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Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:

Diosa, reina, se?ora, madre, benefactora, ?rbitro de la moda y modelo nacional de comportamiento. Santa Evita para unos y para otros una analfabeta resentida, trepadora, loca y ordinaria, presidenta de una dictadura de mendigos.
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«Gracias por existir» es la frase que parte en dos el destino de Evita. En La razón de mi vida, Ella ni siquiera se acuerda de que la dijo. El redactor de esas memorias, Manuel Penella de Silva, prefirió atribuirle una declaración de amor más simple y mucho más larga. «Me puse a su lado», escribe (fingiendo que escribe Evita). «Quizás ello le llamó la atención y, cuando pudo escucharme, atiné a decirle con mi mejor palabra: "Si, como usted dice, la causa del pueblo es su propia causa, por muy lejos que haya que ir en el sacrificio no dejaré de estar a su lado hasta desfallecer." Él aceptó mi ofrecimiento. Aquél fue mi día maravilloso.»

Esa versión es demasiado verbal. Las escuetas imágenes del cine refieren que Evita dijo sólo «Gracias por existir» y que después fue otra. Quizá la ráfaga de esas pocas sílabas basta para explicar su eternidad. Dios creó el mundo con un solo verbo: «Soy». Y luego dijo: «Sea». Evita ha perdurado con dos palabras más.

Dieciséis son los noticieros que narran el terremoto y el encuentro de una semana después. Sólo uno de ellos, el de México, extiende el relato hasta su previsible final. Deja desfilar por el escenario a las actrices María Duval, Felisa Mary, Silvana Roth. Después, cuando los músicos de Feliciano Brunelli disponen sus atriles, muestra a Evita alejándose por el pasillo central del Luna Park. Una de sus manos empuja (o así parece) la espalda de Perón, como quien ha tomado posesión de la historia y se la está llevando adonde quiere.

5°)

Para mucha gente, tocar a Evita era tocar el cielo.

El fetichismo. Ah, sí; eso ha tenido una enorme importancia en el mito. Los ayudantes de Evita dejaban caer fajos de dinero cuando Ella pasaba en tren por las poblaciones. La escena ha sido registrada en casi todas las películas documentales sobre su vida. De tanto en tanto, también la propia Evita tomaba un billete entre sus dedos, lo besaba y lo arrojaba a los vientos. Conocí una familia en La Banda, Santiago del Estero, que exhibía uno de los «billetes besados» en un marco. No quiso desprenderse de él ni aun en momentos de miseria extrema, cuando no tenía qué comer. Ahora que el billete está fuera de circulación, la familia lo conserva como un objeto religioso, sobre una repisa del comedor, al lado de una foto coloreada de Evita con un vestido largo, de raso negro. Junto a la foto hay siempre un ramo de flores. Las flores silvestres y las velas encendidas son, para el culto popular, ofrendas inseparables de los retratos de Evita, que se veneran como si fuesen santos o vírgenes milagrosas. Y con la misma unción, ni más ni menos.

Sé que hay unos cien -por lo menos cien- objetos usados, besados o tocados por la Dama de la Esperanza, que han servido para su culto. No voy a citar aquí la Lista completa sino unos pocos botones de muestra:

* El canario embalsamado que Evita le regaló al doctor Cámpora cuando era presidente de la Cámara de Diputados.

* La mancha de rouge que dejó en una copa de champagne durante una velada de gala en el teatro Colón, antes de viajar a Europa. Se conservó durante varios años en el museo del teatro.

* El frasco de Gomenol que el profesor y poeta mendocino Américo Cali compró a mediados de 1936 para que Evita se destapara la nariz. En 1954 lo exhibían dentro de un cofrecito de sándalo en la unidad básica «Evita Inmortal» de Mendoza.

* Los mechones del pelo que le cortaron al morir. Todavía se venden hebras o rulos en algunas joyerías de la calle Libertad. Los preparan dentro de relicarios de plata, cristal u oro, y los precios varían de acuerdo con los deseos del consumidor.

* Los ejemplares autografiados de La razón de mi vida que se rematan en la Feria de San Telmo y que luego se usan como misales.

* Una bata blancuzca, ajada por los años, de escote en ve y mangas cortas, que entre 1962 y 1967 se exhibió en una casa de la calle Irala y Sebastián Gaboto, en isla Maciel, conocida entonces como Museo del Sudario.

* El cuerpo momificado de la propia Evita.

6°) Lo que podría llamarse «relato de los dones».

En cada familia peronista circula un relato: el abuelo no había visto el mar, la abuela no sabía lo que eran las sábanas o las cortinas, el tío necesitaba un camión para repartir cajones de soda, la prima quería una pierna ortopédica, la madre no tenía con qué comprar el ajuar de novia, la vecina enferma de tisis no podía pagarse una cama en los sanatorios de las sierras de Córdoba. Y una mañana apareció Evita. En la escenografía de los relatos, todo sucede una mañana: soleada, de primavera, ni una nube en el cielo, se oye música de violines. Evita llegó y con sus grandes alas ocupó el espacio de los deseos, sació los sueños. Evita fue la emisaria de la felicidad, la puerta de los milagros. El abuelo vio el mar. Ella lo llevó de la mano, y ambos lloraron juntos ante las olas. Eso se cuenta.

La tradición oral va de mano en mano, el agradecimiento es infinito. Cuando llega el momento de votar, los nietos piensan en Evita. Aunque algunos digan que los sucesores de Perón han saqueado a la Argentina y que Perón mismo los traicionó antes de morir, de todos modos entregarán sus votos en el altar de los sacrificios. Porque me lo pidió el abuelo antes de morir. Porque el ajuar de mi madre fue un regalo de Evita. Uno busca, lleno de esperanzas, el camino que los sueños prometieron a sus ansias.

7°) El monumento inconcluso.

En julio de 1951, Evita concibió la idea de un Monumento al Descamisado. Quería que fuera el más alto, el más pesado, el más costoso del mundo, y que se viera desde lejos, como la torre Eiffel. Así se lo dijo a la diputada Celina Rodríguez de Martínez Paiva, quien debía presentar el proyecto en el congreso: «La obra debe servir para que los peronistas se entusiasmen y desahoguen sus emociones eternamente, aun cuando ninguno de nosotros esté vivo».

A fines de aquel año, Evita aprobó la maqueta. La figura central, un trabajador musculoso de sesenta metros, se alzaría sobre un pedestal de setenta y siete. Alrededor habría una enorme plaza, tres veces más amplia que el Campo de Marte, rodeada por las estatuas del Amor, de la Justicia Social, de los Niños Únicos Privilegiados y de los Derechos de la Ancianidad. En el centro del monumento se construiría un sarcófago como el de Napoleón en Invalides, pero de plata, con una imagen yacente en relieve. La inmensa estructura, que duplicaba casi el tamaño de la estatua de la Libertad, debía emplazarse en un espacio abierto entre la facultad de derecho y la residencia presidencial. Evita estaba tan entusiasmada con la maqueta que ordenó cambiar la figura del trabajador musculoso por la de Ella misma. El congreso se apresuró a sancionar la idea veinte días antes de que muriese, y la propia Evita alude en su testamento a esa ilusión de eternidad: «Así yo me sentiré siempre cerca de mi pueblo y seguiré siendo el puente de amor tendido entre los descamisados y Perón».

Después de los funerales, la euforia del monumento se fue apagando. Comenzaron a excavarse los cimientos con expresiva lentitud. Al caer Perón, sólo había un enorme foso, que las nuevas autoridades rellenaron en una noche. Para disimular el espacio vacío, se improvisaron fuentes luminosas y juegos infantiles. Pero la memoria fúnebre de Evita no se ha movido de ese lugar. La enorme plaza sigue vacía, con su ensalmo intacto. A fines de 1974, José López Rega, ex cabo de policía y maestro de ciencias ocultas de la tercera esposa de Perón que era entonces presidenta de la república-, intentó erigir en el mismo sitio un Altar de la Patria que serviría para reconciliar a las almas enemigas. Volvieron a excavarse los cimientos, pero las adversidades de la historia -como en la ocasión anterior- interrumpieron las obras.

De tarde en tarde Evita reaparece allí, sobre las ramas de un lapacho. Los descamisados adivinan su luz, oyen tremolar su vestido, reconocen el murmullo de su voz ronca y agitada, descubren la servidumbre de sus luces en el más allá y los trajines de sus nervios y, mientras encienden velas de promesa en el sitio donde tendría que haber reposado su catafalco, la interrogan sobre el porvenir. Ella responde con elipsis, variaciones de negro, nublamientos de la luz, anunciando que los tiempos futuros serán sombríos. Como siempre han sido sombríos, la credulidad de los devotos está asegurada. Evita es infalible.

El mito se construye por un lado y la escritura de los hombres, a veces, vuela por otro. La imagen que la literatura está dejando de Evita, por ejemplo, es sólo la de su cuerpo muerto o la de su sexo desdichado. La fascinación por el cuerpo muerto comenzó aun antes de la enfermedad, en 1950. Ese año, Julio Cortázar terminó El examen, novela imposible de publicar en más de un sentido, como él mismo lo declara en el prólogo de tres décadas después. Es la historia de una multitud animal que se descuelga desde todos los rincones de la Argentina para adorar un hueso en la Plaza de Mayo. La gente espera no sabe qué milagro, se rompe el alma por una mujer vestida de blanco, «el pelo muy rubio desmelenado cayéndole hasta los senos». Ella es buena, Ella es muy buena, repiten los cabecitas negras que invaden la ciudad, transfigurándose al final en hongos y brumas envenenadas. El terror que flota en el aire no es el terror a Perón sino a Ella, que desde el fondo inmortal de la historia arrastra los peores residuos de la barbarie. Evita es el regreso a la horda, es el instinto antropófago de la especie, es la bestia iletrada que irrumpe, ciega, en la cristalería de la belleza.

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