de Fontainebleau desconsolado, y Luis XIV se esforzó por consolar a su padre y asegurarle su amistad por la familia de Gramont. Al día siguiente, durante un paseo por el bosque, sermoneó blandamente a Madame, que, después de mostrarse irritada por las «injustas e injuriosas sospechas de Monsieur», dio las gracias a su cuñado por haber comprendido que para ella sería un alivio verse libre de un enamorado inoportuno que no despertaba ningún eco en un corazón feliz de expansionarse a los rayos de un amable sol naciente… Y los dos jóvenes, contentos al ver que se comprendían tan bien, pasaron aún más tiempo juntos, si eso era posible.
Al iniciar su servicio aquella mañana en la alcoba de la reina, Sylvie notó de inmediato que la atmósfera era tensa. Sentada en el borde de su cama mientras María Molina la calzaba, María Teresa tenía un mohín de disgusto y los ojos enrojecidos. Aparte de las primeras oraciones que murmuraba antes de levantarse, aún no había dicho una palabra.
— El rey no ha dormido con la reina -susurró Madame de Navailles-. Ha bailado parte de la noche, y el resto lo ha pasado en el Gran Canal, en góndola con Madame y los músicos italianos.
Sin contestar, Sylvie tomó de manos de un paje las jarreteras de cintas adornadas con joyas y fue a arrodillarse delante de la reina para abrocharlas alrededor de sus piernas, como lo exigía su cargo. Fue recibida con una mirada desolada.
— ¿Ha dormido mal Vuestra Majestad? -preguntó en voz baja.
— ¡No he dormido nada! -fue la lacónica respuesta.
Luego se hizo de nuevo un pesado silencio, mientras Su Majestad se sentaba en su retrete como si fuera el cadalso. Después empezó el ritual de la toilette con el ballet de pajes y camareras que traían el agua, la palangana, el jabón de Venecia y los perfumes. Ni siquiera la aparición de la primera taza de chocolate consiguió llevar una sonrisa a aquel rostro joven. Era algo completamente fuera de lo común. Por lo general, sobre todo cuando su esposo había cumplido a satisfacción su débito conyugal, María Teresa estaba alegre, se reía por cualquier cosa, y si le hacían alguna broma amable relacionada con la noche pasada, reía más fuerte y se frotaba sus manos pequeñas con aire extasiado. Nada de todo ello, en esta mañana en que un sol alegre arrancaba guiños del oro de los artesonados, del cristal de los jarrones repletos de flores, de las copas de ágata, de los candelabros de plata y los objetos de aseo de oro puro. La enana Chica fingía dormir, encogida como un ovillo entre la cama y la pared, y Nabo, el negrito que tanto gustaba a la reina, se contentaba con mirarla un poco de lejos con grandes ojos tristes.
La reina se puso su camisa, y luego la vistieron con una falda de seda blanca tan estrecha que se ajustaba a sus formas, que ahora se iban redondeando. Le pusieron después un corsé ligero de tela fina pero bien provisto de ballenas, y ajustado por medio de lazos, para afinar la cintura. Protestó, diciendo que le apretaba demasiado. Sylvie aprovechó la ocasión para aligerar un poco la tensión.
— La juventud y la delgadez habitual de la reina nos hacen olvidar en ocasiones que ahora lleva un niño y requiere cuidados especiales. El rey ha dicho esta mañana a Monsieur de Vivonne, con el que me he tropezado en el patio de honor, que como la fiesta se había prolongado más de lo previsto no había querido estorbar el sueño de Su Majestad viniendo a dormir a su lado. -De inmediato, María Teresa pareció resucitar.
— ¿Es verdad que el rey…? -… Se inquieta mucho por una salud que para él es doblemente preciosa. Así suelen obrar quienes aman mucho -dijo Madame de Fontsomme con una hermosa reverencia que fue recompensada con una sonrisa aún temblorosa.
Mientras Pierrette Dufour, la camarera francesa, peinaba los magníficos cabellos, los pajes trajeron las enaguas y el vestido, que era de seda espesa alternando los colores azul y oro; después, Sylvie colocó las joyas correspondientes en la cabeza y la garganta. Después de un último toque de perfume, María Teresa se puso en pie, hizo una reverencia a todos los que habían asistido a su toilette, tomó los guantes y, seguida por Nabo, que le llevaba el misal, corrió a la casa de la reina madre, como tenía costumbre de hacer todas las mañanas. Al llegar a los aposentos de Ana de Austria, casi se dio de bruces con Monsieur, que salía aún rojo de ira y despeinado.
— Hermana -dijo-, acabo de quejarme a nuestra madre de que a vos y a mí nos tratan muy mal, y quiero suponer que venís a recitar la misma letanía. ¡La verdad es que esto no puede seguir así! Estoy decidido a marcharme a mi castillo de Saint-Cloud como continúen tratándome igual que estos últimos días.
Y sin pensar siquiera en saludar, Monsieur se marchó como si fuera una bala de cañón, e incluso encontró la manera de dar un empellón a un guarda suizo.
Nadie pudo enterarse de lo que se dijeron Ana de Austria y su nuera pero cuando las dos mujeres fueron juntas a la capilla, seguidas esta vez por sus damas y gentileshombres -era domingo-, todos pudieron ver que María Teresa tenía de nuevo los ojos enrojecidos y que el rostro de la reina madre mostraba una expresión severa nada habitual en ella, sobre todo a una hora tan temprana de la mañana. En cuanto a Madame, no apareció. La princesa de Mónaco vino a avisar que tenía un poco de fiebre, tosía y debía guardar cama.