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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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Incluso después de eso, quedaba el problema de los hombres. O de un hombre. Había que empezar con un parto de invierno. Era raro poder concebir en cualquier otro momento del año, hasta que tuvieras una clónica. Pero quedarse embarazada en invierno no era tan sencillo como salir a la calle y decir «¡Eh, tú!».

Bueno, no pienses en eso ahora. Encárgate de las cosas pasito a paso.

El tren se detuvo en la estación de Ciudad Barro con un siseo y un chirrido. Los pasajeros empezaron a bajar. Dos vagones más atrás se produjeron fuertes sonidos de choque mientras hombres y lúgars se apresuraban a descargar maquinaria pesada de un vagón de plataforma. Más cerca, Maia vio acercarse a la guardagujas Musseli local, carpeta en mano, precediendo a un alto lúgar cargado de paquetes. Sonríe, se dijo Maia. Intenta que no parezca que sólo tienes cinco años.

—¿Esto es todo? —preguntó bruscamente la mujer, señalando el montón que había junto a la puerta.

—Sí, señora. Eso es todo.

Mientras Maia entregaba los billetes de descarga, Tizbe se dispuso a bajar murmurando una disculpa. La joven rubia se abrió paso, llevando su bolsa de viaje.

—Creo que voy a echar un vistazo —dijo despreocupadamente.

Maia la llamó.

—¡Es sólo una parada de cuarenta minutos! No te pier…

Se interrumpió cuando Tizbe doblaba una esquina y desaparecía de la vista.

—Si no te importa…

Maia se volvió hacia la guardagujas. Su rostro se ruborizó.

—Lo siento, señora. Estoy lista si usted lo está.

Inclinándose sobre el libro de cuentas, mientras comprobaba cuidadosamente los paquetes, Maia se reprendió por preocuparse por una estúpida muchacha recogida en el camino.

Es sólo otra tonta var. No es asunto mío. Maia, tienes que intentar pensar más como Leie.

A Leie sin duda no le habría importado. Leie habría dicho «buen viaje». Pero con la guardagujas satisfecha a regañadientes, y faltando diez minutos para la partida, Maia se puso a buscar a su errabunda ayudanta. Había llegado hasta el final del andén sin ver todavía ni rastro de la irritante rubia cuando un silbato sonó en el distrito de los hornos… Otro tren se acercaba a la estación.

Pudo ver a un hombre joven empuñar la palanca que transferiría magnéticamente la locomotora que llegaba a uno de los tres grupos de raíles. Había varias mujeres jóvenes cerca, riendo, asomadas a una pasarela de madera situada ante una casa alta con las cortinas rojas. Al aproximarse, Maia vio que dos de ellas se abrían la blusa y se inclinaban sobre el joven, sacudiendo sus bien proporcionados torsos. El muchacho, ya de por sí arrebolado, enrojecía por momentos. Maia se preguntó por qué.

—¡Ahora no! —murmuró a las mujeres—. ¡Volved dentro y esperad un minuto!

El joven intentaba concentrarse en la llegada del tren, aún a medio kilómetro de distancia, sus aspas chirriando mientras empezaba a frenar. Las mujeres parecían gozar del efecto que causaban. Una señaló sonriente, haciendo que las otras se rieran con ganas. Los tensos pantalones del muchacho apenas ocultaban un duro bulto. Alzó la cabeza, vio que Maia lo observaba, y se volvió con un gemido avergonzado. Aquello no hizo sino aumentar las carcajadas de las lugareñas.

—Eh, Garn —gritó una—. ¿Seguro que sujetas el palo adecuado?

—¡Fuera! —gritó él roncamente, intentando mirar por encima del hombro el tren que se acercaba. En la frente del pobre tipo apareció un reguero de sudor.

—Oh, vamos —zumbó otra var de pechos descubiertos, riéndose de él—. ¿Quieres otro sorbito?

Le ofrecía una botella. En vez de líquido, contenía un polvillo azulado, iridiscente. El muchacho tenía en la comisura de los labios una mancha de un color similar.

—¿Qué está pasando aquí?

Todos se volvieron hacia la casa de las cortinas rojas. En la puerta había un hombre maduro y fornido y… ¡Tizbe!

Pero no la Tizbe que ella conocía. Maia parpadeó. Tuvo la momentánea impresión de que la var que habían recogido se había cambiado de ropa, se había teñido el pelo y había envejecido diez años en apenas veinte minutos.

Lysos, pensó Maia, advirtiendo cómo se había dejado engañar. Leie y yo planeábamos viajar fingiendo ser clones. ¡No esperaba ver el truco a la inversa!

—¿Te distraen estas alocadas, Garn? —preguntó el hombretón, secándose los labios con el dorso de una mano.

—N—no, Jacko, sólo… —replicó el joven, sacudiendo vigorosamente la cabeza.

—¡Lennie, Rose, meted vuestros helados culos dentro! —maldijo la mujer que se parecía a Tizbe—. ¡Se supone que nadie debe ver eso, y mucho menos probarlo gratis!

—Oh, Mirri, sólo estábamos comprobando… —gimió una muchacha, esquivando un cachete. Le arrancaron la botella de las manos y echó a correr hacia la casa.

Ajá, confirmó Maia. De modo que Tizbe no es una var. Y su tipo empeora con la edad.

Con fría expresión, la mujer mayor se volvió y miró a Maia.

—¿Quién demonios eres tú?

Maia parpadeó.

—Ah… nadie.

—Entonces lárgate, Nadie. No has visto…

—¡Garn! —gritó el hombretón. El joven de abajo, confundido por la conmoción y las hormonas, se había olvidado del tren que llegaba y empezó a apoyarse en la palanca, tal vez para aliviar su dolorosa tumescencia. Se produjo un grave zumbido eléctrico y un chasquido. Desazonado, tiró de la palanca en el otro sentido, con demasiada fuerza. Resonaron dos fuertes chasquidos. Tiró hacia atrás…

Un agudo chirrido llenó el aire mientras un alarmado ingeniero activaba los frenos de emergencia al ver indefenso cómo el impulso arrastraba la locomotora por los invisibles campos magnéticos hacia una vía que ya estaba ocupada por otro tren.

El muchacho se arrojó bajo la plataforma. Todos los demás echaron a correr.

Maia supo ahora por qué su ayudanta en el compartimento de equipajes le había resultado familiar.

Más allá de la multitud que se había congregado para contemplar el accidente, Maia vio una vez más a la mujer a la que había confundido con la viajera, conversando animadamente con la verdadera Tizbe. Una o ambas se habían teñido el pelo, pero estando juntas la cosa quedaba clara. Eran dos versiones, una mayor y otra más joven, del mismo rostro.

Y ahora Maia recordó dónde había visto antes aquel rostro. Varias hermanas de su clan pasaban el rato en un café en la plaza principal de Lanargh, ante otra casa provista de lujosas cortinas. Al mirar una segunda vez, Maia vio el mismo emblema sobre el edificio que daba a las vías: un toro sonriente que sostenía una campana entre las mandíbulas.

En la mayoría de las ciudades había casas de placer: empresas dedicadas a satisfacer los deseos humanos, sobre todo los del profundo invierno y el verano.

—Válvulas de escape —las había llamado la Sabia Judeth.

—Burdeles —dijo la Sabia Claire, con una determinación que hacía difícil incluso preguntar qué significaba esa palabra.

La realidad parecía bastante ordinaria e interesada. Tales casas proporcionaban una vía de escape a los marineros que carecían de invitaciones de los clanes cuando las auroras les hacían hervir la sangre. Y en el invierno profundo, cuando los hombres estaban más interesados en juegos de tablero que en las recreaciones físicas, incluso las hermanas Lamai, normalmente frías, necesitaban a veces un «consuelo». Sobre todo cuando caía la gloria del cielo, se dirigían al centro de la ciudad para visitar alguno de aquellos elegantes palacios dedicados a servir a las colmenas superiores.

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