Caballeros de la Vera Cruz
- Автор: Камю Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
Cuando Di Morra dejó de hablar, Josías vio que se hallaban ante una puertecita oculta por un ángulo del muro. El monje la abrió e invitó a Josías a precederlo por una escalera de caracol. Debían de encontrarse en una de las dos torres de la entrada al castillo. Una corriente de aire que procedía de los pisos superiores corrió a ras de suelo y ascendió bajo las ropas de Josías, que sintió un escalofrío. Aunque era verano, el grosor de los muros mantenía alejado el calor.
– Cuando os encontréis en presencia de Su Santidad -prosiguió Di Morra-, no os dirijáis a él directamente. Hablad con el obispo de Preneste, que le transmitirá vuestras palabras. Su Santidad se halla extremadamente fatigado, y aunque su cuerpo se encuentra aquí abajo, temo que su alma esté ya cerca de Dios…
Después de una nueva sucesión de salas, Di Morra se detuvo ante una doble puerta con las armas del papado: gules con dos llaves de plata colocadas en aspa. El secretario empuñó la aldaba de plata en forma de martillo y dio tres golpes ligeros. Dos criados vestidos de negro, que permanecieron en la sombra, abrieron las puertas de una gran sala sumergida en las tinieblas, que apenas alcanzaban a disipar algunas velas de sebo. En la habitación se distinguían unas formas vagas -vestidas de rojo o de negro- que hablaban en voz baja en la oscuridad: eran miembros de la curia que habían hecho el viaje hasta Ferrara.
En el fondo de la habitación, un estrado permitía acceder a un lecho inmenso. Alguien estaba acostado en él. A su lado, vestido de negro y sosteniendo un rollo de pergamino, un hombre con aspecto de rata susurraba unas palabras al oído del Papa.
– ¡Acercaos! -dijo el hombre de negro al ver entrar a Josías y Di Morra.
Los recién llegados avanzaron en medio de los murmullos, el roce de vestiduras y las miradas inquisitivas. Josías centró sus sentidos en lo que tenía bajo los ojos: un moribundo en cama, el Papa. Estaba impresionado por el contraste entre ese lugar y el fasto que había imaginado encontrar en el Vaticano. Un sencillo crucifijo de madera estaba clavado sobre la cama, así como dos pinturas: una representaba La llegada al monte Somete de los enviados de Constantino y la otra a Noé recibiendo de Dios la orden de construir el arca. El rojo y el pardo del embaldosado se repetían hasta el techo, adornado con molduras geométricas. El resto del mobiliario se hundía en la sombra, pero Josías pudo adivinar las formas de una gran mesa de despacho de roble que servía de escritorio, varios armarios, un atril donde descansaba un. libro, sin duda una Biblia, y algunas sillas con respaldo de cuero rojo. Cerca de la cama había una consola donde se encontraban dos vasos de pie trenzado, una garrafa de vino y unas tortas de trigo candeal que parecían orientales, sin que Josías hubiera sabido decir por qué. En suma, la habitación se correspondía con la imagen del resto del castillo, sin lujos ostentosos.
Estaban lejos de la profusión de esplendores que reinaba en el interior de ciertos palacios orientales; tan lejos, por otro lado, que todo aquí olía a muerte, tal vez porque, en efecto, un moribundo estaba presente. Josías comprendió entonces que la tristeza que había sentido al llegar a Ferrara, el velo que oscurecía la ciudad, tenían su fuente en ese lugar, en esa habitación, y más concretamente en la mirada ausente de la persona que Di Morra le estaba presentando.
– Su Santidad el papa Urbano III -dijo el monje arrodillándose ante el vicario de Pedro. Y luego, levantándose, y besando la mano del hombre que les había pedido que se acercaran, añadió-: Monseñor arzobispo de Preneste, camarero de Su Santidad, su excelencia Paolo Scolari.
Mientras Di Morra acababa las presentaciones, Josías fue a besar la mano del Papa, que le pareció extrañamente caliente, y luego saludó con respeto al obispo de Preneste, cuya mano encontró, por contraste, sorprendentemente fría.
– Aquí estáis, pues -dijo Urbano III con voz temblorosa-. El hombre de quien el famoso Guillermo de Tiro… paz a su alma… nos hablaba tan bien. Nos preguntábamos cuándo llegaríais.
Ante el movimiento de sorpresa de Josías, Urbano III explicó:
– Son terribles estos pisanos… Siempre al corriente de todo antes que todo el mundo, y charlatanes como cotorras. Un poco de dinero los hace cantar, basta con pagar. Eso es todo.
– Monseñor -dijo Josías, cuidando de dirigirse al obispo de Preneste, tal como le había recomendado Di Morra-, ha sido un veneciano quien me ha conducido aquí…
– Querido hijo -dijo el Papa en un suspiro-, ¿realmente lo creéis así? Estáis aquí por la gracia de Dios todopoderoso, y solo por su gracia. Vuestro amigo el veneciano, capitán de La Stella, Tommaso Chefalitione, no vale mucho más que un pisano. Es un traficante de armas de la peor especie… ¿Lo sabíais?
– Me lo ha dicho.
– ¿También os ha dicho a quién están destinadas esas armas?
– A quien se las pague.
– Buena respuesta, querido hijo. Acercaos más, que os vea.
Josías dudó un instante, pero el obispo de Preneste lo invitó a acercarse a Su Santidad, lo que le permitió comprobar lo profundo de su estado de fatiga. El rostro del pontífice estaba pálido, abotargado y marcado de rojo. Sus ojos, con el blanco teñido de amarillo, desaparecían bajo los pliegues de los párpados. Y tenía una mirada ausente, preocupada únicamente por el infinito. De vez en cuando un silbido agudo salía de su pecho.
– Mirad esta moneda -prosiguió el Papa, señalando con mano temblorosa una pequeña moneda de oro depositada sobre la consola.
Josías cogió la monedita y la examinó con atención. Se trataba de un simple besante de oro, como otros muchos que circulaban en Tiro, con la marca de la ciudad de Venecia en una de sus caras. La moneda parecía de buen peso.
– ¿Qué veis? -preguntó el Papa.
– Un besante de oro veneciano -respondió Josías mirando a los ojos al obispo de Preneste.
– Observad mejor -insistió Urbano III, indicando a Di Morra que desplazara su lámpara de aceite hacia Josías.
Josías hizo girar la moneda en su mano y vio que en la otra cara llevaba una inscripción en árabe. Leyó el nombre del Profeta, así como el año: 578 (1182 para los cristianos), año en que las factorías venecianas de Constantinopla habían sido pilladas e incendiadas.
– Es una moneda bifaz -dijo Josías-. Cada vez se ven más.
– Es una entre otras… Pero vos sabéis que el dinero, no contento con ayudar a hacer hablar, es en sí mismo charlatán. Esta moneda ilustra perfectamente hasta qué punto los intereses de los sarracenos y de los venecianos se entremezclan. Por un lado, defienden los intereses de los cristianos de Tierra Santa, transportando mercancías útiles a los que luchan por mantener libre el acceso a la tumba de Nuestro Señor Jesucristo y cristiana a la ciudad de Jerusalén; por otro, velan por sus propios intereses vendiendo las mejores armas fabricadas en Occidente a las tropas de Saladino, ya poderosas. El obispo de Preneste, que nos ha traído esta moneda… por no hablar de este vino y estas tortitas de trigo…, nos leía precisamente la lista de los numerosos productos que debemos a los infieles. Forzoso es reconocer que es impresionante: tejidos como el algodón, el moer, el tafetán y la muselina; productos alimenticios como el café, las alcachofas, las berenjenas, las naranjas, los limones, las espinacas y los chalotes, cuyo nombre proviene, si hemos comprendido bien, de la ciudad de Ascalón. Y es solo un pequeño resumen de todo lo que recibimos de ellos. Y nosotros ¿qué les damos a cambio? Armas, material de guerra y medios para mejorar sus barcos de combate, lo que es un perjuicio para la cristiandad y un bien para el islam. Como si no tuviéramos otra cosa que ofrecer. Diréis a vuestro capitán Chefalitione que en el próximo concilio promulgaremos el siguiente decreto…