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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Poco a poco, la colección se iba ampliando, aunque no siempre con objetos de su agrado.

Mientras rebañaba el cuenco con un pedazo de pan, Savidlin quiso saber:

— ¿Qué tal el dolor de cabeza?

— Mejor. Me sigue doliendo mucho, pero las hojas que me dio Nissel me alivian. Me da vergüenza que ayer tuvieran que llevarme en brazos.

Savidlin desechó sus escrúpulos con alegría.

— Una vez me dolía mucho aquí —explicó, señalándose una cicatriz redonda en el costado—. Tuvieron que llevarme en brazos mujeres. ¡Mujeres! —insistió, inclinándose hacia adelante y enarcando una ceja. Weselan lo miró con reprobación, pero él hizo como si no se diera cuenta—. Cuando mis hombres lo descubrieron, se rieron un buen rato de mí. —El hombre barro se llevó a la boca el último pedazo de pan de tava y masticó unos minutos—. Pero, cuando les dije qué mujeres me habían llevado en brazos a casa, pararon de reír y quisieron saber cómo hacerse una herida como la mía para que a ellos los trataran igual.

— ¡Savidlin! —Weselan se mostró escandalizada—. Si no hubiese venido ya herido, yo misma me hubiera ocupado de hacerlo.

— ¿Y cómo te hiciste esa cicatriz? —preguntó Richard.

— Tal como dije a mis hombres, fue fácil —respondió Savidlin, encogiéndose de hombros—. Me quedé de pie, inmóvil como un conejo asustado mientras un intruso me traspasaba con su lanza.

— ¿Y por qué no te remató?

— Porque le clavé algunas flechas de diez pasos. Aquí. —Savidlin señaló el cuello.

— ¿Qué es una flecha de diez pasos?

Savidlin extendió el brazo y sacó de su aljaba una flecha provista de lengüeta y con la punta delgada.

— Aquí tienes una. ¿Ves esta mancha oscura? Es veneno; veneno de diez pasos. Cuando la flecha se te clava, sólo puedes dar diez pasos y ya estás muerto. —El hombre rió—. Pero mis hombres decidieron buscar otro modo de que esas mujeres los llevaran en andas a su casa.

Weselan se inclinó hacia su marido y le embutió en la boca lo que le quedaba de pan de tava. Entonces se volvió a Kahlan, diciéndole:

— Los hombres disfrutan explicando historias horribles. Me tuvo muy preocupada hasta que mejoró —admitió con una tímida sonrisa—. Supe que estaba mejor cuando vino a mí y juntos concebimos a Siddin. Entonces dejé de preocuparme.

Kahlan se dio cuenta de que había traducido sin parar mientes en el significado de las palabras y sintió que las orejas le ardían. Evitando mirar a Richard, puso toda su atención en las gachas. Al menos se alegraba de que el cabello le tapara las orejas.

— Ya te darás cuenta de que a las mujeres también les gusta explicar historias —comentó Savidlin a Richard, poniendo cara de resignación.

Kahlan trató desesperadamente de hallar otro tema de conversación, pero no se le ocurría nada. Por suerte, a Savidlin sí. El hombre se inclinó hacia atrás y miró por la puerta.

— Pronto será hora de partir.

— ¿Cómo sabes a qué hora será?

Savidlin se encogió de hombros.

— Yo estoy aquí, tú estás aquí, algunos de los hombres están aquí. Cuando lleguen todos, será la hora.

Savidlin fue hacia un rincón y cogió un arco más alto que el que Kahlan le había visto usar. Estaba hecho a medida de Richard. Con ayuda de un pie, Savidlin tensó la cuerda.

Richard lo contemplaba sonriendo de oreja a oreja y dijo a Savidlin que era el mejor arco que había visto en su vida. El hombre barro se hinchó de orgullo y le tendió una aljaba llena de flechas.

Richard comprobó el peso y la tensión de la cuerda.

— ¿Cómo supiste qué tensión darle? Es perfecta.

— Recordé todo el respeto que mostraste hacia mi fuerza cuando nos conocimos —explicó Savidlin, señalándose el mentón—. Para mí es demasiado pesado, pero calculé que era lo que tú necesitabas.

— ¿Estás seguro de que quieres ir? —preguntó Kahlan a Richard—. ¿Te duele la cabeza?

— De un modo terrible, pero tengo las hojas, y me alivian un poco. Creo que estaré bien. Savidlin lo espera con mucha ilusión. No quiero decepcionarlo.

— ¿Quieres que te acompañe? —preguntó Kahlan, frotándole un hombro con la mano.

Richard la besó en la frente.

— Creo que no voy a necesitar a nadie que me traduzca que me han vencido. Además, no quiero dar a los hombres de Chandalen ninguna excusa para humillarme más de lo que van a hacerlo.

— Zedd me dijo que eras muy bueno. De hecho, me dijo que eras más que bueno.

Richard lanzó una furtiva mirada a Savidlin, que estaba ocupado en encordar su propio arco.

— Hace mucho tiempo que no practico. Apuesto a que Zedd sólo trataba de armar un lío.

Mientras Savidlin acababa, Richard le robó un beso a Kahlan, tras lo cual salió en compañía del hombre barro. Apoyada en el quicio de la puerta, Kahlan contempló cómo se marchaba, sintiendo aún los labios del joven sobre los suyos.

Chandalen, que estaba calibrando una de sus flechas, alzó la mirada con gesto impasible. Prindin y Tossidin esbozaron leves sonrisas traviesas; estaban ansiosos por ponerse en marcha. Richard paseó la vista alrededor y fue mirando a los ojos a cada uno de los hombres cuando pasaba por su lado. Todos echaron a andar tras él. Richard le sacaba una cabeza a todos los hombres barro, por lo que parecían un grupo de niños que siguieran a un adulto. Pero esos niños llevaban flechas envenenadas y algunos de ellos no le querían nada bien. De pronto, a Richard ya no le gustó tanto ir con ellos.

Weselan contemplaba la partida junto a Kahlan.

— Savidlin me ha dicho que guardaría las espaldas de Richard. No te preocupes. Chandalen no hará nada estúpido.

— Me preocupa pensar qué es estúpido para Chandalen.

Weselan se secó las manos en un paño y volvió la mirada para controlar a Siddin. El niño quería ir fuera y estaba sentado, jugando con la tierra del suelo con aire contrito porque su madre le había ordenado que se quedara dentro de la casa. Weselan lo miró largamente. El niño alzó los ojos hacia ella, apoyando el mentón en la palma de una mano. Su madre lo golpeó suavemente con el paño.

— Anda, ve fuera a jugar. —Weselan lanzó un suspiro, mientras el niño salía en tromba con un grito de alegría. La mujer meneó la cabeza para sí misma—. Los niños no saben que la vida es algo precioso y muy frágil.

— Quizá por eso todos desearíamos volver a la infancia.

— Es posible. —Una hermosa sonrisa iluminó el rostro tostado de la mujer barro, y sus ojos oscuros centellearon—. ¿De qué color quieres que sea tu vestido de boda?

Kahlan se retiró la melena hacia la espalda con ambas manos y se quedó pensativa un minuto. Finalmente, sus labios se curvaron en una sonrisa.

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