Caballeros de la Vera Cruz
- Автор: Камю Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
Di Morra y Scolari inclinaron la cabeza y en la habitación se escucharon algunos murmullos.
– Santísimo padre -intervino el obispo de Preneste-, ¿puedo permitirme una sugerencia? ¿No podría ejercerse presión sobre Enrique II o sobre Felipe Augusto?
– ¿En qué estáis pensando? -preguntó el Papa.
– En excomulgarlos…
– Este procedimiento ya se ha utilizado, sin otro resultado que el de hundir a aquellos a los que apuntaba en el orgullo y el odio hacia nuestra persona. Ni siquiera la excomunión pronunciada en 1139 en el concilio de Letrán por nuestro venerado predecesor (paz a su alma) Inocencio II en contra, de la ballesta tuvo el efecto deseado, a no ser el de llenar nuestras arcas gracias a la venta de excepciones… Por otra parte, os recordamos que Enrique II ha amenazado con hacerse mahometano… Y no quisiéramos empujarlo aún más en esa dirección.
– Entendámonos, pues, con su hijo, Ricardo Corazón de León. Está en muy buenas relaciones con el rey de Francia y no debería ser muy difícil trocar su partida a Tierra Santa por el trono de Inglaterra.
– Enviadle dinero, ayudad a su hermano, Juan Sin Tierra, a combatir a su padre. Ved, en fin, todo lo que puede hacerse -dijo el Papa.
Y, viendo que Josías se había mostrado turbado durante este intercambio de palabras, Urbano III añadió dirigiéndose a éclass="underline"
– El cielo se gana aquí abajo, y aquí abajo debemos actuar. Por otra parte, no olvidéis que han sido reyes los que han perdido la Vera Cruz. Nos somos inocente de este crimen. Desde el inicio no hemos dejado de decir que no nos placía verla expuesta así al riesgo de las armas. Sin embargo, los reyes no han dejado de utilizarla en su propio beneficio, sin tener en cuenta los peligros en que incurrían. No hace tanto tiempo, poco antes de la Navidad del año de gracia de 1182, el propio Balduino IV partió a saquear la región de Damasco llevando consigo la Vera Cruz. ¿Creéis acaso que la cruz estaba destinada a eso?
– El arzobispo de Tiro, Guillermo, mi maestro, se encontraba en compañía del rey -respondió Josías-. El portaba la Vera Cruz, escoltado por algunos de los mejores caballeros del Temple y del Hospital.
– Ya sabéis, Josías, hasta qué punto amábamos a Guillermo. Pero en este asunto llevó la Santa Cruz por un rey, y no por Dios. La cruz no tiene nada que hacer en un campo de batalla. Su lugar está en una iglesia. Por otra parte, ningún rey debería gobernar en Palestina. Como tan bien escribió nuestro venerado predecesor Alejandro III, en una bula dirigida en 1181 a toda la cristiandad a propósito del pequeño rey leproso: «No existe un rey que pueda gobernar esta tierra. Balduino, por ejemplo, que lleva las riendas del gobierno, se encuentra gravemente flagelado por el justo castigo de Dios, hasta el punto de que tiene dificultades para soportar los continuos tormentos de su propio cuerpo». El mismo Dios no ha dejado de advertirnos. La lepra de Balduino era un signo. La pérdida del condado de Edesa fue el primero. La toma de la Vera Cruz será, sin duda, el último.
Josías no hizo ningún comentario, pero dejó de mirar al obispo de Preneste, al que ya no soportaba dirigirse. La lepra que había afectado al pequeño rey Balduino IV a lo largo de todo su reinado nunca había sido comprendida en Occidente. Mientras que en Oriente era una simple enfermedad, que Guillermo había tratado de curar, en el Vaticano había sido considerada una manifestación de la voluntad divina: la prueba de que el reinado de Balduino no era apreciado por Dios, la prueba de que ninguna otra jurisdicción que no fuera la de la Iglesia sería aprobada nunca por el cielo en Jerusalén.
Balduino IV había sido, sin embargo, el mejor de todos los reyes de Jerusalén. Su enfermedad no le había impedido realizar milagros, como triunfar en la batalla de Montgisard, que todos habían dado por perdida de antemano. Balduino IV, cuyo temperamento dulce y prudente era debido a la educación inculcada por Guillermo de Tiro, era en cierto modo la contrapartida civil de Josías, tan próximos se encontraban sus caracteres. Josías reflexionó un instante. Guillermo había muerto en circunstancias extrañas. Algunos decían que había sido envenenado por Heraclio porque había querido ir a Roma para oponerse a la elección de este último para el cargo de patriarca de Jerusalén. La mirada de Josías se cruzó inoportunamente con la del Papa, que percibió su turbación y lo invitó a expresarse.
– Guillermo amó a Balduino, es cierto -convino Josías dirigiéndose directamente al Papa-. Pero en Hattin vimos al rey de Jerusalén combatir a Saladino, mientras que su patriarca, Heraclio, estaba ausente de la batalla. Hizo que lo reemplazaran dos de sus hijos, uno de los cuales es el obispo de Lydda, y el otro, el de Acre. Ellos llevaban la Vera Cruz. Constataréis, pues, que si la Iglesia ha ido al frente de combate, nunca lo ha hecho enviando a sus más altos representantes…
Hilillos de sudor corrían por el rostro y la espalda de Josías. Acababa de criticar de forma apenas velada el comportamiento de los papas desde el concilio de Clermont, donde Urbano II había predicado la liberación de la tumba de Cristo. Desde entonces se elevaban voces -aunque, sin duda, poco numerosas y bastante tímidas- que reprochaban a los papas haber incitado de forma insistente a los otros a partir pero no haber conducido nunca ellos mismos a los cruzados a Jerusalén.
Todos miraban a Josías: Urbano III con tristeza, el obispo de Preneste con odio y Di Morra con interés.
– Sois joven -prosiguió el Papa-. Francia e Inglaterra os harán mucho bien. ¿No dicen que el viajar forma a la juventud? Vos, que acabáis de abandonar las faldas de vuestra madre, lo necesitáis mucho. No ignoramos que algunos representantes de la Iglesia estaban presentes en los campos de batalla, mientras que otros, entre los más grandes, no se encontraban allí. Y es que ellos estaban llamados a desempeñar otras tareas no menos importantes. Pero ¿no son precisamente los soldados de Cristo nuestros dignos representantes? Cuando sus estandartes cayeron derrotados en Hattin, ¿qué hicieron esos hombres?
– Se rindieron -respondió Josías amargamente.
– Murieron por su fe. Al hacerlo, se reencontraron con Cristo, del que acababan de ofrecer la más perfecta imitación. Nada es más bello que morir así -dijo el Papa con un suspiro.
Se produjo un largo silencio incómodo, y luego Josías se arrodilló y cogió la mano del Papa.
– Santísimo padre -murmuró bajando la cabeza-, os ruego que accedáis a perdonar mis pocos años y mi desconocimiento de las costumbres de vuestro país. He tenido que abandonar mi patria, donde la guerra causa estragos. A esta gran pena se añade la que todos compartimos por la pérdida de la Santa Cruz, y este dolor ha desbordado mi corazón.
– Comprendemos -dijo el Papa palmeando afablemente la cabeza de Josías-, y os perdonamos. Levantaos.
Josías se incorporó, pero mantuvo los ojos bajos.
– No ignoramos lo que estáis soportando, pero esto pasará. El tiempo hará su trabajo y, si place a Dios, encontraremos la Santa Cruz, y vos, vuestra patria. Pero hoy grandes sacrificios se nos imponen a todos. Quien se bate con el diablo, debe tener a Dios consigo. Sabemos de los reproches que se nos han hecho, a nos y también al Temple y al Hospital; el propio Guillermo de Tiro vino a pedir a Alejandro III que abrogara algunos de los numerosos privilegios que nuestro venerado predecesor Inocencio II les había otorgado en su bula Omne Datum Optimum. Tal vez Guillermo no se equivocara, pero estas órdenes son útiles. Ellas son el brazo armado de Dios en Palestina. Son la furia divina y la voz de Roma. Dicho esto, igual que hoy concedemos a los reyes una oportunidad de redimirse, pedimos al Temple y al Hospital que prueben que sus recientes fracasos en Hattin, Séforis y Casal Robert no fueron más que un accidente, y que siguen mereciendo sus privilegios…