Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]
Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]

Электронная книга - «Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]». Краткое содержание книги:

El planeta Armonía, colonizado por humanos hace casi cuarenta millones de años, ha estado siempre bajo el cuidado de una inteligencia artificial: el Alma Suprema, el ordenador que todo lo sabe y todo lo protege. Pero el Alma Suprema ha envejecido y está debil. Debe volver a la lejana Tierra para recabar la ayuda del Guardián.
Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, deben afrontar una larga travesía por el desierto y dirigirse, aun sin saberlo, hacia el viejo puerto espacial de Armonía que, tras cuarenta millones de años, espera, en silencio y abandonado, la orden que ha de lanzar de nuevo las viejas naves interestelares hacia su largo retorno a la Tierra. Pero no todos los expedicionarios han elegido o aceptado su exilio ni los designios del Alma Suprema. Los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más arduo un viaje ya de por si difícil.
De nuevo Card se muestra como un maestro en la comprensión de la psicología de las personas y nos ofrece, como ya hiciera en El Juego de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. La lucha por el dominio de un pequeño grupo, los puntos de los diversos sexos, el difícil paso del matriarcado de Basílica a un patriarcado justificado por la dureza de la vida nómada son, en manos de Orson Scott Card, elementos más que suficientes para hacer de libro una narración que se recuerda con satisfacción y agradecimiento
1 ... 26 27 28 29 30 31 32 33 34 ... 83
Перейти на страницу:

—El afortunado Salo —dijo Nafai—. Me preguntaba quién conquistaría el corazón de la dulce Rubyet.

—Lo consiguió con flores —dijo Luet—. No pensaba estar aquí mucho tiempo.

—No te buscaba para que hicieras nada —dijo Nafai—. Te buscaba porque quería estar contigo. De todos modos yo no tengo nada que hacer, hasta la cena. Cacé mi presa esta mañana temprano y traje ese sangriento guiñapo para ponerlo a los pies de mi hembra. Sólo que ella estaba ocupada vomitando y no me dio mi recompensa habitual.

—Quién hubiera dicho que yo sería la que sentía náuseas continuamente —dijo Luet—. Hushidh eructó una vez, y eso fue todo. Y Kokor trata de vomitar pero no lo consigue, así que nunca obtiene la atención que busca y yo la obtengo cuando no la deseo.

—Quién habría pensado que habría una carrera entre tú, Hushidh y Kokor por el primer bebé de la colonia.

—Una ventaja para ti. Tendrás un bebé para protegerte, si se presentan problemas.

Nafai no había visto el ardid de Salo, así que no entendió.

—Salo… cogió el bebé de Ploxy.

—Oh sí, hacen eso —dijo Nafai—. Shedemei me contó. Los machos que han sido plenamente aceptados por la tribu traban amistad con un par de bebés, que les cobran simpatía. Luego, en el combate, cogen al bebé, que no grita cuando su amigo lo agarra. El otro macho no es amigo, así que cuando continúa el ataque el bebé se asusta y berrea, y toda la tribu se abalanza sobre ese pobre diablo.

—Oh —dijo Luet—. Conque era rutinario.

—Yo nunca lo he visto. Te envidio que hayas podido verlo.

—Allá está el premio —dijo Luet, señalando a Salo, que todavía no había terminado con Rubyet.

—¿Y dónde está el perdedor? Apuesto a que es Yobar.

Luet ya estaba señalando, y allá estaba Yobar, con aire abatido, mirando a la tribu pero sin atreverse a acercarse porque dos machos se interponían entre él y los demás.

—Será mejor que te hagas amigo de mi bebé, entonces —dijo Luet—. O nunca te saldrás con la tuya en la tribu que estamos formando.

Nafai apoyó la mano en el vientre de Luet.

—Aún no ha crecido.

—Mejor así —dijo Luet—. Bien, dime a qué has venido aquí.

Él la miró consternado.

—Tú no sabías que yo estaba aquí, pues nadie lo sabía —dijo Luet—, así que no viniste a buscarme. Viniste a estar solo.

Él se encogió de hombros.

—Prefiero estar contigo.

—Eres tan impaciente —dijo Luet—. El Alma Suprema ya dijo que no hay prisa. Ni siquiera estará preparada para nosotros en Vusadka hasta dentro de años.

—No podemos sobrevivir en este lugar. Cada vez es más difícil encontrar animales —dijo Nafai—. Y estamos demasiado cerca de ese valle habitado que está hacia el este.

—Pero no es eso lo que te preocupa. Te enloquece que el Guardián de la Tierra no te haya enviado un sueño.

—Eso no me molesta. Me molesta que no dejes de recordármelo. Que tú, Shuya, Padre, Moozh y Sed hayan visto esos ángeles y ratas y yo no. ¿Qué, eso significa que un ordenador que órbita un planeta a cien años luz de distancia me juzgó un siglo antes que yo naciera y decidió que no era digno de recibir sus sueños con animalillos?

—Estás enfadado de veras —dijo Luet.

—Quiero hacer algo y, si no puedo, al menos deseo saber algo —exclamó Nafai—. Estoy harto de esperar sin que pase nada. De nada me sirve trabajar con el índice, pues Zdorab e Issib lo usan constantemente y están más familiarizados que yo con su funcionamiento.

—Pero todavía te habla a ti con mayor claridad que a nadie.

—No me dice nada, pero lo hace con gran claridad. Excelente.

—Y eres buen cazador. Hasta Elemak lo dice.

—Sí, es la única tarea que me han encontrado… matar animales.

Euet notó que la sombra del recuerdo de la muerte de Gaballufix cruzaba el rostro de Nafai.

—¿Nunca piensas perdonarte por eso?

—Sí. Cuando Gaballufix salga de las cuevas de los mandriles y me diga que sólo fingía estar muerto.

—No te gusta esperar, eso es todo —dijo Luet—. Pero es como estar encinta. Me gustaría terminar de una vez, tener el bebé. Pero lleva tiempo, así que espero.

—Esperas, pero puedes sentir el cambio dentro de ti.

—Mientras vomito todo lo que como.

—No todo —dijo Nafai—, y sabes a qué me refiero. Yo no siento cambios, no soy necesario para nada…

—Salvo para nuestra comida.

—De acuerdo, tú ganas. Soy imprescindible, soy necesario, estoy siempre ocupado, así que debo ser feliz.

Echó a andar.

Ella pensó en llamarlo, pero sabía que no servía de nada. Nafai quería sentirse infeliz, y todos los intentos de animarlo sólo lo abatirían más. Días atrás la tía Rasa le había dicho que le convenía recordar que Nafai aún era un muchacho, y que no podía esperar que fuera un dechado de madurez. «Ambos erais jóvenes para el matrimonio —había dicho Rasa—, pero las cosas se nos fueron de las manos. Tú has estado a la altura de las circunstancias. Con el tiempo, Nafai también lo estará.»

Pero Luet no estaba segura de haber estado a la altura de ninguna circunstancia. Le aterraba la idea de dar a luz en el desierto, lejos de los médicos de la ciudad. Ignoraba si dentro de unos meses tendrían alimentos. Todo dependía del huerto y los cazadores, y los únicos con talento para eso eran Elemak y Nafai, aunque Obring y Vas a veces también salían con pulsadores. La comida podía escasear en cualquier momento, y pronto ella tendría un hijo. ¿Y si de pronto decidían emprender la marcha? Sus náuseas ya la molestaban bastante, pero sería mucho peor si tenía que montar un camello en movimiento. Prefería comer queso de camello.

Al recordar el queso de camello, sintió otra oleada de náusea y supo que vomitaría, así que se arrodilló una vez más, harta del dolor que le causaba ese líquido ácido que le subía del estómago a la boca. Le dolía la garganta, le dolía la cabeza, estaba cansada de todo. Sintió manos que la tocaban, apartándole el cabello de la cara para que no lo ensuciara con vómito. Quiso dar las gracias, sabiendo que era Nafai; también quería que él se marchara, pues era humillante, horrendo y doloroso que alguien la viera así. Pero Nafai era su esposo. Formaba parte de esto, y ella no podía echarlo. Ni siquiera quería echarlo.

Al fin terminó de vomitar.

—No fue demasiado efectivo —dijo Nafai—, si juzgamos estas cosas por la cantidad.

—Cállate, por favor —dijo Luet—. No quiero que me animes, quiero que mi bebé ya tenga diez años para que pueda recordar todo esto como un episodio divertido de mi lejana infancia.

—Tu deseo está concedido —dijo Nafai—. El bebé está aquí y tiene diez años. Claro que es una mocosa insufrible y terca, como tú a los diez años.

—Yo no era así.

—Ya eras la vidente, y todos sabíamos que eras prepotente e irrespetuosa con los adultos.

—Yo les decía lo que veía, nada más. —Luet vio que Nafai se estaba riendo—. No te burles de mí. Sé que lo lamentaría después, pero podría perder los estribos y matarte.

El la cogió en brazos y ella tuvo que contorsionarse para impedir que la besara.

—¡No lo hagas! Tengo un gusto horrible en la boca, y probablemente te mataría.

Él la abrazó y al rato Luet se sintió mejor.

—Pienso continuamente en el Guardián de la Tierra —dijo Nafai.

Yo también lo haría, si no estuviera pensando en el bebé, se dijo Luet.

—Sigo pensando que tal vez no sea otro ordenador —dijo Nafai—. Tal vez no nos está llamando por medio de sueños enviados hace un siglo, tal vez nos conoce, y por eso espera… espera que algo suceda antes de hablarme.

—Espera el mensaje que sólo tú puedes recibir.

—No me importa que sea sólo para mí. Aceptaría el sueño de Padre, si tan sólo pudiera experimentar lo que se siente. Qué diferencia hay entre el Guardián y el Alma Suprema. Quiero saber.

1 ... 26 27 28 29 30 31 32 33 34 ... 83
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)