El Prisionero Enmascarado
- Автор: Бенцони Жюльетта
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 9788466615976
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Prisionero Enmascarado». Краткое содержание книги:
— Esa absolución me hace muy feliz -dijo Beaufort en tono grave-. ¿Es de eso de lo que queríais hablarme?
Hubo un silencio, como si Marie vacilara al borde de lo desconocido, pero era demasiado intrépida para dudar mucho tiempo. Además, hacía muchos días que ensayaba las palabras que iba a pronunciar. Detrás de la estatua, su madre oyó:
— Quiero deciros que os amo y que quiero ser vuestra esposa.
Habló con sencillez, pero con una nobleza que hizo temblar a Sylvie porque en sus palabras era perceptible la determinación que las animaba. En su pequeña Marie se revelaba ahora una mujer que había sopesado profundamente cada una de las palabras que acababa de pronunciar. François también debió de darse cuenta de ello, porque no se rió e incluso dejó pasar unos momentos antes de contestar.
— ¿Quién soy yo para merecer ser elegido por una persona tan encantadora como vos? ¡Y tan joven…! Demasiado sin duda para saber de verdad lo que es amar.
— ¡Por piedad, dejad a un lado los tópicos gastados! No hay edad para el amor, y no ignoro que mi madre os amó cuando era aún una niña pequeña.
— Hasta que conoció a vuestro padre. El corazón cambia, Marie… a vos os sucederá como a la duquesa.
Sylvie, con lágrimas en los ojos, le envió un pensamiento lleno de gratitud. François sabía muy bien que ella siempre le había amado y que el matrimonio no había significado ningún cambio, pero era bueno que Marie lo creyera así. ¿Cómo reaccionaría si llegase a ver una rival en su madre? Mientras tanto, Marie había pasado de nuevo al ataque:
— ¿Y el vuestro, monseñor? ¿Qué le sucede a vuestro corazón? -dijo en un tono de ironía feroz que asustó a su madre, porque revelaba a la mujer que sería muy pronto, con su disposición combativa y su capacidad de sufrimiento-. ¿Tan abarrotado está por vuestras numerosas queridas que no queda en él espacio para un amor… legítimo?
— Cuanto más numerosas son las queridas, menos espacio ocupan. A decir verdad, nunca han ocupado el menor lugar en él.
— ¿Cómo, no amáis a las mujeres a las que solicitáis?
— No creo haber solicitado a ninguna.
— ¿De verdad? ¿Y Madame d'Olonne?
Beaufort se encogió de hombros.
— Elegid mejor los ejemplos, señorita. Madame d'Olonne no lo es… ¡sobre todo para una joven! Y desde luego no pertenece a la clase de mujeres a las que se ama.
— ¿Y Mademoiselle de Guerchy?
— Mademoiselle de Guerchy tampoco.
— Hablemos entonces de Madame de Montbazon. ¿Por lo menos a ella la amasteis?
Una repentina cólera hizo brillar los ojos de Beaufort.
— ¡A ella os prohíbo tocarla! ¡Respetad a los muertos, Marie de Fontsomme! ¡Y sobre todo a ella! Creo que voy a dejaros seguir sola este paseo. -Empezó a alejarse, pero ella le retuvo con un grito.
— ¡No…! Os lo suplico, quedaos aún un momento. Y perdonadme si os he herido, pero ya veis, es la primera vez que amo (y seguramente, también la última, penséis como penséis), y no sé muy bien qué debo hacer.
— El verdadero amor no necesita que le digan lo que debe hacer. Ahora escuchadme, hija mía…
— ¡No soy vuestra hija, ni quiero serlo!
— ¡Dios mío, qué fastidiosa sois! ¡Dejad de jugar a interrumpirme! Lo que quiero deciros es serio. En primer lugar, habéis de saber que no me casaré nunca. Cuando era niño me destinaron a la Orden de Malta, y la idea me gustaba porque siempre he soñado con recorrer los mares. Pero no llegué a profesar nunca, y tampoco he llegado a ver los campanarios de la santa isla guerrera…
— Luego nada os impide casaros…
— Sí: ¡yo! Porque nunca la mujer que amo (¡perdonadme si os irrito, pero es preciso que lo diga!), nunca esa mujer me aceptará por esposo…
Marie retrocedió como si una bala acabara de alcanzarla.
— ¿De modo que amáis a alguien? -dijo con una voz tan alterada que dolió a Sylvie-. ¿Quién es?
— Nunca lo he dicho más que a Dios y a ella. Y ni siquiera estoy seguro de que ella me haya creído…
— Entonces ¿por qué no renunciar y tomar a la que tal vez podría ayudaros a olvidar?
— A mi edad no se olvida, y sería obligaros a correr un riesgo demasiado grande. ¡Merecéis a alguien mejor! Mirad hacia delante, no hacia atrás. Yo pertenezco al pasado.
— ¡De la corte tal vez, pero no de la gloria! Sois un guerrero, seréis almirante después de vuestro padre y perseguiréis al enemigo en todos los mares del mundo. ¡Seréis un héroe! Y yo quiero ser la mujer de un héroe… no de un pisaverde de la corte que espía continuamente el menor fruncimiento del entrecejo del soberano.
François se echó a reír con tantas ganas que la atmósfera se aclaró.
— Empiezo a entender por qué dais tanta importancia a cargar con un vejestorio. Un marido no está casi nunca en casa, y eso permite a su esposa llevar la vida que más le gusta sin renunciar por ello a llevar con orgullo la aureola de la gloria.
El grito de rabia de Marie ahuyentó a una lechuza que disfrutaba pacíficamente de la brisa nocturna.
— ¡Oh, es indigno…! Pero podéis decir lo que gustéis, no me haréis cambiar de opinión. ¡Estoy decidida a no casarme con nadie que no seáis vos… o Dios!
Y dicho eso, se volvió y echó a correr hacia el castillo iluminado, después de recoger con las dos manos su falda de raso rosa, sin imaginar ni por un momento que dejaba a su madre sumida en un abismo de reflexiones… ni que su bienamado, al verla marcharse, exhalaba un «¡uf!» de alivio.
Aquel amor era peor que inoportuno, e incluso le asustaba, a él que nunca había tenido miedo de nada. He aquí que después de diez largos años de penitencia, sin una sonrisa de Sylvie, sin siquiera poder rozar por un segundo sus dedos con los labios, a esta joven atolondrada se le ocurría amarle. ¿Qué pensaría su dulce y orgullosa Sylvie si supiera que se había apoderado del corazón de su hija? ¿Que estaba buscando una venganza sórdida por diez años de desdenes, o un medio más sórdido aún de aproximarse a ella en contra de su voluntad?
Recuperando una costumbre suya familiar en otro tiempo, cuando de niño se encontraba indeciso en Anet o Chenonceau, recogió unos guijarros del suelo y los lanzó de modo que rebotaran en la superficie del Gran Estanque. Y fue el agua la que le sugirió una solución: hacerse a la mar, pedir al todopoderoso Fouquet que le consiguiera un mando, realizar por fin aquel sueño, el más verdadero, el más puro. Volver la espalda a la corte, sus trampas y perfidias, y navegar como un simple capitán con un puñado de hombres, sin esperar que la muerte del padre al que amaba le ofreciera el cargo de almirante.
El último guijarro fortaleció su decisión, y después de lanzarlo se puso a buscar a su amigo Fouquet. Cuando se hubo alejado, Sylvie dejó por fin su escondite junto a la estatua y continuó su paseo interrumpido. La cabeza ya no le dolía, pero necesitaba más que nunca reflexionar en silencio y soledad. Bajó hacia los reflejos plateados de la cinta del canal…
Mientras tanto Marie, de regreso al castillo, se encontró con Tonnay-Charente y Montalais, que la buscaban.
— ¿Dónde diantre estabais? -exclamó la primera-. ¡Vaya idea la de desaparecer de ese modo, cuando están ocurriendo cosas apasionantes!
Marie habría contestado con gusto que Beaufort le parecía el más apasionante de los temas pero, además de que no estaba dispuesta a compartir su secreto con nadie, sin la menor duda habría sido tiempo perdido, porque sus dos amigas parecían enormemente excitadas.
— ¿De verdad? -dijo en tono ligero-. ¿Es que Monsieur ha hecho a su esposa una declaración de amor pública?
— No nos habríamos molestado en dar un solo paso para contaros una cosa así -dijo Montalais-. Se trata del rey.