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Caballeros de la Vera Cruz

Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:

Año 1187, Hattin (Tierra Santa): tras derrotar a la flor y nata del ejército cristiano, el sultán Saladino arrebata a los francos la Vera Cruz, el leño en que se crucificó a Cristo, que siempre había acompañado a los cristianos en sus combates. El caballero hospitalario Morgennes recupera la consciencia entre los caídos en el campo de batalla. Tras ser torturado por los sarracenos, acepta renegar de su fe y convertirse al islam.
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
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El Papa se interrumpió e hizo ver al obispo de Preneste que deseaba beber. El obispo vertió un poco de vino bermejo en uno de los vasos de pie trenzado y lo acercó a los labios del Papa, que bebió a pequeños sorbos. Cuando hubo terminado, continuó:

– San Bernardo dijo: «El caballero de Cristo mata en conciencia y muere tranquilo». Matar por Cristo no tiene nada de criminal. Y, en las circunstancias presentes, es preferible masacrar a los paganos, a los infieles, que arriesgarse a dejarse oprimir por ellos… Bellum Domini, es la guerra del Señor, una guerra santa. Y para llevarla adelante se necesitan batallones de guerreros santos. Estos guerreros santos son los caballeros del Temple y del Hospital.

– Sin embargo, su poder -dijo Josías- está por encima del de los hombres y los reyes.

– No es nada comparado con el nuestro.

– Cada vez son más poderosos.

– Pero siempre a nuestras órdenes.

– ¿Hasta cuándo?

El Papa levantó la mano. Josías se adentraba en un terreno peligroso para alguien de su edad y de su rango.

– Esperamos que vuestra impertinencia, vuestra juventud y vuestra fogosidad triunfen donde la sabiduría y la experiencia de Guillermo fracasaron. ¡Idos ahora!

– Agradezco a vuestra santidad que me haya concedido audiencia -murmuró Josías.

El arzobispo se disponía a retirarse cuando el obispo de Preneste levantó la voz.

– Ese capitán, Tommaso Chefalitione, ¿qué está haciendo?

– Está en el puerto, con mi madre.

– ¿Y qué espera para partir?

– Su carga, sin duda.

– Hacedle saber que la ha encontrado, y que es más valiosa que un cargamento de armas.

– ¿Puedo preguntaros…?

– Aquí está.

Josías vio salir entonces de las tinieblas de la habitación a un hombre de unos treinta años de una impresionante corpulencia; tenía los cabellos negros y la piel morena, como la suya, y vestía al modo oriental. El rostro, sin embargo, tan fino como el de un hurón, revelaba su origen persa. El hombre sostenía en las manos una ballesta de un género un poco especial. Además de tener dos tableros, que cargaban cada uno un cuadrillo metálico, estaba hecha de acero. El desconocido llevaba a la cintura dos sables, uno corto y otro más largo, que resplandecían débilmente.

Los ojos del hombre, de un azul profundo, se clavaron en los de Josías, que le sostuvo la mirada.

– Este hombre es nuestro mensajero para Oriente -explicó el obispo de Preneste-. Interviene en los asuntos más delicados. Estábamos interesados en que lo conocierais. Le hemos encargado llevar una carta bula cum filo canapis a las órdenes del Temple y el Hospital. Se trata de una misión de la mayor importancia para la Cámara Secreta. Tal vez os veáis en situación de trabajar juntos…

– ¿Quién sois vos? -preguntó Josías al oriental.

– Para vos -respondió el hombre- no tengo nombre.

– Se llama Wash el-Rafid -dijo el obispo de Preneste-. Es persa. Lo recluté yo mismo con ocasión de un viaje a Palestina. Procede del Yebel Ansariya. ¿Lo conocéis?

– Sí -dijo Josías.

¿Cómo no conocer, en efecto, aquella cadena de montañas de siniestra reputación? El Yebel hormigueaba de refugios de una de las ramas más vergonzosas de la secta ismailí de los nizaritas: los asesinos. Entonces recordó Josías que las tortitas de trigo candeal colocadas sobre la consola del Papa eran enviadas por los asesinos a sus futuras víctimas, para prevenirlas de que se encontraban en sus manos…

Sorprendentemente, Wash el-Rafid llevaba sobre el pecho un símbolo, el mismo que su santidad Eugenio III había otorgado en 1147 a los templarios con ocasión de la primera reunión del capítulo general de su casa, «a fin de que este signo triunfal constituya para ellos un escudo para que no huyan ante ningún, infiel»: una cruz roja, que lo señalaba como templario.

En el mismo momento en que la mirada de Josías se detenía en ella, Wash el-Rafid se la arrancó con un gesto furioso y declaró con una voz que temblaba de dolor:

– Ya no soy digno de llevarla. Mientras la Santa Cruz no sea hallada, mis vestiduras permanecerán tan vírgenes como las de los primeros templarios.

Luego abrió el puño, y la cruz roja cayó a sus pies, en la oscuridad.

10

Los habitantes de la tierra se dividen en dos, los que tienen un cerebro, pero no religión, y los que tienen una religión, pero no cerebro.

Abul-Ala al-Maari

La carreta ascendía por la calle bamboleándose como una barca agitada por las olas. Circulando en un mar de tiendas de colores vivos, de puestos de venta en torno a los que se apretujaba una multitud compacta, recordaba a esas barquichuelas empujadas a alta mar por una corriente desfavorable en el momento en que trataban de volver a puerto. A veces el carromato perdía velocidad, como si se encontrara en el vientre de una ola, cabeceaba a un lado y a otro, se hundía sobre sí mismo, se perdía en la marea humana, desaparecía cuando unos jinetes pasaban junto a él y luego reaparecía para seguir adelante. Se hubiera dicho que una mano invisible lo empujaba inexorablemente hacia su objetivo.

El propietario de la carreta era un enano de caminar renqueante, un judío que ejercía la muy lucrativa y no menos peligrosa profesión de comerciante de reliquias. Desde luego, no se presentaba como tal ante la gente que acudía a verlo. Al menos no inmediatamente. Sin embargo, muy pronto la máscara del vendedor de recuerdos caía para revelar el rostro del traficante. A decir verdad los dos se parecían. Lo único que cambiaba eran los precios. Aquel frasco lleno de agua mezclada con polvo de tiza valía diez dinares, o cien besantes de oro cuando se revelaba, bajo secreto, que se trataba de hecho de un resto de leche de la Virgen, recogido no se sabía cómo. El cliente, generalmente un peregrino en el camino de vuelta a casa, se ponía a contar las estrellas, con los ojos abiertos como platos. «El paraíso al alcance de la mano», pensaba con una sonrisa en los labios y acariciando el frasco. Si discutía un poco, podía conseguirlo por trescientos dinares. Pero eran raros los que lo hacían. Dudar del origen de las reliquias era un sacrilegio para la mayor parte de ellos. San Bernardo de Claraval, según decían, se había tragado todo un frasco. El líquido no era apto para el consumo, pues nadie podía garantizar la buena conservación de una leche con más de mil años; pero, para gran suerte de la cristiandad, san Bernardo, gracias a su fuerte constitución, se había librado con un buen cólico y unos días de oración en las letrinas de Claraval.

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