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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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»Damas y caballeros del jurado, este fue un asesinato bien planeado e impecablemente ejecutado. Sin embargo, aunque les resulte increíble, lo que siguió fue mucho peor.

»Cuando su marido regresó a su casa aquella noche, cayó en la trampa. Primero fue a la cocina, probablemente para apagar la luz, y cuando vio las botellas encima de la mesa, Alex Kirsten se sintió tentado de beberse una cerveza antes de irse a la cama. Incluso antes de que pudiera acercar la segunda a los labios, el veneno ya había comenzado a hacer su efecto. Cuando pidió ayuda, su esposa salió del dormitorio y bajó tranquilamente hasta el vestíbulo, donde se escuchaban claramente los gritos de dolor de su marido. ¿Llamó para pedir una ambulancia? No, no lo hizo. ¿Se acercó para prestarle asistencia? No, no lo hizo. Se sentó en los escalones y esperó pacientemente hasta que se acallaron los gritos de agonía y estuvo segura de que había muerto. Entonces, y solo entonces, dio la voz de alarma.

»¿Cómo podemos estar seguros de que fue así como ocurrió? No solo porque los vecinos se despertaron al oír los desesperados gritos del marido que pedía ayuda, sino porque cuando uno de los vecinos se presentó para ver si podía ayudar, la señora Kirsten se dejó llevar por el pánico y olvidó vaciar el contenido de las otras cuatro botellas. -El fiscal hizo una larga pausa-. Cuando se analizó la bebida, se vio que había curare suficiente para matar a todo un equipo de fútbol.

»Miembros del jurado, el único argumento que el señor Davenport ha ofrecido para exculpar a su defendida es que el marido de esta le daba palizas con frecuencia. Si este es el caso, ¿por qué no lo denunció a la policía? Si es verdad, ¿por qué no se fue a vivir con su madre que reside al otro lado de la ciudad? Si hemos de creer en su historia, ¿por qué no le dejó? Les diré por qué. Porque cuando muriera su marido, se convertiría en propietaria de la casa donde vivían y cobraría la pensión de la empresa para la que el difunto había trabajado, cosa que le permitiría vivir con cierta holgura durante el resto de su vida.

»En circunstancias normales, el estado no vacilaría en solicitar la pena de muerte por un crimen realmente espantoso, pero consideramos que no es apropiado en esta ocasión. No obstante, tarea de ustedes es enviar un mensaje bien claro a cualquier persona que crea que puede cometer un asesinato y salir bien librada. En algunos otros estados un crimen de esta clase puede que sea tratado con ligereza, pero no queremos que se cometan en Connecticut. ¿Queremos que se nos conozca como el estado que no castiga el asesinato?

El fiscal general bajó la voz hasta convertirla en un susurro y miró directamente al jurado.

– Cuando sientan compasión por la señora Kirsten, y estoy seguro de que la sentirán, aunque solo sea porque son seres humanos piadosos, pónganla en uno de los platillos de la balanza llamada justicia. En el otro, coloquen los hechos: el asesinato a sangre fría de un hombre de cuarenta y dos años que hoy estaría vivo si no fuese por un crimen premeditado y astutamente ejecutado por una mujer malvada. -Se volvió para señalar a la acusada-. El estado no vacila a la hora de pedirles que declaren culpable a la señora Kirsten y le impongan una pena de acuerdo con la ley.

El señor Stamp volvió a su asiento, con la sombra de una sonrisa en su rostro.

– Señor Davenport -dijo el juez-. Dispondré un receso para comer. Cuando volvamos, podrá hacer su alegato.

– Pareces muy complacido contigo mismo -comentó Tom mientras se sentaban a desayunar en la cocina.

– Fue una velada inolvidable.

– ¿Debo entender que tuvo lugar la consumación?

– No, no puedes deducir nada de eso. Pero te diré que le cogí la mano.

– ¿Hiciste qué?

– Le cogí la mano -repitió Nat.

– Eso no es nada bueno para tu reputación.

– Confío en que la deje por los suelos de una vez para siempre -afirmó Nat. Echó leche en el cuenco de copos de cereales-. ¿Qué me dices de ti?

– Si te refieres a mi vida sexual, en la actualidad es inexistente, aunque no por falta de ofertas, una incluso pertinaz. Pero la verdad es que no me interesa. -Nat miró a su amigo y enarcó una ceja-. Rebecca Armitage ha dejado muy claro que está disponible.

– Creía que…

– ¿Que estaba otra vez con Elliot?

– Sí.

– Es posible, pero cada vez que la veo, prefiere hablar de ti, diría que en términos muy halagadores, aunque me han dicho que cuenta una historia diferente cuando está con Elliot.

– Si es así, ¿por qué crees que se toma la molestia de perseguirte?

Tom apartó el cuenco vacío y se concentró en los dos huevos pasados por agua que tenía delante. Quitó un trozo de cáscara y miró la yema antes de responder.

– Si se sabe que eres hijo único y tu padre tiene millones, la mayoría de las mujeres te miran de una manera muy distinta. Así que nunca puedo estar seguro de si les intereso yo o mi dinero. Da gracias de que no padezcas del mismo problema.

– Lo sabrás cuando des con la persona adecuada -dijo Nat.

– ¿Tú crees? No lo sé. Tú eres una de las pocas personas que nunca ha demostrado el más mínimo interés por mi fortuna y casi eres el único que siempre insistes en pagar tu parte. Te sorprendería saber cuántos creen que debo pagar la cuenta solo porque me lo puedo permitir. Desprecio a esas personas y eso hace que mi círculo de amigos acabe siendo muy pequeño.

– Pues mi última amiga es muy pequeña -comentó Nat, en un intento por sacar a Tom de su malhumor-; sé que te gustará.

– ¿La chica a quien le cogiste la mano?

– Sí, Su Ling. Calculo que mide un metro cincuenta y ocho y ahora que está de moda ser delgada, será la mujer más buscada de toda la universidad.

– ¿Su Ling? -dijo Tom.

– ¿La conoces? -le preguntó Nat.

– No, pero mi padre me ha dicho que ella se ha hecho cargo del nuevo centro informático que ha fundado su empresa y que los profesores prácticamente han desistido de enseñarle nada.

– Anoche no mencionó nada sobre ordenadores -replicó Nat.

– Pues más te vale que actúes deprisa, porque papá también mencionó que el MIT y Harvard intentan llevársela de aquí. Ya estás avisado, hay un gran cerebro en ese pequeño cuerpo.

– Una vez más me he comportado como un verdadero imbécil -comentó Nat-, porque incluso me burlé de ella por su inglés, cuando es capaz de dominar un nuevo lenguaje que todo el mundo desea conocer. Por cierto, ¿esta es la razón por la que querías verme?

– No, no tenía idea de que salieras con un genio.

– No salgo con ella -replicó Nat-. Es una mujer amable, inteligente y hermosa, que piensa que cogerse de la mano es el paso previo a la promiscuidad. -Se calló un momento-. Por tanto, si no ha sido para discutir mi vida sexual, ¿se puede saber a qué viene este desayuno casi de trabajo?

Tom renunció a los huevos y los apartó.

– Antes de regresar a Yale, quiero saber si te presentarás para representante estudiantil. -Esperó las frases habituales: «No cuentes conmigo», «No me interesa», «Te has equivocado de persona», pero Nat no dijo nada por el estilo.

– Anoche lo hablé con Su Ling -respondió finalmente-, y a su manera deliciosamente encantadora, me comentó que no era que yo les entusiasmara, sino que no querían a Elliot. «El menos malo», fueron sus palabras exactas, si no recuerdo mal.

– Estoy seguro de que tiene razón -manifestó Tom-, pero eso podría cambiar si les dieras una oportunidad para que te conocieran mejor. Has llevado una vida casi de recluso desde que has vuelto a la universidad.

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