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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— Richard prefiere el azul.

— ¡Oh, me viene que ni pintado! —Weselan entrelazó los dedos—. Tengo justo lo que necesitas. Lo guardaba para algo especial.

La mujer fue a su pequeño dormitorio y volvió con un fardo. Luego se sentó en el banco junto a Kahlan y, con cuidado, lo desplegó en el regazo. Era una tela elegantemente tejida, de un brillante color azul salpicado de flores también azules, pero de un tono más claro. Kahlan se dijo que con esa tela podría hacerse un vestido espléndido.

— Es preciosa —dijo, palpando la tela entre los dedos—. ¿De dónde la has sacado?

— Fue un intercambio. A la gente del norte le gustan mis cuencos, y los cambié por la tela.

Kahlan sabía reconocer una tela de calidad en cuanto la veía. Sin duda, a Weselan le habría costado muchos cuencos.

— No puedo aceptarla, Weselan. Has trabajado muy duro para conseguirla. Es tuya.

— Tonterías —repuso la mujer barro, alzando la tela azul por las esquinas y examinándola con mirada crítica—. Vosotros dos vinisteis aquí y nos enseñasteis a hacer tejados que no gotean. Luego salvasteis a Siddin de las sombras y, de paso, nos librasteis de un viejo idiota e hicisteis posible que Savidlin se convirtiera en uno de los seis ancianos. Nunca había sido tan feliz como lo es ahora. Cuando Siddin fue raptado, vosotros lo rescatasteis. Habéis destruido al hombre que nos hubiera esclavizado; sois los guardianes de nuestra gente. ¿Qué es eso comparado con un trozo de tela?

»Me sentiré muy orgullosa de que la Madre Confesora de la Tierra Central se case con un vestido que he confeccionado yo. Yo, una mujer sencilla. Para ti, amiga mía, alguien de origen remoto que conoce cosas tan magníficas que no puedo ni imaginar. No me estarás quitando nada, sino que me lo estarás dando.

Kahlan sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, y el labio inferior le tembló.

— No puedes imaginarte la alegría que acabas de darme, Weselan. Ser Confesora significa que todos te temen. Durante toda mi vida, la gente me ha tenido miedo y me ha evitado. Nadie me había tratado como una mujer, ni hablado como una mujer, sino como Confesora. Antes que Richard, nadie me había mirado como una persona. Ninguna mujer antes que tú me había invitado de buen grado a su casa. Ninguna mujer me había permitido abrazar a su hijo. —Kahlan se enjugó las lágrimas—. Será el vestido más hermoso que he llevado nunca, y el que en mayor estima tendré. Lo llevaré con el orgullo de saber que lo ha hecho para mí una amiga.

— Cuando tu hombre te vea con él, no podrá esperar a hacerte un bebé —comentó la mujer, mirándola de soslayo.

Riendo y llorando a un tiempo, Kahlan la abrazó. Jamás había osado imaginar que podrían ocurrirle todas esas cosas, que algún día sería tratada como algo más que una Confesora.

Ambas mujeres dedicaron la mayor parte de la mañana al vestido. Weselan parecía tan excitada ante la perspectiva de hacerlo como Kahlan de llevarlo. Weselan no tenía nada que envidiar a la costurera de Aydindril con sus finas agujas de hueso. Decidieron que el vestido sería sencillo, semejante a un brial.

El almuerzo fue frugaclass="underline" pan de tava y caldo de pollo. Weselan le dijo que más tarde trabajaría en el vestido y le preguntó qué quería hacer por la tarde. Lo que más apetecía a Kahlan era cocinar.

En sus visitas oficiales a la aldea, Kahlan nunca había comido carne porque sabía que la gente barro comía carne humana, la de sus enemigos, para adquirir su sabiduría. Para no ofenderlos, siempre había utilizado la excusa de que no le gustaba la carne. La noche anterior, Richard había reaccionado de manera extraña frente a la carne, por lo que Kahlan no sugirió cambio alguno al menú de estofado de verduras que había propuesto Weselan.

Las dos mujeres cortaron tava, otros tubérculos de color marrón que Kahlan no reconoció, pimientos, judías así como un poco de kuru con sabor a nueces. Echaron todo esto en la gran cazuela de hierro que colgaba encima de la lumbre de la pequeña chimenea y añadieron verduras de hoja verde y setas secas. Weselan añadió algunas ramas de madera dura al fuego mientras le decía a Kahlan que, probablemente, los hombres no regresarían hasta el anochecer. Hasta entonces, sugirió que fueran al área común, con las otras mujeres, y hornearan pan de tava.

— Me encantaría —replicó Kahlan.

— Charlaremos con ellas acerca de la boda. Las bodas siempre son un buen tema de conversación. Especialmente si no hay hombres cerca —agregó con una sonrisa.

Kahlan comprobó con alegría que las mujeres jóvenes ahora le dirigían la palabra. En el pasado nunca se habían atrevido. Las mujeres de más edad querían hablar de la boda, mientras que las jóvenes le preguntaban sobre lugares remotos. También querían saber si realmente era cierto que los hombres la obedecían y acataban sus órdenes.

Con los ojos muy abiertos escucharon lo que Kahlan tenía que decirles acerca del Consejo Supremo y cómo su misión consistía en proteger los intereses de pueblos como la gente barro de la posible amenaza de países más poderosos, para que la gente barro y otras comunidades pequeñas pudieran vivir como desearan. Kahlan explicó que, aunque tenía autoridad, únicamente la empleaba para servir a los demás. A la pregunta de que si comandaba ejércitos de hombres en batallas, ella les explicó que el asunto no iba de ese modo, que su tarea era propiciar el entendimiento entre los diferentes países para evitar guerras. Después quisieron saber cuántos sirvientes tenía y qué tipo de vestidos fabulosos poseía. Tantas preguntas empezaban a poner nerviosas a las mujeres adultas y a frustrar a Kahlan.

La Confesora dejó caer de golpe una bola de masa en la tabla, que levantó una pequeña nube de harina. Entonces miró a las muchachas a los ojos y les dijo:

— El vestido más bonito que tendré en mi vida es el que me está cosiendo Weselan, porque lo hace porque es mi amiga, y no porque yo se lo haya ordenado. Ninguna posesión es comparable a la amistad. Yo daría todo lo que poseo, y sería feliz de vivir con harapos y alimentarme de raíces, sólo a cambio de tener una amiga.

Estas palabras acallaron a las muchachas y calmaron a las demás mujeres. La charla se centró de nuevo en el tema de la boda. Kahlan se limitó a escuchar, feliz, y a dejar la voz cantante a las demás.

A última hora de la tarde, Kahlan vio alboroto al otro lado del campo. Una figura muy alta, Richard, se dirigía a casa de Savidlin y Weselan dando grandes zancadas. Incluso a esa distancia, Kahlan se dio cuenta de que estaba enfadado. Una muchedumbre de cazadores lo seguía, trotando de vez en cuando para no quedarse muy atrás.

Kahlan se limpió con un paño las manos cubiertas de harina, luego arrojó el paño sobre una mesa, abandonó el cobertizo con el suelo de tablas y trotó hacia los hombres. Los atrapó cuando recorrían un ancho pasaje.

Después de abrirse paso a codazos, alcanzó a Richard justo antes de llegar a la puerta de la casa de Savidlin. Chandalen y Savidlin andaban a la zaga de Richard. Al primero le corría sangre por un hombro y llevaba una especie de emplasto de barro sobre una herida en la parte superior. Parecía estar de un humor de perros.

La mujer agarró a Richard por una manga. Él dio media vuelta con una colérica expresión que se suavizó un tanto al darse cuenta de quién era. Inmediatamente apartó la mano del pomo de la espada.

— Richard, ¿qué ha pasado?

El joven fulminó con la mirada a los hombres, concentrándose en especial en Chandalen, tras lo cual posó de nuevo los ojos en la mujer.

— Necesito que traduzcas. Esta tarde tuvimos una pequeña… aventura, y no he logrado hacerles comprender qué ha pasado.

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