Juego Del Destino
- Автор: Арчер Джеффри
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:
– Nos veremos más tarde -le dijo, pero si ella respondió a la despedida, Nat no la escuchó.
Volvió a controlar el tiempo cuando cruzó la línea de meta. Cuarenta y tres minutos cincuenta y un segundos. Maldijo una vez más mientras calculaba cuánto tiempo había perdido en acompañar a la muchacha. No le importaba. Comenzó con los ejercicios de enfriamiento y les dedicó más tiempo del habitual, mientras esperaba la llegada de la muchacha.
La joven no tardó mucho en aparecer en la cima y bajó la ladera hacia la línea de meta, sin darse mucha prisa.
– Lo has conseguido -comentó Nat con una sonrisa mientras se acercaba sin dejar de correr. Ella no le devolvió la sonrisa-. Soy Nat Cartwright.
– Sé quién eres -replicó la muchacha secamente.
– ¿Nos conocemos?
– No. Solo te conozco por tu reputación.
Acto seguido, la joven se alejó corriendo hacia el vestuario de mujeres sin darle más explicaciones.
– De pie todos aquellos que han encontrado los cinco casos.
Fletcher y Jimmy se levantaron con sendas expresiones de triunfo, algo que les duró muy poco cuando vieron que por lo menos un setenta por ciento de la clase se había levantado también.
– ¿Cuatro? -preguntó el profesor que procuró no parecer demasiado desdeñoso. La mayoría de los que habían permanecido sentados se levantaron y solo quedó un diez por ciento sin moverse de sus asientos. Fletcher se preguntó cuántos de ellos acabarían el curso-. Pueden sentarse -dijo Abrahams-. Comenzaremos con el caso de Maxwell River Gas contra Pennstone. ¿Cuáles fueron los cambios que se introdujeron en la ley a partir de este caso en particular? -Señaló a un alumno de la tercera fila.
– En mil novecientos treinta y dos se convirtió en responsabilidad de las empresas asegurar que la maquinaria cumpliera con las normas de seguridad y que los empleados aprendieran los procedimientos de emergencia.
El profesor señaló a otro alumno.
– Se dispuso que se colocarían instrucciones escritas para que todos los trabajadores pudieran leerlas.
– ¿Cuándo se convirtió en redundante dicha disposición?
El dedo se movió y respondió otra voz.
– Reynolds contra McDermond Timber.
– Correcto. -Otro alumno-. ¿Por qué?
– Reynolds sufrió la amputación de tres dedos mientras aserraba un tronco. Su defensa demostró que no sabía leer y que no le habían dado ninguna instrucción oral referente al manejo de la máquina.
– ¿Cuál fue el fundamento de la nueva ley? -El dedo se movió de nuevo.
– La ley laboral de mil novecientos treinta y cuatro, cuando se convirtió en responsabilidad del patrono enseñar a todo el personal, oralmente y por escrito, cómo utilizar las máquinas.
– ¿Cuándo fue necesario introducir nuevas modificaciones? -El profesor señaló a otro alumno.
– Rush contra el gobierno.
– Correcto. Pero ¿por qué el gobierno ganó el caso a pesar de ser culpable? -Otra selección.
– No lo sé, señor.
El dedo se desvió despectivamente y buscó a algún otro que sí lo supiera.
– El gobierno defendió su posición cuando se demostró que Rush había firmado una declaración donde se decía… -El dedo se movió.
– … que había recibido todas las instrucciones estipuladas por la ley.
El dedo se movió otra vez.
– Además, había continuado en su trabajo una vez transcurrido el período de tres años.
El dedo siguió moviéndose.
– … pero el gobierno demostró que no era una empresa en el sentido literal de la palabra, dado que la ley había sido mal redactada por los políticos.
– No culpen a los políticos -les advirtió Abrahams-. Son los abogados quienes redactan las leyes, así que deben asumir la responsabilidad. Los políticos no fueron los culpables en esta ocasión y, por tanto, después de que el tribunal aceptara que el gobierno no estaba obligado a cumplir su propia legislación, ¿cuál fue la causa de que se volviera a modificar la ley? -Señaló a otro alumno aterrorizado.
– Demetri contra Demetri -respondió el alumno.
– ¿Cuál fue la diferencia con las leyes anteriores? -El dedo señaló a Fletcher.
– Fue la primera vez que un miembro de una familia demandó a otro por negligencia mientras aún estaban casados, además de ser propietarios al cincuenta por ciento de la empresa en cuestión.
– ¿Por qué no prosperó la demanda? -preguntó Abrahams, sin desviar la mirada.
– Porque la señora Demetri se negó a testificar contra su marido.
El dedo señaló a Jimmy.
– ¿Por qué se negó? -quiso saber Abrahams.
– Porque era estúpida.
– ¿Por qué era estúpida? -preguntó el profesor.
– Porque probablemente el marido se acostó con ella la noche anterior o le dio una paliza, o las dos cosas a la vez, y la mujer decidió cerrar el pico.
Se escucharon algunas risas.
– ¿Fue usted testigo del acto amoroso, señor Gates, o de la paliza? -preguntó Abrahams, y las risas sonaron más con más fuerza.
– No, señor, pero estoy seguro de que ocurrió algo parecido.
– Puede que tenga usted razón, señor Gates, pero no hubiese podido probar lo que tuvo lugar aquella noche en el dormitorio a menos de que dispusiera de un testigo ocular. De haber hecho una declaración de ese calibre en el juicio, el abogado de la otra parte habría protestado, el juez habría admitido la protesta y el jurado le habría tomado por un tonto, señor Gates. Pero todavía más importante es que le hubiese fallado a su cliente. Nunca confíe en lo que quizá pasó, por muy probable que parezca, a menos que pueda demostrarlo. Si no puede, guarde silencio.
– Pero… -comenzó Fletcher.
Varios alumnos se apresuraron a agachar la cabeza, otros contuvieron la respiración, mientras que los restantes miraban a Fletcher, estupefactos.
– ¿Nombre?
– Davenport, señor.
– ¿Por casualidad está usted en condiciones de explicarnos qué ha querido decir con ese «pero», señor Davenport?
– La señora Demetri fue informada por su abogado de que si ganaba el caso, dado que ninguno de los dos era el socio mayoritario, la empresa cesaría su actividad económica. La ley Kendall de mil novecientos cuarenta y uno. Entonces ella puso a la venta sus acciones, que fueron adquiridas por el principal competidor de su marido, un tal señor Canelli, por cien mil dólares. No puedo probar que el señor Canelli se estuviera, o no, acostando con la señora Demetri, pero sí sé que la empresa se declaró en quiebra un año más tarde; entonces ella recompró las acciones a diez centavos cada una, por un monto de siete mil trescientos dólares, y a continuación formó una nueva sociedad con su marido.
– ¿El señor Canelli pudo demostrar que los Demetri habían actuado en complicidad?
Fletcher pensó la respuesta a fondo. ¿Abrahams le estaba tendiendo una trampa?
– ¿Por qué vacila? -le preguntó Abrahams.
– No constituye una prueba, profesor.
– No importa. ¿Qué es lo que quiere decirnos?
– La señora Demetri tuvo su segundo hijo un año más tarde y en la partida de nacimiento consta como padre el señor Demetri.
– Tiene usted razón, no es una prueba. Entonces, ¿cuál fue la acusación?
– Ninguna. La verdad es que la nueva empresa fue todo un éxito.
– Si fue así, ¿cómo fue que contribuyeron a la modificación de la ley?
– El juez puso el caso en manos del fiscal general de aquel estado para que lo estudiara.
– ¿Qué estado?
– El estado de Ohio y la consecuencia fue que aprobaron la ley de sociedades matrimoniales.
– ¿En qué año?
– En mil novecientos cuarenta y nueve.
– ¿Cuáles fueron los cambios relevantes?
– Los cónyuges no pueden recomprar las acciones vendidas de una antigua sociedad de la que fueron socios, si eso les beneficia directamente como individuos.