Los Chicos Que Cayeron En La Trampa
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:
– Bueno, la otra cosa es que también he hablado con los de Hacienda y me han contado que Kirsten-Marie Lassen estuvo trabajando entre 1993 y 1996.
Carl interrumpió la calada que estaba dando al cigarrillo.
– ¿En serio? ¿Dónde?
– Dos de los sitios ya no existen, pero el último, sí. Además, es donde se quedó más tiempo. Una tienda de animales.
– ¿Qué? ¿Trabajaba de dependienta en una tienda de animales?
– No lo sé, eso pregúntaselo a los de la tienda. Siguen en la misma dirección, Ørbækgade 62, en el barrio de Amager. Se llama Nautilus Trading.
Carl lo anotó. Tendría que esperar un poco.
Rose se inclinó hacia él con las cejas levantadas.
– Sí, Carl, eso era todo. De nada.
17
– Me gustaría saber quién ha parado mi investigación, Marcus.
El jefe de Homicidios lo miró por encima de las gafas. No tenía ninguna gana de responder a esa pregunta, evidentemente.
– Siguiendo con lo mismo, creo que deberías saber que he tenido una visita no deseada en casa. Mira.
Sacó la foto donde aparecía con uniforme de gala y señaló hacia las manchas de sangre.
– Normalmente la tengo en mi dormitorio. Anoche la sangre estaba de lo más fresca.
Su jefe se recostó en el sillón y le prestó toda su atención. Lo que estaba viendo no le gustaba nada.
– ¿Y tú a qué lo atribuyes, Carl? -preguntó tras una pausa.
– ¿A qué lo voy a atribuir? Alguien pretende asustarme.
– Todos los policías van haciéndose enemigos poco a poco. ¿Por qué lo relacionas con el caso que llevas ahora? ¿Y qué me dices de tus amigos y tu familia? ¿No tendrás un guasón suelto por ahí?
Carl esbozó una sonrisa irónica. Buen intento.
– Anoche me llamaron por teléfono tres veces. ¿Y a que no te lo imaginas? No dijeron nada.
– ¡Vaya por Dios! ¿Y qué quieres que le haga yo?
– Quiero que me cuentes quién está frenando mi investigación, aunque a lo mejor prefieres que llame directamente a la directora de la policía.
– Va a venir esta tarde, luego veremos.
– ¿Cuento con ello?
– Ya veremos.
Carl cerró la puerta del despacho de su jefe con un poco más de fuerza de lo normal y se topó de bruces con la mustia jeta mañanera de Bak. Se había quitado la chaqueta de cuero negro de la que nunca se despegaba y la llevaba colgada al hombro con indiferencia. Vivir para ver.
– ¿Qué pasa, Bak? He oído que nos dejas. ¿Has heredado o qué?
Bak lo observó en silencio unos instantes como si se preguntara si la suma total de todos sus años de vida laboral en común arrojaba un saldo positivo o negativo. Después volvió la cabeza apenas un milímetro y dijo:
– Ya sabes, o eres un policía cojonudo o eres un padre de familia cojonudo.
El subcomisario consideró la posibilidad de ponerle una mano en el hombro, pero se conformó con tendérsela y estrechar la suya.
– ¡Tu último día! Te deseo buena suerte con la familia. Aunque eres un pedazo de gilipollas, quiero que sepas que si decides volver después de la excedencia no sería el fin del mundo.
Aquel hombre cansado lo miró con aire de sorpresa. O quizá sería más indicado decir que lo miró abrumado. Las microscópicas efusiones sentimentales de Børge Bak eran incomprensibles.
– Nunca has sido un tío majo, Carl -dijo con aire contrariado-, pero no estás mal.
Qué conmovedora orgía de cumplidos.
Carl se volvió a saludar a Lis, que estaba al otro lado de un mostrador con tantos o más papeles de los que había en el suelo del sótano esperando un hueco en una de las mesas que Rose ya había montado.
– Carl -añadió Bak con la mano en el pomo de la puerta del despacho del jefe de Homicidios-. Si crees que Marcus te está frenando, te equivocas; es Lars Bjørn.
Y a continuación le advirtió con el índice levantado:
– Y yo no te he dicho nada.
Carl Mørck miró de reojo hacia el despacho del subinspector. Como siempre, las persianas de las ventanas que daban al pasillo estaban bajadas, pero la puerta permanecía abierta.
– Vuelve a las tres. Tengo entendido que hay reunión con la directora -fueron las últimas palabras de Bak.
Encontró a Rose Knudsen arrodillada en el suelo del pasillo del sótano. Cual oso polar adulto resbalando por el hielo, estaba despatarrada y con los codos apoyados en un cartón desplegado. A su alrededor se veían patas de mesa, piezas de metal, tornillos y herramientas variadas, y a diez centímetros de su nariz había un tropel de instrucciones de montaje.
Había encargado cuatro mesas regulables, de modo que eso era lo que Carl esperaba que saliera de todos sus esfuerzos, cuatro mesas regulables.
– ¿No tenías que ir a Bispebjerg, Rose?
Sin moverse de donde estaba, Rose señaló hacia la puerta del despacho de su jefe.
– Tienes una copia encima de tu mesa -lo informó antes de volver a sumergirse en sus diagramas.
El hospital de Bispebjerg le había enviado por fax tres páginas que, efectivamente, estaban sobre la mesa del subcomisario. Selladas y fechadas, justo lo que necesitaba. Kirsten-Marie Lassen. Ingresada 24/7-2/8 1996. La mitad de los términos estaban en latín, pero su significado era más o menos comprensible.
– ¡Ven un momento, Rose! -gritó.
Tras toda una retahíla de blasfemias y juramentos, ella fue.
– ¿Sí? -preguntó con el rostro masacrado por el rímel y perlado de sudor.
– ¡Han encontrado el historial!
Ella asintió.
– ¿Lo has leído?
Volvió a asentir.
– Kimmie estaba embarazada y la ingresaron con una hemorragia tras una grave caída por unas escaleras -dijo Carl-. Recibió un buen tratamiento y se recuperó, pero aun así perdió el bebé. Presentaba indicios de nuevas lesiones, ¿también has leído eso?
– Sí.
– No pone nada del padre ni de ningún familiar.
– En Bispebjerg dicen que eso es todo lo que tienen.
– Muy bien.
Volvió a consultar el historial.
– O sea, que la ingresaron cuando estaba de cuatro meses, a los pocos días pensaron que el riesgo había pasado, pero al noveno día sufrió un aborto y cuando volvieron a explorarla le descubrieron nuevas señales de golpes en el vientre que ella explicó diciendo que se había caído de la cama en el hospital.
Buscó un cigarrillo a tientas.
– Cuesta bastante creérselo.
Rose retrocedió unos pasos con los ojos entornados al tiempo que agitaba frenéticamente una mano. Así que no le gustaba el humo. Genial. Ya tenía algo con que mantenerla a raya.
– No hubo denuncia -dijo ella-, nos habríamos enterado.
– No pone si le hicieron un legrado o algo así. Pero esto…, ¿qué pone aquí?
Señaló un par de líneas más abajo.
– Pone «placenta», ¿verdad?
– Los he llamado. Al parecer no expulsó toda la placenta durante el aborto.
– ¿Qué tamaño puede tener una placenta en el cuarto mes?
Rose se encogió de hombros. Estaba claro que no formaba parte de su plan de estudios.
– ¿Y no llegaron a hacerle un legrado?
– No.
– Por lo que tengo entendido, las consecuencias pueden ser fatales. Las infecciones en el útero no son ninguna broma. Además, estaba herida a consecuencia de los golpes. Muy malherida, supongo.
– Por eso se resistían a darle el alta. ¿Has visto esa nota?
Se trataba de una notita amarilla que estaba pegada al tablero de la mesa. ¿Cómo diantres quería que se fijara en algo tan pequeño? Al lado de eso, lo de la aguja en el pajar era de chiste.
«Llama a Assad», ponía.
– Ha llamado hace media hora diciendo que probablemente ha visto a Kimmie.
A Carl le dio un vuelco el corazón.