El Prisionero Enmascarado
- Автор: Бенцони Жюльетта
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 9788466615976
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Prisionero Enmascarado». Краткое содержание книги:
La mirada de Luis XIV fue del uno a la otra: de la mujer tan encantadora y digna, a aquella especie de héroe de novela al que había maldecido cien veces durante la Fronda sin conseguir evitar admirarle.
— ¡Monsieur de Gesvres! -llamó.
El capitán de la guardia apareció de inmediato.
— ¿Monsieur Colbert está en el castillo?
— Sí, Sire… Por lo menos, así lo creo.
— ¡Que venga al instante!
El rey se puso en pie y se acercó a una de las ventanas de su gabinete, que daba al jardín de Diana. El otoño, aún en sus inicios, doraba las hojas de los árboles y parecía dar a las flores a punto de perecer un esplendor mayor aún que en el corazón del verano, bajo un cielo templado. En la gran estancia reinó el silencio. Un silencio que no duró mucho rato. Colbert, a quien sin duda habían puesto al corriente de lo sucedido al salir de la misa, merodeaba por las cercanías de los aposentos del rey, y el marqués de Gesvres no hubo de ir a buscarlo muy lejos. Pocos minutos después hizo su entrada, con un portafolio bajo el brazo como de costumbre; parecía incapaz de desplazarse sin ese accesorio que ponía de relieve su pasión por el trabajo, y a la vez le daba aplomo. Casi siempre el portafolio en cuestión estaba atiborrado de papeles.
El hombre al que Madame de Sévigné llamaría muy pronto «el Norte» tenía entonces cuarenta y dos años, y era alto y bastante corpulento. Jean-Baptiste Colbert tenía un rostro de rasgos redondeados, ojos, bigote y cabello negros, éste cortado bastante corto. No inspiraba simpatía sino más bien una especie de temor larvado, porque se adivinaba en él un hombre tan temible, tan despiadado como lo había sido Richelieu. Sin embargo, convenía no engañarse respecto de su aspecto monolítico: éste escondía una gran inteligencia, que habría sido genial con algo más de sensibilidad y sutileza; pero en la fisonomía de Colbert, extremadamente ambicioso y ávido tanto de poder como de riquezas, se reflejaba la feroz determinación de eliminar sin contemplaciones los obstáculos interpuestos en su camino, y la satisfacción íntima de su cruel victoria frente a Fouquet.
Al entrar, saludó como convenía al rey, a la duquesa y a los otros dos personajes presentes, no sin que a la vista de Beaufort un breve relámpago iluminara su mirada sombría.
— Monsieur Colbert -dijo Luis XIV-, os he hecho llamar para que escuchéis el extraño relato que acaba de hacerme el aquí presente abate de Résigny. Añadiré para mayor claridad que el abate es el preceptor del joven duque de Fontsomme.
El infeliz hubo de resignarse a repetir una vez más lo que había visto y oído. Sylvie temía verle desmoronarse bajo la oscura mirada del intendente de las Finanzas, pero aunque departía con los grandes capitanes únicamente en las páginas de Tito Livio, y aunque se sentía más a gusto en compañía de las estrellas que de los ministros, el pequeño abate era un hombre valeroso, y con una gran dignidad repitió la frase acusadora de los bandidos.
— ¿Qué explicación podéis dar a esto, Monsieur Colbert? -dijo el rey en tono negligente.
— Ninguna, Sire. La señora duquesa de Fontsomme, que no me conoce, nunca me ha hecho nada, y no tengo por costumbre atacar a los niños…
— ¿Es reciente eso? -cortó Beaufort con un desprecio mal disimulado-. De no ser por Monsieur de Brancas, que les recogió en nombre de Su Majestad la reina madre para llevarlos con su abuela, habríais arrojado al arroyo a los de vuestro antiguo patrón.
— ¡Repito que se deje a Fouquet donde está! -rugió el rey, dando un puñetazo en la mesa. Luego consultó unas notas tomadas poco antes-. Al parecer, Colbert, se cuenta entre vuestros amigos un tal… Saint-Rémy, que pretende tener derecho a la herencia del difunto mariscal-duque de Fontsomme…
— En efecto, recibí a ese hombre hace algún tiempo. Fue poco después de las bodas de Vuestra Majestad. Venía de las Islas. De Saint-Christophe, si recuerdo bien, pero en la breve entrevista que le concedí no se habló en ningún momento de ninguna pretensión sobre la sucesión de nadie.
— ¿Por qué le recibisteis, en tal caso?
— El rey no ignora hasta qué punto me intereso por las tierras lejanas, y en particular por las islas del Caribe, a efectos comerciales. Como venía de Saint-Christophe, era normal que le escuchase.
— ¿Qué quería?
— Carecía de recursos y buscaba un empleo… un embarque tal vez. Además, venía recomendado por una dama que me honra con su amistad.
— ¿Qué dama?
— Madame de La Bazinière…
Sylvie no pudo reprimir una exclamación ahogada, y todas las miradas se dirigieron a ella.
— ¿Conocéis a esa dama? -preguntó el rey.
— Oh, sí, Sire. La conocí cuando éramos doncellas de honor de la reina, madre de Vuestra Majestad… que podría hablar de ella mejor que yo. Se llamaba entonces Mademoiselle de Chémerault, y me evoca recuerdos muy malos con los que no quiero fatigar al rey.
— ¡Cómo…! ¿Y esa mujer sería capaz de hacer raptar a vuestro hijo?
— ¡Es capaz de todo! -exclamó Beaufort-. En lo que a mí respecta, creo que he comprendido el fondo del problema, y deseo pedir excusas a Monsieur Colbert, bajo cuyo nombre se escudan gentes sin conciencia. Si el rey me lo permite, yo me encargo de este asunto.
El rostro del rey, ceñudo hasta ese instante, se iluminó. Estaba encantado de que su querido Colbert quedara con tanta facilidad fuera de la cuestión. François acababa de realizar una jugada muy hábil, al renunciar a enfrentarse abiertamente al intendente. En cuanto a éste, en el caso de que hubiera favorecido hasta entonces los manejos de la dama, se vería obligado a dejar de hacerlo ahora que el rey estaba al corriente. Si continuaba por el mismo camino, podía comprometer un futuro que se anunciaba brillante. En efecto, Luis XIV dijo:
— Eso corresponde ante todo a nuestro teniente civil. Monsieur Dreux d'Aubray recibirá órdenes en ese sentido.
— ¡Suplico al rey que no haga nada! -rogó Sylvie, presa de una nueva ansiedad-. Si mi hijo está encerrado en su casa, cosa que dudo, Madame de La Bazinière tendrá tiempo sobrado de hacerlo desaparecer. No quiero poner en peligro su vida… admitiendo que esté aún vivo -añadió ahogando un sollozo.
El rey se levantó y fue hasta ella, inclinándose incluso para tomarle las manos en las suyas.
— ¿Hasta ese punto la teméis? Mi pobre amiga, sin embargo habrá que darle un escarmiento…
— Pero hay que impedir que sepa que ha sido desenmascarada -exclamó Beaufort, mirando a Colbert-. ¡Dejadme hacer a mí, Sire, en nombre de los lazos de parentesco que nos unen!
— ¡Y que a veces habéis olvidado!
— Me lo reprocho sin cesar. El rey sabe bien que en adelante no deseo otra cosa que servirle con todas mis fuerzas.
— El rey lo sabe, señor duque -intervino Colbert en un tono cuya suavidad sorprendió a todo el mundo-. Lo sabe tan bien que hoy mismo venía a presentarle a la firma vuestro mando, a fin de preparar nuestros navíos de Brest para poder unirse a los de La Rochelle y estar en condiciones de emprender la próxima campaña de primavera.
Había sacado de su portafolio un papel de gran tamaño hacia el que tendió la mano el rey sin desviar la mirada de la de su primo.
— Espero que estéis contento, querido duque -dijo-. Sé que soñáis para nosotros con una marina nutrida y poderosa… algo que aún está lejos de ser, pero para lo que contaréis con toda la ayuda necesaria. [18] Beaufort enrojeció, palideció, y sus ojos azules se llenaron de pronto de estrellas. Se inclinó profundamente y murmuró una frase de agradecimiento emocionado; pero al incorporarse preguntó: