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Los Caminantes

Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:

Los Caminantes es un desgarrador relato que recoge los últimos días de la civilización tal y como la conocemos. Tras sobrevivir a la sobrecogedora pandemia que hace que los muertos vuelvan a la vida, los supervivientes se enfrentan al reto de llegar al final de cada día. La novela narra con un lenguaje visual y directo como los destinos de estos supervivientes se entretejen en torno a un misterioso personaje: El Padre Isidro.
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
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Hubo varias voces mostrándose de acuerdo con esa opinión. La mayoría de las miradas se constituían en una clara negativa a la propuesta, pero Aranda continuó, impasible. Su voz de mando, un don natural del que nunca había sido consciente, devolvió el silencio a los asistentes.

– Un helicóptero solucionará, de manera definitiva, nuestro problema principaclass="underline" la maniobrabilidad. Llevamos meses limpiando los edificios circundantes, con la esperanza de poder aumentar el perímetro de la comunidad, pero cada vez que nuestro equipo sale a la calle, constituye un riesgo demasiado evidente como para que podamos resistirnos a la idea de que, algún día… sufriremos una baja.

De nuevo, unos murmullos apagados recorrieron la sala. Aranda dejó que se extinguieran por sí solos antes de proseguir.

– Hay un buen número de soluciones disponibles en esta ciudad que podrían hacer nuestro trabajo más fácil, más seguro. Pensemos en… ametralladoras, lanzallamas… todas esas cosas están disponibles si podemos pensar cuidadosamente en las posibilidades, pero intentar llegar hasta ellas se nos antoja imposible. Las autopistas están colapsadas, las calles inundadas de caminantes. Pensemos también en… -barrió la sala con la mirada- otros supervivientes. Qué fácil… qué sencillo sería dejarse ver desde el cielo, sobrevolar la ciudad, toda la Costa del Sol, las innumerables urbanizaciones que se extienden por todas partes buscando otros núcleos de resistencia. Gente que, como nosotros, han conseguido crear núcleos fortificados y esperan que alguien dé un paso para terminar con el sitio que los caminantes imponen sobre ellos. Por todo esto quisiera, en primer lugar, preguntar a la sala si alguien tiene alguna idea sobre cómo pilotar un helicóptero.

Hubo un silencio repentino. Las cabezas se volvían, buscando alguna reacción entre sus compañeros. Algunos negaban con la cabeza, y aunque el discurso de Aranda había hecho que muchos se replanteasen la situación, todos entendían que sus gestos eran de reprobación, no de respuesta.

Por fin, un chico joven de aspecto delicado, que había estado dedicándose exclusivamente a las tareas de mantenimiento de la piscina, levantó una mano.

– ¿Jaime? -preguntó Aranda. Todas las cabezas se volvieron.

– El helicóptero tiene tres mandos diferentes -dijo despacio tras unos segundos-. El cíclico, que controla la inclinación a izquierda y derecha, y el cabeceo; permite inclinar el morro arriba y abajo, variando el plano de rotación del rotor principal. El colectivo controla la potencia, el ángulo de las palas del rotor principal, para subir y bajar. Los pedales controlan el giro a derecha e izquierda variando el ángulo de las palas del rotor de cola. -Dudó un momento-. Existe también el mando del motor, que generalmente es automático, aunque algunos son manuales.

Jaime calló, e incapaz de sostener la mirada de Aranda por más tiempo, bajó la cabeza, concentrándose en juguetear con sus manos. La sala se llenó con un rumor producido por numerosos comentarios en voz baja.

– Jaime… -preguntó Aranda, escrutando su juvenil rostro. ¿Cuántos años debía tener, diecinueve, veintidós?-. ¿Has pilotado alguna vez un helicóptero?

– E-en realidad no. Aranda pestañeó, perplejo.

– ¿Cómo sabes esas cosas? -preguntó.

Jaime jugó de nuevo con sus propias manos antes de responder.

– Bueno…, yo… lo aprendí en un… simulador de vuelo.

– ¡RIDÍCULO! -chilló alguien inmediatamente, y la sala entera se entregó a un griterío de opiniones entremezcladas como no lo había conocido antes. Un par de chicas abandonaron la reunión dando grandes pasos hacia las dobles puertas de salida. Aranda tuvo que rogar silencio durante casi un minuto antes de recobrar el control, pero por fin pudo volver a dirigirse a Jaime.

– Jaime… ¿qué tipo de simulador de vuelo era ése?

Durante unos instantes, que a Aranda le parecieron eternos, Jaime no contestó. Su rostro estaba encendido por la tensión a la que se le había sometido, por sentirse foco de la atención de todos. Miró vagamente a su alrededor. Allí estaban todos. Todos los demás. Los conocía a todos ellos. Allí estaba Peter… Elena… Ramón… Ramón le miraba ceñudo, nunca le había visto así, pero aunque no se le ocurría ninguna razón por la que pudiera estar enfadado con él, sin embargo así era.

– Yo… -empezó a decir, sintiendo la lengua rasposa-. No era… quiero decir, era un simulador de verdad. Era el mismo que usan en las academias de vuelo… Usan ese tipo de software para ahorrar combustible y evitar riesgos innecesarios con aparatos de verdad. Normalmente, cuando tienes al menos cuarenta horas de vuelo en simulador puedes… puedes pasar a la cabina de uno de verdad. Bueno…, ese software se usa en cabinas simuladas donde los mandos y los asientos son totalmente realistas… y no miras una pantalla, sino que toda la carlinga es una pantalla en sí misma, así la sensación de inmersión es completa. Pero yo utilizaba una versión pirata de ese software, el FLYIT, y… estaba adaptada para funcionar con un mando de consola tradicional, y una pantalla estándar de PC, así que no sabría… no sabría decir si podría pilotar un helicóptero o no. Oh, y hay otra cosa… -añadió con rapidez-, los helicópteros que usaban la Guardia Civil o la Policía Nacional son los EC135, creo recordar, y FLYIT sólo emulaba los Bell, Robinson, Enstrom y algún otro. Así que…

Tan pronto hubo añadido esa aclaración, volvió a bajar la cabeza; sus mejillas estaban tan rojas que parecía haber pasado todo el día tumbado bajo el sol de agosto.

Otra vez el murmullo de los comentarios llenó la sala. Pero Aranda notó el cambio: las expresiones en las caras ya no eran de manifiesto rechazo; comenzaban a aceptar la posibilidad. En las dos horas siguientes acordaron estudiar el tema con la debida calma y minuciosidad. Muchos de los miembros de la pequeña comunidad de Carranque aún estaban en contra de intentar siquiera pilotar el helicóptero, pero Aranda estaba satisfecho: había plantado su semilla, y vaya si estaba creciendo rápido y fuerte.

XVIII

Los días siguientes a la caída de David por el callejón no fueron fáciles. Un velo oscuro y ominoso, denso como la niebla fría en un prado escocés, parecía haberse tejido en la casa. No hablaron mucho entre ellos. Isabel permanecía todo el día en su cuarto, no bajaba a comer ni subía arriba a esperar a que su caballero andante apareciese en su caballo blanco. John tuvo unas pesadillas delirantes; soñaba que el suelo, que se había vuelto de tierra negra y seca, se abría para tragárselo. Mary, quien pasaba con él la mayor parte del tiempo, le puso paños húmedos e intentó consolarlo, pero estaba empeorando a ojos vista, y en los escasos periodos de lucidez que ofreció aquellos días ni siquiera se atrevieron a contarle lo de la muerte de David.

Roberto, el quinto superviviente, se concentraba en cocinar y limpiar. Decía que eso le ayudaba a seguir cuerdo, y le dejaban hacer. Aún era capaz de recordar el olor a humo que dominaba la cocina de su abuela. Las paredes, elaboradas con delgadas ramas, dejaban entrar los suaves rayos del sol mientras el humo del fogón de barro se mezclaba con una suave danza aromatizada con el olor del café y las tortitas recién cocidas. La memoria del caldo de pollo siempre le traía veladas sonrisas.

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