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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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»Pero no soy yo quien elige al Buscador, Richard —añadió el anciano, volviendo a arremangarse las mangas y mirando al joven—. Un verdadero Buscador se elige a él mismo. Yo me limito a designarlo. Hace muchos años que eres el Buscador sin saberlo. Te he estado observando y sé que lo eres. Siempre buscas la verdad. ¿Qué crees que estabas haciendo en el Alto Ven sino buscar la respuesta a la enredadera, a la muerte de tu padre? Podrías habérselo dejado a otros, otros más preparados y, tal como han ido las cosas, tal vez deberías haberlo hecho, pero eso hubiera ido contra tu naturaleza, contra la naturaleza del Buscador. Los Buscadores quieren averiguar la verdad por ellos mismos. Cuando Kahlan te contó que buscaba a un mago que había desaparecido mucho tiempo atrás, antes de que ella naciera, tú tuviste que averiguar quién era y lo encontraste.

—Pero sólo fue porque...

—No importa —interrumpió Zedd—. No viene al caso. Lo único que importa es que lo hiciste. Yo te salvé la vida con la raíz que fui a buscar. ¿Tiene importancia que no me costara nada encontrarla? No. ¿Estarías más vivo si me hubiera costado mucho? No. Encontré la raíz, y tú estás bien. Eso es lo único que importa. Lo mismo ocurre con el Buscador. No importa cómo halla las respuestas sino que las halle. Como ya he dicho, no hay reglas. Ahora mismo debes encontrar la repuesta a algunas preguntas. No sé cómo lo harás y no me importa, pero sé que lo harás. Si dices: «Oh, eso es fácil», mejor que mejor, pues no tenemos mucho tiempo.

—¿Qué respuestas? —inquirió Richard receloso.

Zedd sonrió y sus ojos chispearon.

—Tengo un plan, pero primero tú tienes que encontrar el modo de pasar al otro lado del Límite.

—¡Qué! —Richard, exasperado, se pasó la mano por el pelo, y con rostro de incredulidad masculló algo. Entonces miró a Zedd—. Tú eres el mago y además uno de los que crearon el Límite. Acabas de decir que lo cruzaste para ir a recuperar la espada. Kahlan también lo cruzó, enviada por los magos. ¡Pero yo no sé nada del Límite! Si esperas que te dé la respuesta, pues ahí va: Zedd, tú eres mago, haznos cruzar el Límite.

—No. —El anciano sacudió la cabeza—. Yo hablé de pasar al otro lado del Límite, no de cruzarlo. Yo sé cómo cruzarlo, pero no podemos hacerlo. Es lo que Rahl espera que hagamos. Si intentamos cruzarlo, tratará de matarnos. Y eso si tenemos suerte. No, debemos pasar al otro lado pero sin cruzarlo. Hay una gran diferencia.

—Zedd, lo siento, pero es imposible. Yo no tengo ni idea de cómo hacerlo. Me parece imposible. El Límite es el inframundo. Si no podemos cruzarlo, entonces estamos atrapados aquí. El Límite se levantó justamente para impedir que alguien pudiera hacer lo que me pides. —Richard se sentía impotente. Sus amigos contaban con él, pero él no tenía ninguna respuesta.

—Richard, no te infravalores —le pidió Zedd con voz amable—. ¿Qué es lo que sueles decir cuando yo te pido que resuelvas un problema difícil?

Richard sabía a qué se refería Zedd pero se resistía a contestar, pues sentía que si lo hacía se hundiría aún más. Zedd enarcó una ceja y esperó. El joven bajó la vista hacia la mesa y raspó la madera con la uña del pulgar.

—Piensa en la solución, no en el problema —dijo al fin.

—Pues ahora mismo estás haciendo lo contrario. Te estás concentrando en por qué el problema es insoluble en vez de pensar en la solución.

Richard sabía que Zedd tenía razón, pero había más.

—Zedd, no creo que esté preparado para ser Buscador. No sé nada de la Tierra Central.

—A veces es más fácil tomar una decisión si no cargas con el conocimiento de la historia —repuso el mago enigmáticamente.

Richard suspiró.

—No conozco el lugar. Estaré perdido allí.

—No, no lo estarás. —Kahlan le colocó una mano sobre el brazo—. Yo conozco la Tierra Central como la palma de mi mano. Sé en qué lugares hay peligro y en cuáles no. Yo seré tu guía. No estarás perdido, te lo prometo.

Richard evitó la verde mirada de la mujer e inclinó la cabeza. Le dolía pensar que podría decepcionarla; la fe que tanto ella como Zedd ponían en él parecía injustificada. Él no sabía nada de la Tierra Central, ni de magia, ni de cómo encontrar una caja, ni de qué hacer para detener a Rahl el Oscuro. ¡No tenía ni idea de cómo hacer nada de eso! Y lo primero que le pedían era que hallara la forma de pasar al otro lado del Límite. ¡Como si fuera tan fácil!

—Richard, sé que piensas que te estoy pidiendo más de lo que eres capaz, pero no he sido yo quien te ha elegido. Tú mismo te has revelado a mí como el Buscador. Yo me he limitado a reconocer el hecho. Hace mucho tiempo que soy mago. Tú no sabes lo que eso supone, pero créeme cuando te digo que estoy cualificado para reconocer al elegido. —El mago alargó la mano por encima de la mesa y de la espada, y la puso sobre la de Richard. Sus ojos tenían una mirada apagada—. Rahl el Oscuro te persigue. Él en persona. La única razón que se me ocurre para explicarlo es que, gracias a la magia del Destino, él también ha percibido que tú eres el elegido y te busca para eliminar la amenaza.

Richard parpadeó, sorprendido. Tal vez Zedd estaba en lo cierto. Tal vez ésa era la razón por la que Rahl lo perseguía. O tal vez no. Zedd no sabía nada del libro. El joven tenía la impresión de que la cabeza le iba a explotar con todo aquello y, de pronto, no pudo seguir más tiempo sentado. Se levantó y empezó a pasear de un lado a otro, reflexionando. El mago se cruzó de brazos, y Kahlan apoyó un codo en la mesa. Ambos lo contemplaban en silencio.

El geniecillo nocturno le dijo que encontrara la respuesta o moriría, pero no le había dicho que fuera necesario ser el Buscador. Ya encontraría las respuestas a su modo, como siempre había hecho. No había necesitado la espada para imaginarse quién era el mago, aunque no era tan difícil.

¿Pero qué había de malo en quedarse la espada? ¿Qué daño le haría contar con su ayuda? ¿No sería estúpido rechazar un apoyo? Al parecer, esa espada podía usarse para lo que quisiera su dueño, así pues ¿por qué no usarla para lo que él quería? No tenía que convertirse en un asesino ni nada parecido; podía utilizarla para ayudar, nada más. Esto era todo lo que se necesitaba y lo que era de desear. Nada más.

Pero Richard sabía que no la quería. No le gustaba lo que había sentido al desenvainarla. Le había producido una sensación agradable, y eso le inquietaba. Lo asustaba el modo como había despertado su rabia, y con ella en la mano se había sentido como nunca antes en la vida. Lo más desconcertante del caso era que se había sentido bien. Pero él no quería sentirse bien estando furioso, no quería perder el control. La rabia era perjudicial. Esto es lo que su padre le había enseñado. La rabia mató a su madre. Richard guardaba su rabia tras una puerta cerrada con llave que no quería abrir. No, lo haría a su manera, sin la espada. No la necesitaba y menos aún la inquietud que le causaba.

El joven se volvió hacia Zedd, que seguía sentado con los brazos cruzados en el pecho, mirándolo. El sol pintaba profundas sombras en las arrugas de su rostro. Las líneas y los marcados ángulos de su cara le eran muy familiares pero ahora parecían distintos. Zedd tenía una expresión adusta y decidida; la expresión de un mago. Sus ojos se encontraron y quedaron prendidos. Richard había tomado una decisión; le diría a su amigo que no. Él ayudaría y les daría su apoyo, después de todo su propia vida dependía de ello, pero no quería ser el Buscador. Pero Zedd se le adelantó antes de que pudiera decir nada.

—Kahlan, cuenta a Richard cómo interroga Rahl el Oscuro a la gente. —Su voz sonaba sosegada y tranquila. Su mirada no se desvió de la de Richard.

—Zedd, por favor —rogó Kahlan con voz apenas audible.

—Cuéntaselo. —Esta vez la voz del mago sonaba más dura—. Cuéntale qué hace con el cuchillo curvo que lleva al cinto.

Richard apartó la mirada de los ojos de Zedd para posarla en la pálida faz de Kahlan. Tras dudar un momento, ésta lo miró con ojos tristes y le tendió una mano. El joven tardó un momento en decidirse pero luego se aproximó a ella y le cogió la mano. La mujer tiró suavemente de él para que se sentara a su lado. Así lo hizo éste, a horcajadas sobre el banco, de cara a ella, esperando oír lo que tuviera que decirle, y temiéndolo.

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