Caballeros de la Vera Cruz
- Автор: Камю Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
– Os los ofreceré.
– En ese caso se los devolveré a Balian, porque yo no necesito más que a vos y a mi hijo -dijo Fenicia.
Se besaron, y poco después Chefalitione hizo pintar tras el nombre de su navío dos breves palabras.
La Stella se llamaba ahora La Stelladi Dio.
9
Crux sancta a paganis capta.
(«Los paganos se apoderaron de la Santa Cruz.»)
Anales de la abadía de Saint-Pierre de Jumiéges
En aquella época Roma reaprendía a vivir. Maltratada hasta principios del siglo por la disputa de las Investiduras, se había opuesto luego violentamente al Sacro Imperio Romano Germánico, hasta el punto de que el emperador -que tenía prisa en ser consagrado- había nombrado, en 1160, antipapa a un tal Ottaviano de Monticello, bajo el nombre de Víctor IV. Barbarroja demostraba así que no conocía la historia, ya que otro antipapa -de hecho, el precedente- había llevado el mismo nombre seguido de la misma cifra. Por otro lado, este último había sido elegido atendiendo a las apremiantes recomendaciones de Rogerio II de Sicilia, abuelo de Guillermo II el Bueno. Finalmente, mientras se reponía de varias epidemias de peste, una de las cuales había contribuido a la marcha de las tropas de ocupación imperiales en 1167, Roma trataba de guiar a una cristiandad desunida. Su situación era semejante a la de una nave atacada por todas partes por piratas y mandada por varios capitanes que gritaban al mismo tiempo órdenes contradictorias que nadie oía, tan furiosa era la tempestad y tan sorda la tripulación.
Los papas habían abandonado, además, el Vaticano para instalarse en Verona o en Ferrara.
Alejandro III había sido, sin embargo, un excelente papa. Su pontificado había durado más de veinte años (de 1159 a 1181), durante los cuales había canonizado a Bernardo de Claraval (en el origen de la regla de la orden del Temple) y había hecho las paces con Barbarroja en Venecia en 1177. El sacerdocio de Lucio III, que le había sucedido, no se había señalado del mismo modo, probablemente por falta de tiempo, pues en ocasiones el nuevo pontífice se había mostrado muy inspirado. Había que agradecerle, sobre todo, además de la paz de Constanza, el haber fundado en el concilio de Verona una institución de nuevo género, la Inquisición, que contribuía considerablemente a calmar los espíritus.
Su sucesor, Urbano III, cuyo verdadero nombre era Uberto Crivelli, antiguo arzobispo de Milán elegido en 1185, se esforzaba en refrenar los ardores del joven Enrique VI, el hijo de Barbarroja, que seguía ya las huellas de su padre y asolaba los estados de la Iglesia. Estos asuntos complicaban considerablemente el pontificado de Urbano III, centesimo septuagésimo segundo sucesor de Pedro y Papa actual.
A Ferrara fue a verlo, pues, Josías.
Al igual que en materia de vidrieras los azules más bellos se obtienen añadiendo orina y vino al óxido de cobalto, había en el cielo de Ferrara algo malsano difícil de definir. Desde que san Bernardo y los cistercienses habían desterrado de las iglesias los colores y las figuras animales o humanas, dos escuelas se enfrentaban. En una de ellas, defendida por Suger y Mauricio de Sully se alentaba la representación de personajes y la utilización de los más bellos colores, azules, rojos, verdes y amarillos; mientras que, en la otra, los vidrios debían permanecer incoloros y los motivos debían ser geométricos o vegetales. Se trataba de una estética austera, donde nada debía apartar al hombre de la contemplación de Dios.
En Ferrara, el cielo pertenecía a la primera de estas escuelas, pero parecía haber sido ejecutado a desgana por un defensor de la segunda. Así, mientras los colores estallaban y el rosa del crepúsculo se mezclaba con el zafiro de los cielos, una especie de grisalla lanzada sobre el conjunto le daba un aspecto misterioso. Josías se sentía dominado por la melancolía, sin que pudiera decir cuál era exactamente el motivo.
El castillo, de hecho una abadía fortificada, se levantaba en la cima de un cerro, rodeado de casitas de tejas naranja y de albaricoqueros que se encorvaban bajo la carga de sus frutos. Aquí y allá, el vuelo de los estorninos poblaba el espacio de gritos, cuyos ecos se multiplicaban al rebotar en los techos y los muros. Gruesas murallas, rodeadas por las aguas verdes de un foso donde nadaban patos, se desplegaban a ambos lados de una puerta doble acorazada con planchas de metal. Dos torres pequeñas (una especie de atalayas de vigilancia) y una cortina equipada con aspilleras defendían el acceso.
Cuando Josías y su escolta se aproximaron a la pesada puerta de entrada, un monje dio la orden de que los dejaran pasar y luego abrió los brazos en señal de bienvenida. Antes de que Josías tuviera tiempo de presentarse, el monje se le adelantó diciendo:
– Sé quién sois. Los pisanos nos han informado de vuestra llegada y de las desgracias que se han abatido sobre Tierra Santa. Estos terribles acontecimientos han afectado enormemente a Su Santidad, pero el Papa tendrá el placer de recibiros a pesar de su fatiga…
Sirvientes vestidos de negro condujeron los caballos a las cuadras e invitaron a los hombres de Josías a dirigirse a las cocinas para comer. En cuanto a Josías, el monje que lo había recibido lo condujo por una larga sucesión de salas con los postigos cerrados y los muros adornados con tapices de carácter religioso.
Josías aprovechó que el monje había cogido una lámpara de aceite para observarlo mejor. Debía de tener unos cuarenta años y su expresión era grave. Solo los ojos, donde brillaba el resplandor frío de una inteligencia habituada a navegar entre los territorios naturalmente opuestos de la tierra y los cielos, animaban un rostro de rasgos petrificados por las exigencias del deber. Por lo demás, su cara armonizaba con su persona: era alto y derecho como un ciprés, con la piel apergaminada.
De hecho, bajo un aspecto poco simpático se ocultaba un hombre digno de confianza y de grandes cualidades, dotado de una gran capacidad para escuchar.
Aquel monje, de la orden de los benedictinos, se llamaba Alberto di Morra y ocupaba el cargo de secretario del Papa. El hombre se confió a Josías:
– La gente cree que en Ferrara los papas son menos poderosos que en Roma, pero de ningún modo es así: lo son igualmente, y tal vez más aún. Las noticias van mucho más deprisa de lo que se pueda imaginar. Todos los días las recibimos: proceden de visitantes, embajadores, mercaderes, o de informes que nos llegan de tal o cual parroquia. No se nos puede ocultar nada. Lo que la Iglesia quiere saber, siempre acaba por descubrirlo.
Aquello había sido dicho como una evidencia, pero bajando la voz, pues muchas de las informaciones se recogían en el secreto de confesión, y ese hecho no debía mencionarse nunca.
– Por otra parte, los monjes guerreros del Temple y del Hospital son unos formidables mensajeros -añadió Di Morra-. Tratan, con todo el mundo: cristianos, sarracenos, judíos de Oriente o de Occidente, militares, religiosos, diplomáticos, mercaderes, banqueros, reyes, villanos… Nosotros estamos en la cima y en la base de la escala. No se nos escapa ni un murmullo. Ni un ruido.