El Prisionero Enmascarado
- Автор: Бенцони Жюльетта
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 9788466615976
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Prisionero Enmascarado». Краткое содержание книги:
— El preámbulo me asusta.
— No menos que lo que me queda por decir. Decid a Monsieur Fouquet que no acuda a los Estados de Bretaña… o, si va, que pase sin detenerse por Nantes y vaya a encerrarse a Belle-Isle.
— Pero… ¿por qué?
— Porque el rey le hará arrestar… y seré yo el encargado, lo juraría, como estuvo a punto de ocurrir la otra noche en Vaux.
Sylvie miró espantada la alta silueta del mosquetero.
— ¿Arrestar a Monsieur Fouquet en su casa? ¿Cuando acababa de gastarse las tres cuartas partes de su fortuna en complacerle?
— Por eso mismo tuve el honor de decir a Nuestra Majestad que se deshonraría si obraba así, y que por mi parte no me sentía dispuesto a hacer un trabajo tan sucio.
— ¿Y no estáis en la Bastilla? -susurró Sylvie, atónita ante tanta audacia.
— ¡Pues no! El rey me conoce desde hace mucho tiempo. Es joven, impulsivo, y cuando está irritado es difícil hacerle entrar en razones; por una vez, se avino a reconocer que yo tenía razón y que una acción así habría sido reprobable, pero apostaría todo lo que tengo en el mundo a que, si va a Nantes, Fouquet no saldrá de allí tirado por sus propios caballos. Unos caballos, por cierto, capaces de correr mucho, porque no conozco otros más hermosos. ¡Será mejor que los utilice mientras aún está a tiempo!
Sylvie pasó su brazo bajo el de D'Artagnan y dio junto a él unos pasos en silencio.
— Al darme este aviso -murmuró finalmente-, ¿no estáis faltando a vuestros deberes con el rey?
— Nada me hará faltar a mis deberes con el rey. Si me ordena en los próximos días arrestar al superintendente, lo haré sin dudarlo, pero aún no me ha dado la orden y no hago más que comunicaros lo que pienso.
— No sé si me escuchará, pero os debo un gran, un enorme agradecimiento.
— No lo creo. Ya veis… detesto incluso la idea de que podría ver lágrimas en vuestros ojos…
Ese día, Sylvie comprendió que D'Artagnan estaba enamorado de ella.
Fouquet, tal y como ella esperaba, no quiso darse por enterado. Aunque padecía unas fiebres tenaces, quiso ir a Nantes, donde el rey le había convocado, pero hizo la mayor parte del camino en una cómoda gabarra con la que descendió por el Loira al mismo tiempo que otra en la que iba Colbert, con quien fue haciendo carreras del mejor humor del mundo. Aquella atmósfera casi amistosa convenció a Fouquet de que sus amigos se equivocaban de medio a medio. Antes de la partida, ¿no había el rey, que viajaba a caballo, enviado a Le Tellier para informarse de su salud?
En Nantes, el superintendente y su mujer -ella no se apartaba de él ni un instante desde la fiesta de Vaux- se instalaron en el hôtel de Rouge, que pertenecía a la familia de Madame du Plessis-Belliére. Fouquet se acostó, pero a pesar de ello recibió a una alegre delegación de mujeres de Belle-Isle, que bailaron para él con sus pintorescos atuendos de fiesta rojos. El rey envió a Colbert a informarse de su salud, y éste aprovechó para sonsacar al superintendente, cuya ruina preparaba desde hacía tanto tiempo, noventa mil libras «para la marina». Le anunció asimismo que al día siguiente, 5 de septiembre, habría consejo matinal en el castillo, porque el rey había decidido ir de caza.
Fouquet acudió a pesar de sus dolencias, y al salir se vio rodeado por la habitual muchedumbre de solicitantes, lo que impidió cualquier acción dirigida contra él. Fue únicamente en la plaza de la Catedral donde D'Artagnan, acompañado por quince mosqueteros, alcanzó su silla de mano y le comunicó la orden de arresto. El prisionero le dirigió una mirada de inmensa sorpresa.
— ¿Arrestado? Yo pensaba estar mejor situado en la confianza del rey que ninguna otra persona del reino… En tal caso, procurad que no haya escándalo.
— Eso depende de vos, señor -dijo el oficial con una tristeza que no pasó inadvertida a Fouquet-. Por mi parte, sabed que habría preferido no cumplir nunca esta orden.
— ¿Adonde me lleváis?
— Al castillo de Angers.
— ¿Y los míos?
— No tengo ninguna orden que les concierna.
Mientras D'Artagnan se alejaba unos pasos para dar una orden a sus hombres, Fouquet murmuró a su criado La Forêt: «A Saint-Mandé y a Madame du Plessis-Belliére.» Quería decir con ello que las personas de su casa y su amiga debían deshacerse de sus papeles personales. La Forêt, un hombre inteligente y agudo, se eclipsó, salió de Nantes a pie y se dio tanta prisa como pudo para transmitir el mensaje. Pero cuando éste llegó a su destino, ya era tarde: Colbert había tomado sus precauciones.
El 7 de septiembre, por un correo enviado al canciller Séguier y otro a la reina madre, se supo en Fontainebleau lo que acababa de ocurrir en Nantes. Sylvie, espantada, se valió del primer pretexto que se le ocurrió para abandonar su servicio, y dejó a María Teresa doliente, tendida en un sofá, en compañía de Chica, que cantaba para ella, y de Nabo, que le daba aire con un enorme abanico de plumas de avestruz azules. Corrió a los aposentos de la reina madre, esperando encontrarla tan desolada como ella misma lo estaba. Desde que había llegado al poder, Fouquet la había servido con abnegación y lealtad, incluso y sobre todo en los duros tiempos de la Fronda. Era también el hombre de confianza de Mazarino, al que ella había amado hasta el punto de desposarse en secreto con él. Sin duda haría todo lo posible por acudir en ayuda de un servidor tan noble y generoso que jamás le había negado nada, aunque hubiera de pagarlo de su propia bolsa.
Pero cuando Sylvie entró en los aposentos, oyó el eco de dos risas y, como encontró a Motteville a las puertas del Grand Cabinet, le preguntó de quién se trataba.
— La vieja duquesa de Chevreuse -fue la respuesta-. Vos tal vez no lo sabéis, pero ha venido muy a menudo en los últimos tiempos.
— ¿Para quejarse de su miseria como de costumbre, o para mendigar un puesto para su joven amante, el pequeño Laigue?
— No. Para disfrutar de su triunfo… ¡Escuchad vos misma!
Con una media sonrisa, François e de Motteville entreabrió la puerta del Cabinet, de modo que llegara hasta sus oídos y los de su amiga la voz agria y exultante de la antigua belleza de la época de Luis XIII:
— Ya veréis, señora, como Monsieur Colbert os servirá mejor que Fouquet, del que por fin habéis comprendido que nunca ha pensado más que en su propia fortuna. Ya era hora de que abandonarais a ese hombre, que después de todo no es más que un mercader tramposo.
— Ah, lo confieso, la fiesta insensata que nos dio en Vaux me hizo ver cuánta razón teníais al ponerme en guardia. Por otra parte, el difunto cardenal recomendó calurosamente a Monsieur Colbert ante el rey, y sabía muy bien lo que hacía…
— ¿Os anuncio? -propuso Motteville, con la mano en el tirador de la puerta.
— No… No; es inútil, querida amiga. No necesito saber nada más, y perdería el tiempo. A propósito, ¿sabéis qué ha conseguido esa mujer por su magnífico trabajo?
— Una pensión, creo… y sobre todo un puesto para el joven Laigue. Éste tenía muchas quejas de un superintendente que le trató siempre según sus méritos.
Descorazonada, Sylvie volvió a su alojamiento. Lo que acababa de oír no la sorprendía más que a medias. Desde que conocía a Ana de Austria, la había visto abandonar uno tras otro a amantes y servidores fieles: François de Beaufort, La Porte, Marie de Hautefort, Cinq-Mars y François de Thou, a los que había entregado al verdugo, e incluso a la misma Chevreuse, llamada de nuevo después de un largo exilio en el que se había visto apartada de la corte como un mueble inútil, pero que finalmente había conseguido volver a la superficie, más venenosa que nunca. Colbert, obsesionado por la ruina de su enemigo, había comprendido muy pronto el partido que podía sacar de ella, a cambio de dinero por supuesto… Todo aquello era infame, y es bien cierto que el servicio de los reyes ofrece con mucha frecuencia aspectos sórdidos. En el fondo, sin duda era una lástima que Ana de Austria no se hubiera casado con su cuñado; el hombre de todas las traiciones, de todos los abandonos. Los dos estaban hechos el uno para el otro.