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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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– Te sorprendería saber cuántos políticos lo hacen -replicó Martha.

– Enhorabuena, Joanna -dijo el senador y abrazó a su nuera.

– ¿Cree que su hijo será alguna vez capaz de guardar un secreto? -le susurró ella mientras sacaba el cuchillo de la tarta.

– No lo hará si así consigue hacer felices a sus amigos -admitió el senador-, pero si creyera que podría dañar a alguien que quiere, se llevaría el secreto a la tumba.

16

El profesor Karl Abrahams entró en el aula cuando el reloj marcaba las nueve en punto. El profesor daba ocho conferencias por semestre y se decía que nunca había faltado a ninguna en treinta y siete años. Muchos otros comentarios referentes a Karl Abrahams no tenían ningún fundamento, así que él los descartaba como rumores y, por tanto, inadmisibles.

Sin embargo, dichos comentarios habían persistido hasta convertirse en parte de la leyenda del personaje. No había ninguna duda de que poseía un ingenio sardónico, como bien podían testimoniar los alumnos que habían sido sus víctimas. Si era verdad que tres presidentes lo habían invitado a formar parte del Tribunal Supremo solo los tres dirigentes lo sabían. No obstante, había constancia de que al responder a una pregunta sobre este tema, Abrahams había manifestado que el mejor servicio que podía dar a la nación era formar a la siguiente generación de abogados y conseguir que fuesen honrados y sinceros, más que ocuparse de arreglar los desaguisados cometidos por tantos malos letrados.

El Washington Post, en una nota biográfica no autorizada, señalaba que Abrahams había sido profesor de dos jueces del actual Tribunal Supremo, veintidós jueces federales y varios de los decanos de las principales facultades de derecho.

Cuando Fletcher y Jimmy asistieron a la primera de las ocho conferencias de Abrahams, no se habían llevado a engaño respecto al duro trabajo que tenían por delante. Así y todo, Fletcher creía que durante su último año de estudios había dedicado horas más que suficientes, y en muchas ocasiones se había ido a dormir bien pasada la medianoche. Al profesor Abrahams le llevó alrededor de una semana habituarle a trabajar en las horas que antes dedicaba al sueño.

El profesor Abrahams recordaba constantemente a sus alumnos de primero que no todos asistirían a su última conferencia dirigida a los licenciados en derecho al final del curso. Jimmy agachó la cabeza. Fletcher comenzó a dedicar tantas horas al trabajo de documentación que Annie casi nunca lo veía antes de que las puertas de la biblioteca estuvieran cerradas a cal y canto. Jimmy a veces se marchaba un poco antes para estar con Joanna, pero casi nunca lo hacía sin cargar con varios libros. Fletcher le comentó a Annie que nunca había visto a su cuñado trabajar tanto.

– No lo tendrá nada fácil cuando nazca el bebé -le recordó Annie a su marido uno de los días en que fue a buscarlo a la biblioteca.

– Joanna lo ha organizado de manera que el bebé nazca durante las vacaciones y así volver al trabajo cuando comience el curso.

– No quiero que nuestro hijo crezca de esa manera -le comentó Annie-. Quiero criar a mis hijos en nuestra casa; que tengan una madre dedicada exclusivamente a ellos y un padre que regrese del trabajo lo bastante temprano como para leerles un cuento antes de que se vayan a la cama.

– Por mí de acuerdo -dijo Fletcher-. Pero si cambias de opinión y decides llegar a dirigir la General Motors, no tendré el menor inconveniente en cambiarles los pañales.

Lo primero que sorprendió a Nat cuando regresó a la universidad fue lo inmaduros que parecían sus antiguos compañeros. Tenía créditos suficientes para pasar a segundo curso, pero los estudiantes que había frecuentado antes de alistarse seguían interesados por los grupos musicales o las estrellas de cine que estaban de moda; él ni siquiera había escuchado a los Doors. Hasta que no asistió a la primera clase no comprendió del todo lo mucho que la experiencia de Vietnam había cambiado su vida.

También se dio cuenta de que sus compañeros no lo trataban como si fuese uno de ellos y que algunos de los profesores se mostraban un tanto impresionados. Nat disfrutaba del respeto que le otorgaban, pero descubrió muy pronto que no siempre lo miraban con buenos ojos. Discutió el tema con Tom durante las vacaciones de Navidad y su amigo le dijo que era hasta cierto punto lógico que algunos le vieran con cierto recelo: después de todo, creían que él había matado por lo menos a un centenar de soldados del Vietcong.

– ¿Por lo menos un centenar? -repitió Nat.

– Mientras que otros han leído artículos sobre el trato que las mujeres vietnamitas les dispensan a nuestros soldados.

– Pues no he sido yo uno de los afortunados; de no haber sido por Mollie, me hubiese mantenido célibe.

– Mi consejo es que no les saques del error -afirmó Tom-, porque no dudo que los hombres te envidian y las mujeres se sienten intrigadas. Lo que menos te interesa es que descubran que eres un ciudadano respetuoso de las leyes como cualquier otro.

– Algunas veces me gustaría que recordaran que yo también tengo diecinueve años -replicó Nat.

– El problema es que el capitán Cartwright, distinguido con la medalla al honor, no da la impresión de tener diecinueve años; además, mucho me temo que la cojera es un recuerdo permanente.

Nat siguió el consejo de su amigo y decidió consumir sus energías en el aula, el gimnasio y las carreras campo a través. Los médicos le habían advertido que tardaría por lo menos un año en estar en condiciones de correr, si es que llegaba a poder hacerlo. Después de tan pesimista pronóstico, nunca dedicó menos de una hora al día a ejercitarse en el gimnasio: trepaba por las cuerdas, hacía pesas y de cuando en cuando jugaba un partido de paddle. Para finales del primer semestre ya podía recorrer la pista a buen paso, aunque tardaba una hora y veinte minutos en cubrir los nueve kilómetros. Miró su viejo horario de entrenamiento y vio que su marca cuando estaba en primero aún se mantenía en treinta y cuatro minutos dieciocho segundos. Se prometió a sí mismo que la batiría antes de acabar el segundo curso.

Otro problema al que se enfrentó Nat fue la respuesta que escuchaba cada vez que quería salir con una chica. Algunas solo pretendían acostarse con él en el acto, mientras que otras lo rechazaban de mala manera. Tom le había advertido que llevárselo a la cama era algo así como un trofeo que se disputaban muchas estudiantes y Nat no tardó mucho en descubrir que había algunas que se jactaban falsamente de haberlo conseguido.

– La fama tiene sus desventajas -comentó Nat.

– Si quieres cambiamos -le replicó Tom.

La única excepción resultó ser Rebecca, quien dejó claro desde el día que Nat regresó al campus que deseaba una segunda oportunidad. Nat se mostró algo escéptico en el tema de reavivar la vieja llama y llegó a la conclusión de que si querían reanudar la relación, tendría que ser poco a poco. Rebecca, en cambio, tenía otros planes.

Después de la segunda cita, lo invitó a su habitación para tomar un café e intentó desnudarlo apenas cerró la puerta. Nat se apartó y lo único que se le ocurrió dar como excusa fue que al día siguiente tenía programada una carrera. Rebecca no se dio por vencida y cuando reapareció unos minutos más tarde con dos tazas de café, llevaba como única prenda un camisón casi transparente. Nat comprendió de pronto que no sentía nada por ella, así que se bebió el café de un trago y volvió a decirle que necesitaba irse a dormir temprano.

– En el pasado los entrenamientos no te preocupaban en lo más mínimo -se burló Rebecca.

– Entonces tenía un buen par de piernas -le replicó Nat.

– Quizá lo que ocurre es que ya no estoy a tu altura -señaló Rebecca-, ahora que todo el mundo te considera un héroe.

– No tiene nada que ver con eso. Solo…

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