Juego Del Destino
- Автор: Арчер Джеффри
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:
– Y quizá a algún gobernador -añadió Jimmy.
– Entonces quizá le ha llegado el momento de que comience a aconsejar a un alumno de segundo de derecho. Después de todo, para eso le pagan.
– No sabría ni por dónde empezar -protestó Fletcher.
– Podrías coger el teléfono y preguntarle si te puede recibir -dijo Annie-. Estoy segura de que se sentirá halagado.
Nat llegó a Mario’s quince minutos antes de la hora. Había escogido ese restaurante porque era sencillo: manteles a cuadros rojos y blancos, flores frescas en las mesas y fotos de Florencia en blanco y negro en las paredes. Tom le había dicho que la pasta era casera y que la cocinaba la esposa del dueño; esto le había recordado su viaje a Roma. Había seguido el consejo de Tom y se había vestido con una camisa azul, pantalones grises y un jersey azul marino. Nada de americana y corbata. Tom le había dado su aprobación.
Nat habló con Mario, quien le ofreció una mesa discreta al fondo del local. Leyó el menú varias veces y consultó su reloj otras tantas, cada vez más nervioso. Comprobó una docena de veces que llevaba dinero suficiente por si no aceptaban tarjetas de crédito. Quizá tendría que haber dado unas vueltas a la manzana antes de entrar.
En el momento que la vio, se dio cuenta de que había metido la pata. Su Ling vestía un impecable traje chaqueta azul, blusa de color crema y zapatos azules. Nat se levantó y la llamó con un gesto. Ella sonrió; una sonrisa que no había visto hasta entonces y que la hizo parecer todavía más seductora. Su Ling se acercó.
– Tengo que pedirte disculpas -dijo Nat, mientras le acercaba la silla.
– ¿Por qué? -replicó ella, intrigada.
– Mi ropa. Confieso que dediqué mucho tiempo a pensar cómo me vestiría y veo que me equivoqué por completo.
– Yo también -admitió Su Ling-. Supuse que te presentarías con el uniforme cubierto de medallas. -Se quitó la chaqueta y la dejó en el respaldo de la silla.
Nat se echó a reír y les resultó imposible dejar de hacerlo durante las dos horas siguientes, hasta que él le preguntó si quería café.
– Sí, solo, por favor.
– Te he hablado de mi familia, ahora háblame de la tuya -dijo Nat-. ¿Tú también eres hija única?
– Sí, mi padre era brigada en Corea cuando conoció a mi madre. Se casaron solo unos pocos meses antes de que lo mataran en la batalla de Yudam-ni.
Nat sintió el deseo de cogerle la mano.
– Lo siento.
– Muchas gracias -respondió ella sencillamente-. Mamá decidió venir a Estados Unidos para que nos reuniéramos con mis abuelos. Pero nunca dimos con su paradero. -Esta vez sí le cogió la mano-. Yo era muy pequeña para saber lo que pasaba, pero mi madre no es de las que se rinden fácilmente. Encontró un empleo en la lavandería Storrs, cerca de la librería, y el propietario nos dejó ocupar las habitaciones de encima del local.
– Conozco la lavandería -afirmó Nat-. Mi padre lleva allí las camisas. Lo hacen muy bien y…
– … y ha sido desde que mi madre se hizo cargo, pero tuvo que sacrificarlo todo para darme una buena educación.
– Tu madre se parece mucho a la mía -señaló Nat en el momento en que Mario se acercaba a la mesa.
– ¿Todo a su gusto, señor Cartwright?
– Una cena excelente, muchas gracias, Mario. Ya puede traer la cuenta.
– Desde luego, señor Cartwright, y permítame decirle que ha sido un honor para nosotros tenerle en nuestro restaurante.
– Muchas gracias -respondió Nat, que hizo todo lo posible por disimular la vergüenza.
– ¿Cuánto le has dado de propina para que dijera eso? -le preguntó Su Ling.
– Diez dólares; siempre lo dice a la perfección.
– ¿Sale a cuenta?
– Por supuesto. La mayoría de las chicas comienzan a desnudarse antes de que lleguemos al coche.
– O sea, ¿que siempre las traes aquí?
– No. Si creo que solo será cosa de una noche, las llevo al McDonald’s y luego a un motel; si es algo más serio, entonces vamos al hostal Altnaveigh.
– Así pues, ¿cuál es el grupo escogido para Mario’s? -preguntó Su Ling.
– Es una pregunta que no te puedo responder, porque nunca había traído a nadie a Mario’s hasta ahora.
– Me siento halagada -comentó Su Ling mientras él la ayudaba a ponerse la chaqueta. Cuando salieron del restaurante, la muchacha le cogió de la mano-. En realidad eres muy tímido, ¿no es así?
– Sí, supongo que sí -respondió Nat.
– A diferencia de tu enemigo número uno, Ralph Elliot. -Nat no dijo nada-. Me invitó a salir a los pocos minutos de conocernos.
– Si quieres saber la verdad, yo también lo hubiese hecho, pero te marchaste.
– Si no recuerdo mal, salí corriendo. -Nat sonrió-. Lo interesante de verdad es saber cuánto tiempo te llevó convertirte en un héroe nacional. -Nat se disponía a protestar cuando ella añadió-: Una media hora.
– ¿Cómo lo sabes?
– Porque te he estado investigando, capitán Cartwright, y para citar a Steinbeck, «estás navegando con falsos colores». Aprendí la cita hoy mismo -le aclaró-. No vayas a creer que soy muy leída. Cuando subiste al helicóptero, ni siquiera llevabas un arma. Eras un oficial de intendencia que nunca tendría que haber estado a bordo de aquel aparato. En realidad, ya fue bastante malo que subieras al helicóptero sin permiso, pero es que también te bajaste sin autorización. Por cierto, que si no lo hubieses hecho podrías haber acabado ante un consejo de guerra.
– Una verdad como un templo -afirmó Nat-. Por favor, no se lo digas a nadie más, o me quedaré sin mis habituales tres chicas por noche.
Su Ling se llevó la mano a la boca para disimular la risa.
– Pero seguí leyendo y vi que tu comportamiento después de que el helicóptero se estrellara en la selva fue el de un hombre de extraordinario coraje. Haber arrastrado a aquel pobre soldado en una camilla con una pierna casi destrozada tuvo que ser una auténtica proeza y luego saber que había muerto sin duda te ha dejado una cicatriz para toda la vida. -Nat permaneció callado-. Lo siento -añadió ella cuando ya entraban en el recinto universitario-. El último comentario ha estado fuera de lugar.
– Ha sido muy amable de tu parte buscar la verdad -manifestó Nat con la mirada puesta en sus hermosos ojos castaño oscuro-. Muy pocos se han tomado la molestia.
18
– Miembros del jurado, en la mayoría de los juicios por asesinato es responsabilidad del estado, y es correcto que así sea, demostrar que el acusado es culpable de homicidio. Esto no ha sido necesario en el caso que nos ocupa. ¿Por qué? Porque la señora Kirsten firmó una confesión cuando aún no había transcurrido ni una hora del brutal asesinato de su marido. Incluso ahora, ocho meses más tarde, habrán tomado debida nota de que su abogado no ha planteado ni una sola vez durante este juicio que su cliente no cometiera el crimen, o haya puesto en duda cómo lo hizo.
»Por consiguiente, consideremos los hechos de este caso, puesto que no se trata de lo que podríamos entender como un acto de protección de la propia vida donde una mujer busca defenderse con la primera arma que tiene a mano. No, a la señora Kirsten no le interesaba un arma cualquiera, ya que dedicó varias semanas a planear este asesinato a sangre fría, absolutamente consciente de que la víctima no tendría la más mínima oportunidad de defenderse.
»¿Qué hizo la señora Kirsten para ejecutar su plan? A lo largo de casi tres meses, se hizo con varias ampollas de curare que compró a los traficantes de drogas que se mueven en los bajos fondos de Hartford. La defensa intentó alegar que las declaraciones de los traficantes no son fiables, algo que podría haberles influido de no haber confirmado la propia señora Kirsten desde el banquillo que todos ellos decían la verdad.
»Después de reunir las ampollas durante varias semanas, ¿qué hizo después la señora Kirsten? Esperó hasta un sábado por la noche, cuando sabía que su marido saldría de copas con sus amigos, abrió media docena de botellas de cerveza, vertió el veneno en las seis y las volvió a tapar. Luego dejó las botellas en la mesa de la cocina y sin apagar la luz, se fue a la cama. Incluso dejó un abridor y un vaso junto a las botellas. Lo hizo todo excepto servirle la cerveza.